Tierra 616

jueves, octubre 20, 2005

Colonia de chico

Hoy ha subido conmigo en el ascensor el chico nuevo del departamento de informática. Bueno, todavía no es el chico nuevo, sólo le iban a hacer la entrevista. El caso es que iba vestido con traje y corbata, y unos zapatos supuestamente elegantes (yo nunca llevo, así que no entiendo de zapatos). El ascensor no es muy grande, así que mientras que le miraba los zapatos era fácil notar que se había puesto demasiada colonia (¿hacía yo lo mismo cuando estaba buscando trabajo?). Al abrirse las puertas del ascensor, le he dejado pasar, he alzado la vista y, como imaginaba, era otro pijamita más. He vuelto al trabajo y no le he dado la menor importancia.

Cuando he salido, el sol estaba a punto de desaparecer. Los días se están acortando muy deprisa. Mientras volvía a casa no podía dejar de mirar al suelo: la calle estaba llena de hojas estrelladas en el asfalto. Había llovido a mediodía, así que todo estaba cubierto de charcos y hojas mojadas. Cuando llueve, parece que las cosas tienen más colores y más olores, como si la lluvia los despertara de su letargo. Al llegar a Ecclesal Road, ya estaba anocheciendo y las luces de los coches se reflejaban sobre el asfalto empapado. Como todos los días, me he cruzado con los estudiantes que iban al pub o volvían del supermercado. Todos pijamitas también. Aquí los pijamitas suelen ser rubios o, en su defecto, pelirrojos. Los peinados que llevan son atroces, como el de los clics, pero con una escarola tiesa en la coronilla, y la ropa es un compendio del catálogo de H&M sin muchas variaciones. Como todos los días, también me he cruzado con un chico moreno (siempre distinto, aunque en el fondo siempre sea el mismo), de pelo corto y con barba. Como todos los días, hemos intercambiado una mirada intensa pero inexpresiva, no muy larga pero tampoco muy corta, y hemos seguido nuestro camino.

Ha comenzado a llover otra vez y en seguida las gafas se me han llenado de gotas. Aquí ya ha empezado la segunda parte del otoño, cuando uno sale del curro de noche y ya está todo invadido por la luz anaranjada de las farolas; cuando hace frío de verdad, llueve y los bajos de los pantalones se calan, cuando las hojas que antes se limitaban a posarse en el suelo con miles de matices amarillos, naranjas, cobrizos, marrones y ocres, y que uno tenía que apartar a cada paso, se van convirtiendo en una masa pastosa y oscura que casi es mejor no tocar.

Antes de llegar a casa me he acordado, no sé por qué, del chico del ascensor. Y he pensado que hace casi un año que no me pongo colonia. No sé qué significará, si es que significa algo. El caso es que de un tiempo a esta parte me gusta más el olor corporal de los chicos que el olor de la colonia. Y al pensar en eso, he caído en la cuenta de que para el olor de los hombres no me acudía a la cabeza ninguna de estas metáforas tan manidas que se suelen encontrar en los libros para el olor (aroma, fragancia, perfume, bálsamo, efluvio) de las mujeres (almizcle, infusión de pétalos de rosa, brisa primaveral, lirios recién cortados y un largo etcétera). Y también he pensado que me resultaba mucho más fácil asociar el olor a colonia con los chicos rubios y pelirrojos con los que me cruzaba bajo la lluvia que, por ejemplo, con el chico moreno de barba (otro con el que siempre asocio el olor a colonia es el cantante de Elefantes, quizá por el peinado de clic).Tampoco entiendo esa manía de las chicas perla de comprarles la colonia a sus novios, es algo que no me entra en la cabeza.

A veces el olor de los chicos se queda en la ropa o entre las sábanas, y es siempre distinto, propio, mucho más auténtico. No me gusta tener que acordarme de un chico por su colonia. Las pasadas navidades, JC y yo estábamos mirando colonias para un regalo y probándolas en esas tiras blancas que tienen para olerlas. JC me pasó una y dijo: «Mira, ésta era la de D.». D. es un novio que compartimos hace tiempo. Me sentí raro recordando algo que estaba asociado a él, pero que no era él, sino una marca más. No me decía nada.

Quizá es que ya no me dicen nada los olores fabricados, como quizá tampoco me dicen nada las metáforas sobre ellos. Todavía no sé si para el olor que me gusta existe una metáfora o si me la tengo que inventar yo (¿cómo sería la metáfora del olor que deja un chico entre las sábanas después de una noche con él?), o quizá lo que ocurre es que para esas cosas no hay metáfora que valga.


Escuchando Tu mejor canción, de Elefantes.