Tierra 616

lunes, octubre 31, 2005

La Cenicienta

Esta mañana me he levantado y me he encontrado esto en el salón.


Ha sido un fin de semana extraño. Lo he pasado totalmente con F. No es que hayamos hecho nada de particular, pero durante todo el fin de semana no he tenido tiempo de acordarme de esa superstición sobre mi mala suerte en las fiestas yanquis.

Supongo que eso es bueno.


Escuchando I’m so excited, de Le Tigre.

jueves, octubre 27, 2005

Me encanta mi vida

Esta frase se la oí a P hace tiempo (¿pudo ser el año pasado por estas fechas?). No sé por qué, pero me hizo gracia. Mucho tiempo después ha vuelto a mí por dos vías distintas, como un eco que la distorsiona hasta convertir esa curiosa afirmación en una pregunta curiosa.

Desde hace un par de semanas me enganchado a esto. Lo leo en el trabajo, entre traducción y traducción (llegué a ello a través de JL, cuyo diario leía también el año pasado en el trabajo). Curiosamente, en una de sus entradas, Alex, el chico que escribe este diario, parece que se dio de bruces con una de las presunciones de P sobre lo que debería ser la vida de un marica. Yo no sé cómo debería ser la vida de un marica, pero sí sé lo que se puede llegar a sentir en ciertos momentos, y se parece mucho a algunas de las cosas que cuenta Alex en su diario. Entre ellas me ha llamado la atención la recurrente imposibilidad de adecuarse a lo que ve a su alrededor, los intentos fallidos por hacerlo y la consecuente frustración.

El caso es que me vino a la cabeza otra idea que ya había leído en su momento, pero que entonces me pasó inadvertida:

«El modo de solucionar el problema que ves en la vida es vivir de modo que lo que es problemático desaparezca.
Que la vida es problemática significa que tu vida no se amolda a la forma de vida. Debes, pues, cambiar tu vida y, en cuanto se adapte a esa forma, desaparecerá lo problemático.
¿Pero no tenemos el sentimiento de que alguien que no ve ahí un problema es ciego respecto a algo importante, incluso para lo más importante? ¿No podría decir que quien así vive, vive a ciegas, como un topo, y que si tan sólo pudiera ver, vería el problema?
O no debería decir más bien: que quien vive correctamente, no experimenta el problema como tristeza, ni siquiera como problema, sino más bien como alegría; sería como si un halo brillante rodease su vida en ver de un trasfondo incierto» (Vermischte Bemerkungen, 27).


El original en alemán fue escrito por Ludwig Wittgenstein.

De alguna extraña manera, supongo que me alegro de que Alex cuente en su diario, un siglo más tarde, lo que Ludwig nunca pudo contar.




Escuchando Son preciosos nuestros besos, de Iván Ferreiro.

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miércoles, octubre 26, 2005

La felicidad

Desde que vine aquí he sentido curiosidad por una enorme edificación de cemento gris que se ve desde donde trabajo. Es como una de esos mamotretos de viviendas comunales que uno podría encontrarse en el Berlín Este o en las orillas de la M-30, perfectamente planificadas para aprovechar el relieve urbano (está situada en lo alto de una colina que domina la parte baja de la ciudad) e integrarse en él. Originalmente, supongo, estuvo pensada para albergar a los trabajadores de las fábricas que jalonaban esa parte de las afueras de la ciudad, que vino a ser un extenso polígono industrial en los años en los que Sheffield llegó a ser conocida como la «ciudad del acero» (the city of steel), apelativo por el que todavía se la conoce hoy en día. Sin embargo, como todas las ciudades, con el tiempo, Sheffield se fue expandiendo a pasos agigantados, hasta tal punto que en la actualidad tiene registrados más de cuatro millones de habitantes repartidos por campos enteros de casas y casas plantadas por las laderas de South Yorkshire. Así pues, ese área industrial de las afueras se integró en la ciudad misma, las fábricas se fueron abandonando poco a poco a medida que el progreso industrial progresaba (muchas fueron derribadas, pero otras siguen aún en pie), y los trabajadores del acero tuvieron que dedicarse a otros menesteres.

¿Qué pasó entonces con la edificación? Pues ella sigue ahí plantada cada día, tan majestuosa como un castillo que guarda una ciudad medieval, aunque ya no haya nada que guardar. Y aquello que un día se adecuo a las ideas de belleza y utilidad urbanística ha acabado envejeciendo o caducando ante la realidad cambiante que la rodeaba, tornándose día a día más inútil y más fea. Sin embargo, sigue allí. ¿Por qué?

Después de casi un año de hacerme la misma pregunta, el sábado pasado lo descubrí. A pesar de la interminable lluvia que cubrió toda la mañana, me decidí a acercarme a ella. Crucé la vía del tren y contemplé de cerca los muros de cemento bruto, totalmente empapados, las ventanas tapiadas, algunas con burdas planchas de hierro y otras con más cemento, las rejas destartaladas, los comercios de las plantas bajas, también condenados con chapas de metal, con el único resquicio de identidad que les daban los números pintados a mano encima de las puertas. Los ascensores estaban sellados, y había carteles por todas partes que prohibían arrojar basura en las esquinas y en los antiguos soportales, algunos de ellos completamente vallados. La edificación se extiende por el margen de la colina dibujando una U irregular, dentro de la cual aún perviven pequeños parques con columpios que en su día verían crecer a generaciones enteras (el conjunto de edificios debía albergar a más de mil familias), pero que esa mañana lluviosa estaban totalmente abandonados.

Como parecía no haber nadie por las calles, salvo un grupo de niños que jugaban a tirarse piedras desde otro edificio cercano, más moderno, me atreví a subir por las escaleras exteriores hasta los interminables pasillos de uno de los pisos. No se oían más ruidos que los que hacían las gotas acumuladas en las balaustradas al caer sobre la acera y los gritos de los niños a lo lejos. Me puse a andar por el pasillo y en seguida me invadió una sensación de vacío y desconcierto tremenda. Las puertas de las viviendas estaban muy juntas las unas a las otras, lo cual daba una idea de su tamaño, y todas ellas estaban también condenadas, cubiertas con chapas de metal del mismo color y marcadas únicamente con un número encima del marco. Sin embargo, según avanzaba por el pasillo me fijé en que el color de algunas de las puertas era distinto, que esas pocas puertas de otro color no estaban tapiadas, a pesar de que a primera vista lo pareciera. Me acerqué a una de ellas y pegué el oído a la pared: allí vivía gente. Me aparté rápidamente, no sé por qué. Continué andando más deprisa; ahora que sabía que no estaba solo, ya no me sentía tan cómodo. Al llegar a la escalera para bajar de nuevo hasta la calle, vi unas cajas de cartón junto al recodo del ascensor abandonado, y entre ellas sobresalía un pie que se movía como por espasmos. Aunque no era la primera vez que veía ese tipo de espasmos (crecí en un barrio lleno de yonkis y uno se acostumbra a ellos) traté de salir de allí lo antes posible. Mientras bajaba la escalera, vi de cerca las minúsculas terrazas de las casas, llenas a reventar de bolsas de basura medio rotas desde las que el agua de la lluvia iba formando pequeños charcos que, finalmente, se vertían a la calle. Con el paraguas aún abierto, me dispuse a abandonar de una vez por todas el edificio y aquello que, en algún momento había sido una feliz urbanización.

Hoy, al volver a mirarla desde la ventana del trabajo, me he acordado de la sensación de vacío que se apoderó de mí al entrar allí, y me ha recordado un poco a lo que he venido percibiendo últimamente en mí; era una sensación derivada de ese afán de buscar la felicidad, de aferrarme a una idea que creía que aún era La felicidad, que me resguardaría de la lluvia del día a día. Cada vez que pensaba en ello me sentía reconfortado, como uno lo debe de estar al volver, después de un mal día, al calor de su habitación, en la que ha vivido siempre. Sin embargo, al rato me solía invadir el vacío, como una sospecha de que todo aquello no era más que un consuelo que en su momento pudo servir para refugiarme de todo, pero que ahora se había convertido en un lugar inhóspito que tenía que abandonar antes de que se acumulara demasiado la basura y me viera condenado yo también, como esas casas, como esas personas que aún se aferran al lugar en el que siempre han vivido, aunque ya todos lo hayan abandonado, aunque se encuentren aislados, solos y quizá, aunque nadie lo sepa, detrás de esas puertas, hayan muerto hace tiempo.



Escuchando La felicidad, de Bushido.

martes, octubre 25, 2005

Hoy ha llovido todo el día. En realidad empezó a llover anoche. Como vivo en una buhardilla, cuando llueve, las gotas repiquetean en la ventana inclinada que hay junto a mi cama. Así que de cuando en cuando, me despertaba el ruido, y así he estado hasta que ha sonado el despertador. Para colmo, el domingo se me olvidó hacer la compra y no tenía ni café ni tostadas, así que he salido de casa con un tazón de «Frostris» en el estómago y cara de pocos amigos.

En el trabajo, el mismo rollo de siempre. A la salida se ha vuelto a ver ese extraño fenómeno inglés que ya me pasaba hace dos años cuando trabajaba en Londres. Después de llover todo el día, uno sale a la calle y ve durante unos pocos minutos los únicos rayos de sol del día. En realidad ni siquiera se ve el sol, tanto sólo una aureola rosada que perfila el paisaje azulado de las nubes que se alejan por el horizonte, como el perfil de una montaña de algodón. Durante esos pocos minutos llevaba puesta la banda sonora de 2046, pero en cuanto el sol ha desparecido de nuevo, se me ha acabado la batería del discman y todo se ha cubierto del color anaranjado de las farolas de Sheffield. Al final tendré que comprarme un ipod.

Como no tenía nada de comer en casa, he tenido que pasar por el Tesco de Ecclessal Road. Era lunes, y aquello estaba lleno de estudiantes y curritos que, como yo, tenían que reponer sus frigoríficos. Es triste comparar las cestas de la compra de los solteros. No difieren mucho las unas de las otras: salsas, congelados, productos orgánicos y dulces. Al llegar a la cola de la caja iba mirando noséqué y me he tropezado con un perro. Al principio me he quedado un poco extrañado de que dejasen entrar perros a un supermercado, pero luego me he dado cuenta de que era una niña disfrazada de perro. El disfraz la cubría de arriba abajo y estaba perdido de roña. La niña se iba arrastrando por el suelo del supermercado, de una estantería a otra, con la cabeza agachada y sin decir nada. En seguida he vuelto a pensar lo poco que me gustan los niños ingleses y lo malcriados que están, pero de repente he oído desde la cola de la caja de al lado: «¡Anabel! ¡Ven aquí de una vez!». Era una mujer morena y de pelo corto, de unos cuarenta años que, he deducido, debía de estar visitando su hermana pequeña, a su lado (una de esas rancias universitarias catalanas con flequillo al ras que estudian en Sheffield), y estaba haciendo la compra con ella y con su hija, la niña perro.


El caso es que cuando ya me iba a tocar, he alzado la vista y he cruzado una mirada fugaz con uno de los cajeros del Tesco, en otra de las abarrotadas cajas. Aunque nunca hemos hablado más que lo necesario para pagar cada vez que me ha cobrado, ha habido un momento de reconocimiento mutuo. Yo siempre me fijo en él, tengo que admitirlo. No es especialmente guapo: es un chico de unos ventitantos, tez pálida y pelo castaño, como cualquier otro, pero siempre tiene una expresión avinagrada en el rostro, y parece que vaya siempre a trabajar con resaca, o que tuviera la cabeza en otra parte. Empezó a trabajar allí hace unos meses y, al poco tiempo, oí de soslayo, en una conversación con otro cajero, mientras reponían las frutas, que aquello para él era algo temporal y que, como le pillaba cerca de casa, había pensado sacarse algo de dinero, pero que en cuanto pudiera, lo dejaba. Hoy me ha recordado a mí mismo, cuando voy a trabajar con la misma expresión avinagrada en el rostro.

Camino de casa, me he fijado en que lo de los cambios cromáticos no sólo se nota en el cielo, también en los escaparates. De un tiempo a esta parte en todas las tiendas están sustituyendo los globos rosa que pusieron por todas partes para celebrar el día contra el cáncer de mama, que fue hace poco, creo, por las calabazas naranjas de Halloween. Al menos ellas sonríen.


Y mañana a Manchester a ver a los Dandy Warholes. No me apetece mucho, la verdad, pero como al final me regalaron la entrada por mi cumpleaños, habrá que ir. Y no me sé ni una canción.

Por cierto, que aún no sé quién me mandó la postal de Tony Leblanc.


Escuchando el tema principal de 2046 (Rumba Version)

lunes, octubre 24, 2005

El futuro


La última vez que baje a Londres, este verano, fui al mercado de Camden Town. Como ya he estado varias veces y me conozco las tiendas -y hasta las frases graciosas de las camisetas-, me aburro un poco allí. Ese aburrimiento me llevó, esta última vez, a abrir la puerta de una tienda situada en la calle principal, en la acera de la izquierda, poco antes de llegar al puente. Era una tienda en la que no había fijado hasta entonces; no tenía escaparates ni música atronadora, como el resto, sólo una puerta cerrada. Supongo que por eso me llamó la atención. Al entrar me quedé de piedra: era una tienda dedicada exclusivamente al porno gay. Fue como entrar en una dimensión paralela, desconocida pero familiar: estanterías enteras llenas de fotos de pollas iluminadas a media luz y, de fondo, una canción de Mariah Carey.

Hasta ese momento no había establecido ninguna relación entre el porno gay y Mariah Carey. Pero al oír la canción y visualizarlos en el mismo plano, el uno junto a la otra, me di cuenta de que ambos habían sido desde siempre dos de mis placeres secretos, esos de los que uno se avergüenza y reniega en público. Y el caso es que hay razones para ello: ambos son bastos, idiotizantes, ordinarios, neumáticos, carentes de todo interés y, en definitiva, vulgares. Pero a mí me gustan, qué pasa.

El caso de la Carey, que este verano, inexplicablemente, pareció haber recuperado algunos enteros en el mundo multimedia, siempre me ha resultado de lo más cercano. Su historia es una historia triste, llena de momentos de un gran patetismo que serán material de primera para una biopic de sobremesa cuando Mariah finalmente se muera: orígenes humildes (tipo rags to riches), braguetazo discográfico, padre ausente, hermana drogadicta, divorcios, implantes de pecho fallidos, lujosos romances con estrellas de la canción latina, plantones en el altar, crisis nerviosas, batacazos cinematográficos y un largo etcétera, todo ello aderezado con una recurrente negación de la realidad, un egocentrismo exacerbado y grandes dosis de mal gusto. Y todavía sigue creyendo que el mundo entero se ríe con ella, la pobre.

Sin embargo, siempre he admirado su determinación. Es terca como una mula. Discográfica tras discográfica, fracaso tras fracaso, rapero tras rapero, ella siempre intenta ver el sol entre los nubarrones. Ha bloqueado su mente para que sólo funcione hacia delante, pero sigue tatuándose mariposas por todas partes para simbolizar su traumático paso de niña a mujer, cuando ya va camino de los cuarenta añazos.

Como no quiero que me pase lo mismo (aunque los tatuajes ya los tenga), este año que para mí está empezando quería poner los pies en la tierra y olvidarme de cualquier absurda meta, es decir, disfrutar de lo que tengo ahora y punto. Esto, que resulta tan fácil de decir, a veces cuesta más trabajo de lo que parece. Por ejemplo, la semana pasada: empezó oficialmente el mal tiempo, lo cual siempre me pone de mal humor, me empecé a quemar con el curro (otra vez), y en seguida me puse a darle vueltas a la cabeza, sin fijarme en lo que ocurría a mi alrededor. Afortunadamente, a mitad de semana hablé con F. y se me cambió totalmente el humor, porque a veces hace falta que alguien cercano te diga a la cara las cosas que uno no ve, pero que son obvias desde fuera; es como cuando se le dice a alguien que tiene unos andares ridículos. En esas ocasiones uno se puede sentir un poco estúpido, pero de vez en cuando viene bien reírse de uno mismo para evitar convertirnos en una caricatura de nosotros mismos. Vamos, que alguien debería decirle a Mariah Carey que se baje de los tacones, abandone de una vez por todas esos andares ridículos y deje de hacer vídeos de guarrilla como si tuviera dieciocho años.


Escuchando Shake It Off, de Mariah Carey.

jueves, octubre 20, 2005

La falda no tiene la culpa


De cara a la pared. Así me siento en el trabajo. Me castigaron desde que llegué. Así no es extraño que uno desarrolle un sentimiento de culpa. El pecado original que llevamos dentro.

Me acuerdo de una escena de La pianista en la que Erika está agazapada en medio de los matorrales, hundida en la barro del bosque tratando de espiar a una pareja (un turco y una rubia) que estaba follando brutalmente. En un momento dado, Erika rompe accidentalmente (?) una rama y el turco se percata de que hay alguien entre las zarzas espiándoles. Erika se queda completamente quieta en la oscuridad, en cuclillas, mirando cómo el turco busca al mirón entre las ramas, esperando que pase lo que tenga que pasar. No le importa ser descubierta. De repente, un resorte salta en Erika. En el momento más inoportuno, como siempre, le entran ganas de hacer pis. No se puede contener. Se baja las bragas y deja que el cálido chorro fluya silencioso entre sus piernas, que empape la hojarasca. Sin embargo, al estar agachada, Erika arrastra un poco la falda, y el chorro se acerca peligrosamente a ella. Y de repente le viene a la cabeza: «La falda no tiene la culpa».

La falda no tiene la culpa. Me puedo imaginar a mí mismo con trece años, abrazado a la almohada, demasiado abrazado a la almohada, quizá pensando en retazos de chicos, de hombres, de los cuerpos que me rodeaban: ese músculo que se abulta en un antebrazo cubierto de vello, una sonrisa despistada de..., la curva imaginada de su espalda… y de repente la misma frase. La almohada no tenía la culpa de que yo estuviera abrazado a ella, de que estuviera pensando en lo que no tenía que pensar.


De alguna manera, éste ha sido mi castigo, me han puesto de cara a la pared después de años de decirme que aquello no estaba mal, de salir, como todo adolescente, del tormento de los nuevos deseos, que en mi caso fue aún más largo porque de todas partes se me decía (aunque fuera sin palabras) que aquello que yo pensaba estaba mal. Así que uno estudia lo que cree que quiere, saca buenas notas, consigue un trabajo de lo suyo y le ponen de cara a la pared.

La falda no tiene la culpa. Siempre me digo que mejor no darle vueltas a lo mismo, pero de vez en cuando a uno se le revelan estas cosas en un gesto involuntario, en una mirada a destiempo, en cualquiera de los errores que uno comete a lo largo del día, esos tropiezos en los que nadie se fija menos uno mismo. Menos uno mismo y esa «otra cosa» que flota por encima de uno, esa conciencia que nos señala con el dedo, que nos recrimina nuestra estupidez con la mirada altiva, que se asombra indignada ante nuestros actos. No es difícil imaginar quién era esa «otra cosa» para Erika.



Para mí, esa «otra cosa» también lleva falda y se sienta a mi lado en el trabajo. Es una versión desmejorada de las chicas perla, con cara de coño revenido, acento pijísimo y la risa de Concha Velasco. Quizá este odio sí que se deba en parte a mi declarada misoginia, pero sé reconocer la maldad cuando la veo. Y lo siento, no he llegado a adquirir la suficiente madurez como para que me dé lastima verla arrastrarse por este mundo, ahora sólo me produce tanta irritación que si fuera un dibujo animado, ya la habría matado varias veces. Pero de todo esto la falda no tiene la culpa.


Escuchando Der Tod und das Mädchen , de Franz Schubert

Colonia de chico

Hoy ha subido conmigo en el ascensor el chico nuevo del departamento de informática. Bueno, todavía no es el chico nuevo, sólo le iban a hacer la entrevista. El caso es que iba vestido con traje y corbata, y unos zapatos supuestamente elegantes (yo nunca llevo, así que no entiendo de zapatos). El ascensor no es muy grande, así que mientras que le miraba los zapatos era fácil notar que se había puesto demasiada colonia (¿hacía yo lo mismo cuando estaba buscando trabajo?). Al abrirse las puertas del ascensor, le he dejado pasar, he alzado la vista y, como imaginaba, era otro pijamita más. He vuelto al trabajo y no le he dado la menor importancia.

Cuando he salido, el sol estaba a punto de desaparecer. Los días se están acortando muy deprisa. Mientras volvía a casa no podía dejar de mirar al suelo: la calle estaba llena de hojas estrelladas en el asfalto. Había llovido a mediodía, así que todo estaba cubierto de charcos y hojas mojadas. Cuando llueve, parece que las cosas tienen más colores y más olores, como si la lluvia los despertara de su letargo. Al llegar a Ecclesal Road, ya estaba anocheciendo y las luces de los coches se reflejaban sobre el asfalto empapado. Como todos los días, me he cruzado con los estudiantes que iban al pub o volvían del supermercado. Todos pijamitas también. Aquí los pijamitas suelen ser rubios o, en su defecto, pelirrojos. Los peinados que llevan son atroces, como el de los clics, pero con una escarola tiesa en la coronilla, y la ropa es un compendio del catálogo de H&M sin muchas variaciones. Como todos los días, también me he cruzado con un chico moreno (siempre distinto, aunque en el fondo siempre sea el mismo), de pelo corto y con barba. Como todos los días, hemos intercambiado una mirada intensa pero inexpresiva, no muy larga pero tampoco muy corta, y hemos seguido nuestro camino.

Ha comenzado a llover otra vez y en seguida las gafas se me han llenado de gotas. Aquí ya ha empezado la segunda parte del otoño, cuando uno sale del curro de noche y ya está todo invadido por la luz anaranjada de las farolas; cuando hace frío de verdad, llueve y los bajos de los pantalones se calan, cuando las hojas que antes se limitaban a posarse en el suelo con miles de matices amarillos, naranjas, cobrizos, marrones y ocres, y que uno tenía que apartar a cada paso, se van convirtiendo en una masa pastosa y oscura que casi es mejor no tocar.

Antes de llegar a casa me he acordado, no sé por qué, del chico del ascensor. Y he pensado que hace casi un año que no me pongo colonia. No sé qué significará, si es que significa algo. El caso es que de un tiempo a esta parte me gusta más el olor corporal de los chicos que el olor de la colonia. Y al pensar en eso, he caído en la cuenta de que para el olor de los hombres no me acudía a la cabeza ninguna de estas metáforas tan manidas que se suelen encontrar en los libros para el olor (aroma, fragancia, perfume, bálsamo, efluvio) de las mujeres (almizcle, infusión de pétalos de rosa, brisa primaveral, lirios recién cortados y un largo etcétera). Y también he pensado que me resultaba mucho más fácil asociar el olor a colonia con los chicos rubios y pelirrojos con los que me cruzaba bajo la lluvia que, por ejemplo, con el chico moreno de barba (otro con el que siempre asocio el olor a colonia es el cantante de Elefantes, quizá por el peinado de clic).Tampoco entiendo esa manía de las chicas perla de comprarles la colonia a sus novios, es algo que no me entra en la cabeza.

A veces el olor de los chicos se queda en la ropa o entre las sábanas, y es siempre distinto, propio, mucho más auténtico. No me gusta tener que acordarme de un chico por su colonia. Las pasadas navidades, JC y yo estábamos mirando colonias para un regalo y probándolas en esas tiras blancas que tienen para olerlas. JC me pasó una y dijo: «Mira, ésta era la de D.». D. es un novio que compartimos hace tiempo. Me sentí raro recordando algo que estaba asociado a él, pero que no era él, sino una marca más. No me decía nada.

Quizá es que ya no me dicen nada los olores fabricados, como quizá tampoco me dicen nada las metáforas sobre ellos. Todavía no sé si para el olor que me gusta existe una metáfora o si me la tengo que inventar yo (¿cómo sería la metáfora del olor que deja un chico entre las sábanas después de una noche con él?), o quizá lo que ocurre es que para esas cosas no hay metáfora que valga.


Escuchando Tu mejor canción, de Elefantes.

miércoles, octubre 19, 2005

El desollado


Un ojo mirando la carne de su órbita: acompañando al Bernard Noël de Extractos del cuerpo

Cómo salir de mí mismo hacia mí mismo. Salir de uno hacia el otro, mas siempre dentro. Buscar al universo recorriendo el laberinto de los sentidos, meticulosamente, para luego invertir a éstos hallándonos en las regiones de la sombra. Irse siempre persiguiendo y anatomizar con palabras la materia que nos compone, hasta estremecerse: bajo lo epidérmico, ¿qué tacto? Proseguir l’expérience intérieure hacia la duda y el vacío. Y hallarnos quizá delante de esa infinita duda, de un más allá que cada cual desdobla. Y de nuevo pujar la línea del más acá.

Esta búsqueda, pues parecen nuestras bocas denunciar un universo de vacío subyacente: se sale y entra al cuerpo por una multitud de orificios, como pasajes hacia un pasar. Y por doquiera el cuerpo los sentidos, nerviosos, son otras puertas y ventanas de esta extraña morada. Revelan que la materia de nuestro yo exterior, salvo la muerte pujante de uñas y velluda, es una aldaba preparada para visitas distintas: la piel humectándose en sus poros, respirando por ellos, el oído para las ondas de sentido, los ojos y su negra retina ante la luz vibrando coloridos.


Y el sexo de sentir extremo, que toca y con otra profundidad mira, explorador del génesis, dador de fluires y semillas. Indagar masculino del poeta cuando divaga, intenso, por las ranuras del propio cuerpo. Mas, si en él los roles forzosos de entrega física son los de la lluvia y la tierra, véase que en los ciclos el cuerpo del hombre viene de la mujer tanto como a ella puede llevar, Hermes y Afrodita ante el espejo de su génesis. Al extraer poesía de sí los viajes son múltiples: el sexo es el tercer ojo ciclópeo y sumergido del hombre, y así también su crisol hacia la mujer.
Esto es esencial, pues prevalece la voluntad visual de un lenguaje que, al encarnar la imagen, llama a los otros sentidos y los con-funde, gestando el ojo de las palabras.

Éste puede descender entonces por la columna que nos verticaliza, por el hueso tabular, hasta descomponernos con su escrutinio. Surgen los caminos más recónditos: la palabra se vuelve la sangre, la chispa nerviosa, la carne que en el hueso reposa, la capa de copos que al cuerpo se aferra. Se vuelve la palabra, al fluir, huesos como piedras y músculos sanguíneos, ambos elementos en pugna: la furia del viento contra el peñasco inmóvil, el empuje del río que sigue haciendo tronar nuestros guijarros.

Y pulula el cuerpo en esa lucha como un sol de mar, con innúmeros dedos y pétalos sensibles de flamenco, con el fuego del movimiento en una acuosa profundidad, sol que el agua recorre aunque busque una armoniosa estabilidad en el tiempo de una roca: aunque para seguir ardiendo se alimente de otros seres que recubre. Es ansia agitada: lucha contra la roca y concha, e, inverso, contra el vacío y ese sol otro y lejano que le agota su fluir. Pulula investigando, luego retraído, luego lanzado y en nada nadando.

Así, imaginada imagen, la palabra ve con la lámpara que da su lengua la fosforescencia oculta en la materia que nos compone.

Y puede descender el poeta, por razón, alrededor de esa lengua: con la que saboreamos los seres recién muertos que devoramos; con la que saboreamos al ser amado; y las mismas que unimos al paladar llenándolas de viento al soplar las palabras. Y mezclamos su multitud de salivas en una sola agua: líquido que pronto fluye y se nos escapa por esos pasajes difusamente sentidos de la sangre al tragar.

En dicha agua entonces, y más allá de esta capa del tránsito en una vivisección por frases rígidas, de estos trozos de vida visibles que el léxico científico busca, puja ahogador el moi; el yo material y por hondo universal: el de léxico con muchas bocas.

Oh, pero frustra igual no poder nombrar todo el cuerpo, cada vez más dividido: no poder nombrarnos específicamente. Frustra ver que las palabras salivosas están amalgamando mi cuerpo con el tuyo, mas que no somos los mismos. Aquí la lengua no es total, nos escupe, y en ese sentido límite nos da a probar el vacío; su límite da, así como anuncia un posible suicidio y muerte y eternidad.

Nunca anuncia la lengua que se masca: creación que se anula, así como luego el corazón genera mientras el hígado devora vaciando. Nos confeccionamos en la permanente sedimentación, móviles esófagos –que portan lo que comemos, oisô/phagein-; pero nos devoramos también en esta materia que no sabemos hasta dónde es nuestra, has dónde fluye desposeyéndonos como “el desollado [que] mira a su esqueleto y dice: ¿quién es?” («l’écorché regarde son squelette et dit: qui est-ce?»).

Porque sucede que en el día a día, de súbito, en un instante insituable como un revolotear para seguir levitando, la realidad se vacía. Poco a poco los objetos lucen huecos, la luz sobre ellos no basta y la gente brilla: estatuas de cera que el movimiento ya no logra de por sí sacralizar. Mi río se va desaguando y siento que un ángel ríe despacio de mi nerviosidad, de que no logro mirar un solo punto fijo y estoy tiritando.

Y sopla una cotidianeidad absurda al oído. Pienso sus palabras. Muero, dice. Lloro mi desagüe e intento besarlo al soñar. Entona el vacío de nuestra conciencia y la repleta materia; entona la nada necesaria en todo todo. Porque está lleno y no hay más espacio para nosotros, más del que nos sentimos poseer en nuestra situación, en los movimientos más cercanos de nuestra voluntad y sentimientos llamados cuerpo.

Igual, situado espero que un ángel Otro vuelva, que me anestesie y entone con licores, y tome la forma de Afrodita que sentiré haber conocido siempre.


PABLO FANTE

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miércoles, octubre 12, 2005

¿Ves lo que yo veo?

Las personas que tienen una rara condición llamadas sinestesia ven sonidos, huelen los colores y saborean las formas. Los neurocientifícos piensan que llos representan una ventana hacia el misterio fundamental de la conciencia humana.

A Carol Crane le gustan casi todos los tipos de música, pero los conciertos la afectan en una forma peculiar. "Siento el sonido de las guitarras como un soplo en los tobillos. El piano me presiona aquí", manifiesta, tocándose el pecho encima del corazón. "Y el jazz de Nueva Orleáns me golpea por todas partes, como una lluvia".

La reacción sensorial de Crane a las letras y los números es igualmente extraña. Al ver la letra a piensa en el color azul grisáceo. La letra b es azul pastel y la c, carmesí. Los números le causan reacciones muy similares. El 4 10 ve rojo tomate, y como con todos sus enlaces perceptuales, le ocurre desde la infancia. El cuatro siempre ha sido rojo. No puede ser otra cosa.
Crane, una sicóloga de 47 años, no padece de alucinaciones. Sus percepciones surgen de una extraña mezcla de los sentidos conocida como sinestesia, una condición que puede tomar múltiples formas. Algunos sinestésicos ven sonidos, otros sienten colores o saborean formas. Simon BaronCohen, psicólogo de la Universidad de Cambridge, estima que una de cada 2.000 personas es sinestésica y vive con un sentido empujando al otro. Se sabe poco sobre las causas, pero las sensaciones que experimenta un sinestésico son reales. "Hemos descartado que estas personas estén fantaseando", dice Baron-Cohen.

La sinestesia -del griego syn, junto, y aisthesis, sensación- generó una ola de interés científico y popular a principios del siglo. El compositor ruso Alexander Scriabin, un sinestésico, ideó un órgano que producía múltiples rayos de luz en su sinfonía Prometeo, el Poema del Fuego. Muchos románticos consideraban a los sinestésicos una vanguardia espiritual de la humanidad, más cercanos a Dios que los que tenemos sentidos segregados. "Estas personas altamente sensibles", escribía Wassily Kandinsky, pintor abstracto ruso, "son como los buenos violines... vibran en todas sus partes al contacto del arco". La fascinación pronto alcanzó su clímax, estimulada por la impenetrabilidad de la sinestesia. El problema: Nadie podía penetrar en la mente de los sinestésicos para entender o compartir sus singulares percepciones.
Esto podría cambiar pronto. Impulsados por los recientes avances en la obtención de imágenes cerebrales, los registros electrofisiológicos, los análisis de ADN y otras técnicas, un pequeño número de investigadores en Estados Unidos, Escocia, Inglaterra, Canadá, Australia, Francia, Alemania, Israel y Finlandia está comenzando a despejar lo que distingue a los sinestésicos. Las respuestas, además de arrojar luz sobre una condición peculiar, pueden iluminar un enigma importante de la existencia. La noción de que los sinestésicos son semidivinos está descartada, pero los investigadores del conocimiento afirman que estas personas constituyen una preciosa ventana hacia el misterio fundamental de la conciencia humana.

A medida que examinan, estimulan y evalúan, los científicos se sienten impresionados. "Tendemos a suponer que la realidad es igual para todos", señala Peter Grossenbacher, asociado de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) de EE. UU., el más importante investigador norteamericano de la sinestesia. "La sinestesia nos muestra que las personas que nos rodean pueden tener una experiencia diferente del mundo".

No sólo diferente. Mejor. "Para mí es como si ustedes vieran el mundo en blanco y negro", expresa Carol Steen, una artista de Nueva York, para quien las letras, los números, los sonidos y los dolores evocan una variedad de colores. "Yo lo veo en color". Patricia Duffy, instructora de idiomas de Naciones Unidas, quien siente el color ante letras o números, o al pensar en unidades de tiempo como las horas y los días, coincide enfáticamente. "La sinestesia es maravillosa", comenta. "Perderla sería desagradable, como perder uno de los sentidos".

Sigue aquí.

lunes, octubre 03, 2005

Es España la que está loca, no yo.

Un falso majareta, culto y sarcástico. La cita es en la Residencia de Estudiantes, y están con él dos amigos: el poeta canario Félix Caballero, con quien Panero ha escrito ya dos libros, y Amaraba, una fan misteriosa. Los dos fuman como él (hay siete paquetes abiertos sobre la mesa) y asisten risueños a la exhibición de Panero, que lleva ingresado cinco años en el manicomio canario del doctor Rafael Inglod (ahora sólo duerme dentro), tras pasar 14 en el de Mondragón. Hablando también escribe poesía.

Pregunta. ¿Cómo es el manicomio?

Respuesta. El puto infierno. El asunto del veneno empezó en Mondragón, pero lo de Inglod es peor. Me han dado toneladas de haloperidol y todavía no he muerto. Lo de Rasputín fue una noche y a puerta cerrada; lo mío va para 20 años y es a la luz del día: el diario de un hombre infinitamente envenenado. España es la que está loca, no yo.

P. ¿Por qué le dan haloperidol?R. Porque me pasé tres años sin cerrar la ventana.P. ¿Y qué le hace?

R. Atonta. Pero más inteligente que yo, imposible. Soy tan inteligente como Nieztsche.

P. ¿Cómo se vive dentro?

R. Todo ingreso es un secuestro clínico, toda internación es ilegal. Allí se tortura: no dejan fumar, te hacen hacer la cama siete veces, azuzan a los locos contra mí y no les atan... Atan a los viejecitos por nada y a esos cabrones no los atan.

P. ¿Le dan electroshocks?

R. López Ibor te daba electroshocks y luego te ponía una imagen de santa Teresa en la mesilla. No he visto un nazi parecido en los días de mi vida. Ahora, la lobotomía y el electroshock están prohibidos, y las correas también, salvo en caso de sangre o pelea...

P. ¿Mienten los locos?

R. El loco yerra pero no miente, tiene la perniciosa manía de decir la verdad, como el borracho.

P. ¿Acaso existe la locura?

R. No. Los locos son gente muy puteada y se esconden para que no les hagan más daño. El mito de la enfermedad mental, de Thomas S. Szasz: si el loco es un hipócrita, no está loco, es un hipócrita y punto. Yo aprendí telepatía en París, entendí que pensar venía de hablar, y hablaba y leía en voz alta. Me quedé telépata. "El cante sin guitarra, / el cante a palo seco, / el cante sin meis nada". Es un poema de João Cabral de Melo Neto.

P. Ah. ¿Le gusta el flamenco?

R. No creo en la clase obrera española. Son payasos alfredolandescos. Tras 40 años sin ideología obrera, sólo queda la picaresca y un proletariado chistoso.

P. ¿Psiquiatría o poesía?

R. He pensado dejar la poesía como Rimbaud para dedicarme a la psiquiatría, pero a la real, no a esa falsa que Wittgenstein llamó La máscara y el lenguaje.

P. ¿La literatura cura?

R. Alguna sí. Los literatos españoles se dividen en dos: el burgués ambicioso y los mamarrachos abominables.

P. ¿Cree en la democracia?

R. Soy anarcoindividualista, pero creo. Me sorprende que alguien dijera que la democracia es un anacronismo. No creo que Tejero sea muy moderno. Pero los diputados están como cabras.

P. ¿Qué le parece la ley de matrimonio homosexual?

R. Yo soy bisexual y sadomasoquista. Sádico con las mujeres y masoca con los hombres, aunque también sádico con algunos tíos, depende de lo guapos que sean.

P. ¿Cómo se hizo poeta?

R. A los cinco años. Mis padres estaban aterrados. El poema decía: "Mi corazón temblaba y no era un sueño / fueron muriendo todos los soldados de la guardia del rey / y mi corazón seguía temblando".

P. ¿Freud o Lacan?

R. Freud se creía el anticristo, pero era ambiguo. Decía: "¡¿Sabía usted que soy el diablo y Dios construye catedrales en torno a mí?!". Lacan sabía que los locos sabían que él era el anticristo. Según Jung, Cristo y el anticristo son el sí mismo. El yo no existe en la especie humana. Es lo que Lacan llamaba "el sombrero de Napoléon". El yo es en lo que se pierde el loco. Y el anticristo son los bancos.

P. ¿Por qué no abre un dispensario antipsiquiátrico?

R. Pensé hacerme millonario con la antipsiquiatría y lo sería si me pagaran los derechos.

P. ¿Su poesía es automática?

R. No me prohíbo nada salvo cagar en la silla. Pero mi poesía es técnica. Hablando del cuerpo, Spinoza dijo: "Nadie sabe lo que puede el cuerpo". Y Neruda: "Te escucho orinar al fondo de la habitación". Voy a echar una meada.

P. [Se va, vuelve] ¿Cuál es su poeta favorito?

R. Neruda no me gusta. Mallarmé, sí. Escribe científicamente [recita un poema en francés].

P. ¿Preferiría ser francés?

R. Querría irme a París. Allí no están tan locos como aquí. Aquí no se puede pensar. No es raro que el Quijote sea el ídolo. A san Juan de la Cruz casi lo queman porque se lavaba todos los días. Este país está obsesionado con el sexo desde hace siglos y por eso odian a Dios, porque lo ven castrador.

P. No le gusta el Quijote.

R. Es una novela río asquerosa. Me gusta El licenciado Vidriera.

P. ¿Quién le dicta sus poemas?

R. Como no sea mi conciencia... El hombre no habla, es hablado, dijo Lacan.

P. ¿Escribe en trance?

R. No creo en la bestia de la inspiración, yo cultivo el espanto como una ciencia.

P. ¿El nuevo Papa?

R. Un filonazi. Mi doble.

P. ¿Zapatero?

R. El príncipe de las tinieblas. "Oh, Satán, tú tienes dos cosas: el oro y el regazo de la mujer" (Goethe).

P. ¿Negociar con ETA?

R. Por supuesto. Hace siglos dije que sólo ETA hace oposición.

Un falso majareta, culto y sarcástico "Hola. ¿Es usted Mora o Mantilla? ¡Da igual! ¿Me puede traer cinco paquetes de Nobel?". Leopoldo María Panero (Madrid, 1948) fuma como un loco pero apaga los pitillos antes de la mitad. Sufre esquizofrenia, o eso dicen los psiquiatras. Los únicos síntomas aparentes son sus murmullos inaudibles, su enganche a la coca light y su paranoia (comprensible) con la CIA. Por lo demás, su lucidez destellante, su inteligencia sarcástica, su cultura-baúl (suelta citas y recita en varias lenguas y sectores: Lacan, Marx o ¡Ana Torroja!: "Y los jamones son de York") y su curiosidad insaciable (poesía, literatura, psiquiatría, antipsiquiatría, física...) le convierten, más bien, en estos tiempos lelos, en un cuerdo tan indispensable como inalcanzable.

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El efecto Montoliu

—el efecto, dijo Montoliu aquella mañana (es decir, una mañana cualquiera), una de aquellas mañanas, al lado de la cristalera de la clase, Montoliu, su gabardina, sus gafas oscuras; y a partir de aquí era posible comenzar a comprenderlo todo de una manera distinta... las gafas oscuras (ya que tenía unos ojos excesivamente sensibles a la luz) y la gabardina que no se quitaba nunca, junto con la caravana (la leyenda de Montoliu, Montoliu como leyenda...), el efecto, dijo Montoliu... si queremos entender el arte occidental, que es lo mismo que decir: si queremos entener Occidente, tenemos que entender el efecto... ¿por qué es un efecto? porque es el producto de una causa... ¿cuál es la causa? no sé cuál es la causa... seguramente eso que Schopenhauer llamaba «la voluntad»... o quizá se trate de un efecto incausado... el efecto de los efectos de propone como explicación, como hilo conductor... el efecto se propone como interpretación de la idea del yo... es, asimismo, un efecto, porque su impronta se advierte en todo lo que toca... es el efecto efectuando, por así decir... y como el efecto somos nosotros, sus definiciones se encuentran por doquier... es difícil aprehender la sustancia de algo que creemos conocer tan bien... Hegel dice que los personajes de Shakespeare «son libres artistas de sí mismos» —si olvidamos el epíteto «libres», un poco caprichoso desde mi punto de vista (ya que, ¿qué libertad tiene Hamlet para dejar de torturarse por la muerte de su padre, o Iago con la idea de que con él se ha cometido una injusticia?), obtenemos así una primera aproximación a la idea del efecto...

»todos somos libres artistas de nosotros mismos porque todos tenemos dentro de nosotros el impulso artístico: todos hemos nacido para crear una obra de arte, y esa obra de arte no es sólo mi YO, sino, más concretamente, ese tornasolado deslizarse del YO a lo largo del Tiempo, es decir, la Historia de mi Vida... usamos todas nuestras energías en la creación de esta obra artística, que desaparece con la muerte... lo más extraordinario es que ese impulso creador no es natural, sino cultural... es aprendido... y es exactamente el mismo impulso que mueve a los artistas a la creación de sus obras de arte... éste es el efecto... Occidente ha creado la novela, la ópera, la poesía lírica, el cine, y el YO como obra de arte...

—pero todo eso no es nada nuevo, objetaban los apasionados alumnos de Montoliu... ya lo decía Burckhardt: el yo como obra de arte, etc., etc.

sin embargo Montoliu deseaba ir más allá

—si aceptamos la premisa básica del efecto, decía, nos encontraremos enfrentados a una reacción en cadena casi terrorífica... primer efecto: nuestro yo y la historia de nuestra vida son una construcción artística —luego no tienen realidad, más allá de su propio entramado de construcciones... luego ¿qué son nuestro «yo» y «nuestra vida»?... estamos viviendo una vida que no tiene realidad... y puesto que las «convenciones» en las que se basa esa extraña obra de arte son, hablando grosso modo, la idea de la causalidad y la idea del tiempo, deberemos concluir que ni la causalidad ni la idea del tiempo tienen realidad más allá de las fronteras del efecto —todo lo cual, se nos dirá, ya fue ampliamente discutido por los filósofos idealistas del siglo XVIII y del siglo XIX...

»pero sigamos extrayendo consecuencias... el efecto es la noción de causalidad y de tiempo psicológico, y es también el significado... sólo puede existir significado cuando existe causalidad y cuando existe el Tiempo... el Sentido «brota», por así decir, de la necesidad que preside la construcción de la obra artística en el Tiempo... sin embargo, si estudiamos el efecto como un fenómeno puramente artístico, entonces nos daremos cuenta de que le significado o el sentido es, realmente, el elemento más innecesario de todos... el sentido es un producto derivado de la forma: el sentido no es nunca el significado de la forma, sino una sombra, un producto secundario, un fantasma creado por la forma... el descubrimiento de que el significado no es, en realidad, sino una dimensión de la forma, debería ser tan definitorio de nuestras postrimerías del siglo XXI como lo es el descubrimiento de que el tiempo no es sino una dimensión del espacio...

—por supuesto, decían los alumnos de Montoliu, algo escandalizados, pero eso ya lo explicaron los formalistas a principios de siglo... y, de hecho, todo el desarrollo del arte del siglo XX no es sino un corolario de ese axioma que ve el arte específicamente como un fenómeno formal...

—¡gran equivocación! decía Montoliu, ya completamente poseído por el placer... cuando yo hablo de forma no estoy hablando de arte... es decir, estoy hablando también de arte, pero no podemos olvidar que nosotros hemos convertido la misma realidad en arte... de hecho cuando hablo de la forma no estoy hablando de la distinción entre «forma» y «contenido», que no son sino categorías aristotélicas surgidas de una concepción dualista del mundo que para mí es completamente imaginaria... cuando hablo de forma estoy hablando del pensamiento como forma, de nuestra facultad de conocer como facultad de crear formas... cuando hablo de forma estoy hablando, en realidad, del lenguaje (ésa es la Forma, la FORMA, la única forma) y, por tanto, del pensamiento... cuando hablo de Forma hablo de todo lo que existe, en el sentido de todo lo que se puede pensar y todo lo que se puede decir, ya que el lenguaje es lo que da forma a nuestro pensamiento... cuando hablo de forma, estoy diciendo que nuestro pensamiento necesita de la Forma, y que esa forma no es otra cosa que el lenguaje, y estoy diciendo también que la Forma es el tiempo, la causalidad, el sentido y el YO... es decir, que el efecto es una cierta Forma —una organización...

»pero también estoy apuntando a otra posibilidad, a una posibilidad vastísima... lo que sugiero es que si el yo es una construcción artística, entonces ha de ser posible salir fuera del yo... fuera del lenguaje... si todo eso es una gran construcción... es evidente que es posible salir de la construcción... es evidente que es posible salir del sentido, salir de la causalidad, salir del Tiempo, salir del YO; si el efecto existe, entonces es posible salir del efecto, y es posible ser libre...

La música del mundo
o el efecto Montoliu

Andrés Ibáñez

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