Tierra 616

jueves, septiembre 01, 2005

La miseria de los intelectuales

Me impresionó saber cómo, casi llorando, un miembro de la Escuela de Frankfurt, emigrado a EE. UU. para la segunda guerra mundial, se quejaba que los norteamericanos no sabían dar su lugar a los intelectuales, pues, los consideraban como a una profesión más -- como a abogados y médicos.

Pasaba que el pragmatismo anglosajón no reconocía lo suficiente unos honores, creídos como debidos y merecidos, a una condición que siempre se ha tenido como sagrada para un europeo. El postmodernismo, cuyo origen es igualmente europeo, terminó de vengarse de su propia cultura, al rematar una tarea que ya habían empezado los anarquistas: desenmascarar a los intelectuales en lo que siempre han tenido de ambiciosos, interesados y autoritarios. Bakunin decía que los intelectuales eran unos buscadores insaciables de poder; Camus que son animales peligrosos que traicionan con facilidad y Feyerabend que los científicos son sirvientes del Estado. Entendí, entonces, la decadencia del "intelectual universal" que hablaba en nombre de la Humanidad, la Justicia, la Libertad y la Igualdad como si fuera único y exclusivo testigo, crítico, vocero e intérprete de su tiempo. Un oficio presentado, por ellos mismos, como noble, desde el Logos de Heráclito hasta el intelectual engagé de Sartre.

Hoy, un verdadero alérgico a los intelectuales empezaría por preguntar, en esta sala, cuánto me pagarán por esta conferencia y, a renglón seguido, a quién deseo halagar dentro de esta institución o de aquellas que escuchen, lean o vean esta ponencia en los medios de comunicación. Y es que lo que de verdad anima a la mayoría de los intelectuales, con las muy honrosas excepciones que hoy nos acompañan en este salón, es el interés, la sobrevivencia y la voluntad de poder. Son los verdaderos motores de sus discursos. La caída y el desplome de los metarrelatos, sobre el que se estructuraba toda ingeniería discursiva, terminó dejándonos en nuestras manos con el medio (hacer discursos) para ofrecerlos después en el comercio de sentidos al mejor postor.

Así, el desarrollo sostenible (esa estafa del BM y el FMI que borra toda diferencia con los desarrollistas alternativos), la alteridad étnica (último reducto de antropólogos sin empleo), de género (floreciente negocio ilustrado de ONG), cultural (nuevas áreas de sociólogos sin objeto), generacional (presión de las compañías para incorporar a jóvenes y ancianos en la esfera del consumo), productiva (única narrativa seria pagada por el mercado), sexual (ilusión de homosexuales y lesbianas de ser visibilizados), sensitaria (búsqueda de otros sentidos por fracasados y perdedores) y comunicacional (moda por figurar en la televisión) nos descubrirá como ingenieros, plomeros o carpinteros según las calidades, densidad y complejidad de la narración. Y así, también, cobraremos.

El poder para los intelectuales, para nosotros, no es sólo el Estado, sus recursos y la manipulación que hace de las personas, sino también el prestigio, la fama, los contratos, los honorarios, los premios y los reconocimientos que se extienden hasta los coches y los tipos de casa que creemos merecer. No en balde, un maestro Zen japonés empezó, en una Universidad inglesa, a pronunciar una conferencia --con el mismo nombre que lleva esta-- diciendo que en Japón wabi y sabi, son dos términos que significan sencillez, soledad y pobreza, tres virtudes de un monje budista. Algo que la mayoría de los intelectuales de Occidente no conocemos desde los griegos presocráticos.

Aunque, hubo una época que los intelectuales orgánicos, después cortesanos de Partidos y Estados triunfadores, arriesgaron sus vidas, en especial los más sinceros y honrados, por una nueva sociedad y un nuevo hombre o mujer que nunca llegaron. Era la época que la sociología estaba habitada por las clases sociales; la economía era el sitio donde mejor se desenmascaraba al mercado; la política nos educaba en tomar el poder por medio de estrategias liberadoras de masas y la filosofía nos enseñaba a derrotar la alienación del sistema. No importaba si el narrador de estos discursos, generalmente un intelectual, pertenecía a una de las clases aborrecidas, si compraba sus coches en el mercado censurado, si reflejaba su vanidad personal en los folletos aleccionadores o culpaba a la enajenación enemiga por sus debilidades "pequeño burguesas". Era la separación del relator de un discurso emancipador que tenía valor en sí mismo y que liberó al narrador para elegir su espiritualización en un bosque de sentidos, privados, donde terminó extraviándose. El acercamiento entre el relato y su locutor es lo que siempre hemos llamado ética o, su distancia, vacío espiritual. Vacío que explica hoy el encanto de las filosofías orientales (integrales y holísticas) en nuestra juventud, el reclamo de un guevarismo moral en los adultos o la nostalgia de un espíritu griego como el de Diógenes Laercio, el "perro celestial", entre los intelectuales escépticos. Necesidades todas que buscan la restauración de la ética perdida desde la secularización del Estado moderno para evitar las guerras religiosas y que terminó, sin desearlo ni saberlo, hundiendo a sus sociedades en la más profunda indiferencia espiritual.

Después vendría la conversión del intelectual orgánico en "institucional" y su condicionamiento por la sobrevivencia económica y el derrumbe de los relatos mayores que daban sentido anterior al oficio. Empezó a reconocer que había que pagar la colegiatura de unos hijos que había abandonado antes por el metarrelato antiguo; los servicios básicos de un hogar formado, apenas iniciado la víspera cuando fue llamado a filas; el pago de maestrías y doctorados para unos estudios considerados antes de la diáspora como entorpecedores de la acción militante y el consumo de una clase media, que era ajena y enemiga cuando disparábamos contra ella, para mantener el status de un intelectual; de tal manera, pues, que se empezaron también a valorar el precio de las cuartillas, a cobrar las conferencias, a preguntar por proyectos a los colegas, y a fijar tarifas por cada tontería bien dicha que escribiéramos.

Así, empezamos a encontrar al nuevo intelectual, en medio de las miserias de nuestro tiempo, trabajando en diseñar estudios para institutos sociológicos que aconsejan mansamente los modelos más blandos y amables del desarrollo de siempre, pero esta vez con apellidos nuevos y sonoros, como sostenible, sustentable, limpio o apropiado; en las oficinas gubernamentales refritando las teorías de Frederick Hayek y Ludwig Von Mises, con la misma pasión con que recitaban ayer a Keynes y anteayer a Marx, en las introducciones triunfalistas de los informes económicos; en los organismos internacionales rezando para que aprueben el siguiente proyecto que los mantendrá por un par de años más y, en fin, dejándose embriagar por las bondades de un sistema que les dispensa todo lo que ambicionaron calladamente, cuando eran simpatizantes revolucionarios, con sólo halagarlo.

A esta altura, creo que el mejor modo de derrotar a los intelectuales, como ya se hace de todos modos, es ignorándolos; privarlos de la gratitud y el reconocimiento público porque no somos absolutamente más que nadie. Ya ven, yo que soy uno de ellos, me prohíbo ser indulgente y no me perdonaría mentirles.

El intelectual sin ambición, una contradicción en los términos, no puede existir en nuestro medio porque irremediablemente tendríamos que encontrarle en la peor de las condiciones o como un monje que ya no nos dirá nada por sus votos de silencio. Ciertamente tenía razón aquel intelectual rumano, lúcido y despellejado, cuando, desesperado y sin empleo, dijo una vez: "Todos nuestro sufrimientos y humillaciones provienen de que no nos decidimos, de una maldita vez por todas, a morirnos de hambre".

Freddy Quezada

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