Tierra 616

lunes, octubre 24, 2005

El futuro


La última vez que baje a Londres, este verano, fui al mercado de Camden Town. Como ya he estado varias veces y me conozco las tiendas -y hasta las frases graciosas de las camisetas-, me aburro un poco allí. Ese aburrimiento me llevó, esta última vez, a abrir la puerta de una tienda situada en la calle principal, en la acera de la izquierda, poco antes de llegar al puente. Era una tienda en la que no había fijado hasta entonces; no tenía escaparates ni música atronadora, como el resto, sólo una puerta cerrada. Supongo que por eso me llamó la atención. Al entrar me quedé de piedra: era una tienda dedicada exclusivamente al porno gay. Fue como entrar en una dimensión paralela, desconocida pero familiar: estanterías enteras llenas de fotos de pollas iluminadas a media luz y, de fondo, una canción de Mariah Carey.

Hasta ese momento no había establecido ninguna relación entre el porno gay y Mariah Carey. Pero al oír la canción y visualizarlos en el mismo plano, el uno junto a la otra, me di cuenta de que ambos habían sido desde siempre dos de mis placeres secretos, esos de los que uno se avergüenza y reniega en público. Y el caso es que hay razones para ello: ambos son bastos, idiotizantes, ordinarios, neumáticos, carentes de todo interés y, en definitiva, vulgares. Pero a mí me gustan, qué pasa.

El caso de la Carey, que este verano, inexplicablemente, pareció haber recuperado algunos enteros en el mundo multimedia, siempre me ha resultado de lo más cercano. Su historia es una historia triste, llena de momentos de un gran patetismo que serán material de primera para una biopic de sobremesa cuando Mariah finalmente se muera: orígenes humildes (tipo rags to riches), braguetazo discográfico, padre ausente, hermana drogadicta, divorcios, implantes de pecho fallidos, lujosos romances con estrellas de la canción latina, plantones en el altar, crisis nerviosas, batacazos cinematográficos y un largo etcétera, todo ello aderezado con una recurrente negación de la realidad, un egocentrismo exacerbado y grandes dosis de mal gusto. Y todavía sigue creyendo que el mundo entero se ríe con ella, la pobre.

Sin embargo, siempre he admirado su determinación. Es terca como una mula. Discográfica tras discográfica, fracaso tras fracaso, rapero tras rapero, ella siempre intenta ver el sol entre los nubarrones. Ha bloqueado su mente para que sólo funcione hacia delante, pero sigue tatuándose mariposas por todas partes para simbolizar su traumático paso de niña a mujer, cuando ya va camino de los cuarenta añazos.

Como no quiero que me pase lo mismo (aunque los tatuajes ya los tenga), este año que para mí está empezando quería poner los pies en la tierra y olvidarme de cualquier absurda meta, es decir, disfrutar de lo que tengo ahora y punto. Esto, que resulta tan fácil de decir, a veces cuesta más trabajo de lo que parece. Por ejemplo, la semana pasada: empezó oficialmente el mal tiempo, lo cual siempre me pone de mal humor, me empecé a quemar con el curro (otra vez), y en seguida me puse a darle vueltas a la cabeza, sin fijarme en lo que ocurría a mi alrededor. Afortunadamente, a mitad de semana hablé con F. y se me cambió totalmente el humor, porque a veces hace falta que alguien cercano te diga a la cara las cosas que uno no ve, pero que son obvias desde fuera; es como cuando se le dice a alguien que tiene unos andares ridículos. En esas ocasiones uno se puede sentir un poco estúpido, pero de vez en cuando viene bien reírse de uno mismo para evitar convertirnos en una caricatura de nosotros mismos. Vamos, que alguien debería decirle a Mariah Carey que se baje de los tacones, abandone de una vez por todas esos andares ridículos y deje de hacer vídeos de guarrilla como si tuviera dieciocho años.


Escuchando Shake It Off, de Mariah Carey.