Tierra 616

miércoles, octubre 19, 2005

El desollado


Un ojo mirando la carne de su órbita: acompañando al Bernard Noël de Extractos del cuerpo

Cómo salir de mí mismo hacia mí mismo. Salir de uno hacia el otro, mas siempre dentro. Buscar al universo recorriendo el laberinto de los sentidos, meticulosamente, para luego invertir a éstos hallándonos en las regiones de la sombra. Irse siempre persiguiendo y anatomizar con palabras la materia que nos compone, hasta estremecerse: bajo lo epidérmico, ¿qué tacto? Proseguir l’expérience intérieure hacia la duda y el vacío. Y hallarnos quizá delante de esa infinita duda, de un más allá que cada cual desdobla. Y de nuevo pujar la línea del más acá.

Esta búsqueda, pues parecen nuestras bocas denunciar un universo de vacío subyacente: se sale y entra al cuerpo por una multitud de orificios, como pasajes hacia un pasar. Y por doquiera el cuerpo los sentidos, nerviosos, son otras puertas y ventanas de esta extraña morada. Revelan que la materia de nuestro yo exterior, salvo la muerte pujante de uñas y velluda, es una aldaba preparada para visitas distintas: la piel humectándose en sus poros, respirando por ellos, el oído para las ondas de sentido, los ojos y su negra retina ante la luz vibrando coloridos.


Y el sexo de sentir extremo, que toca y con otra profundidad mira, explorador del génesis, dador de fluires y semillas. Indagar masculino del poeta cuando divaga, intenso, por las ranuras del propio cuerpo. Mas, si en él los roles forzosos de entrega física son los de la lluvia y la tierra, véase que en los ciclos el cuerpo del hombre viene de la mujer tanto como a ella puede llevar, Hermes y Afrodita ante el espejo de su génesis. Al extraer poesía de sí los viajes son múltiples: el sexo es el tercer ojo ciclópeo y sumergido del hombre, y así también su crisol hacia la mujer.
Esto es esencial, pues prevalece la voluntad visual de un lenguaje que, al encarnar la imagen, llama a los otros sentidos y los con-funde, gestando el ojo de las palabras.

Éste puede descender entonces por la columna que nos verticaliza, por el hueso tabular, hasta descomponernos con su escrutinio. Surgen los caminos más recónditos: la palabra se vuelve la sangre, la chispa nerviosa, la carne que en el hueso reposa, la capa de copos que al cuerpo se aferra. Se vuelve la palabra, al fluir, huesos como piedras y músculos sanguíneos, ambos elementos en pugna: la furia del viento contra el peñasco inmóvil, el empuje del río que sigue haciendo tronar nuestros guijarros.

Y pulula el cuerpo en esa lucha como un sol de mar, con innúmeros dedos y pétalos sensibles de flamenco, con el fuego del movimiento en una acuosa profundidad, sol que el agua recorre aunque busque una armoniosa estabilidad en el tiempo de una roca: aunque para seguir ardiendo se alimente de otros seres que recubre. Es ansia agitada: lucha contra la roca y concha, e, inverso, contra el vacío y ese sol otro y lejano que le agota su fluir. Pulula investigando, luego retraído, luego lanzado y en nada nadando.

Así, imaginada imagen, la palabra ve con la lámpara que da su lengua la fosforescencia oculta en la materia que nos compone.

Y puede descender el poeta, por razón, alrededor de esa lengua: con la que saboreamos los seres recién muertos que devoramos; con la que saboreamos al ser amado; y las mismas que unimos al paladar llenándolas de viento al soplar las palabras. Y mezclamos su multitud de salivas en una sola agua: líquido que pronto fluye y se nos escapa por esos pasajes difusamente sentidos de la sangre al tragar.

En dicha agua entonces, y más allá de esta capa del tránsito en una vivisección por frases rígidas, de estos trozos de vida visibles que el léxico científico busca, puja ahogador el moi; el yo material y por hondo universal: el de léxico con muchas bocas.

Oh, pero frustra igual no poder nombrar todo el cuerpo, cada vez más dividido: no poder nombrarnos específicamente. Frustra ver que las palabras salivosas están amalgamando mi cuerpo con el tuyo, mas que no somos los mismos. Aquí la lengua no es total, nos escupe, y en ese sentido límite nos da a probar el vacío; su límite da, así como anuncia un posible suicidio y muerte y eternidad.

Nunca anuncia la lengua que se masca: creación que se anula, así como luego el corazón genera mientras el hígado devora vaciando. Nos confeccionamos en la permanente sedimentación, móviles esófagos –que portan lo que comemos, oisô/phagein-; pero nos devoramos también en esta materia que no sabemos hasta dónde es nuestra, has dónde fluye desposeyéndonos como “el desollado [que] mira a su esqueleto y dice: ¿quién es?” («l’écorché regarde son squelette et dit: qui est-ce?»).

Porque sucede que en el día a día, de súbito, en un instante insituable como un revolotear para seguir levitando, la realidad se vacía. Poco a poco los objetos lucen huecos, la luz sobre ellos no basta y la gente brilla: estatuas de cera que el movimiento ya no logra de por sí sacralizar. Mi río se va desaguando y siento que un ángel ríe despacio de mi nerviosidad, de que no logro mirar un solo punto fijo y estoy tiritando.

Y sopla una cotidianeidad absurda al oído. Pienso sus palabras. Muero, dice. Lloro mi desagüe e intento besarlo al soñar. Entona el vacío de nuestra conciencia y la repleta materia; entona la nada necesaria en todo todo. Porque está lleno y no hay más espacio para nosotros, más del que nos sentimos poseer en nuestra situación, en los movimientos más cercanos de nuestra voluntad y sentimientos llamados cuerpo.

Igual, situado espero que un ángel Otro vuelva, que me anestesie y entone con licores, y tome la forma de Afrodita que sentiré haber conocido siempre.


PABLO FANTE

Etiquetas: