Tierra 616

martes, octubre 25, 2005

Hoy ha llovido todo el día. En realidad empezó a llover anoche. Como vivo en una buhardilla, cuando llueve, las gotas repiquetean en la ventana inclinada que hay junto a mi cama. Así que de cuando en cuando, me despertaba el ruido, y así he estado hasta que ha sonado el despertador. Para colmo, el domingo se me olvidó hacer la compra y no tenía ni café ni tostadas, así que he salido de casa con un tazón de «Frostris» en el estómago y cara de pocos amigos.

En el trabajo, el mismo rollo de siempre. A la salida se ha vuelto a ver ese extraño fenómeno inglés que ya me pasaba hace dos años cuando trabajaba en Londres. Después de llover todo el día, uno sale a la calle y ve durante unos pocos minutos los únicos rayos de sol del día. En realidad ni siquiera se ve el sol, tanto sólo una aureola rosada que perfila el paisaje azulado de las nubes que se alejan por el horizonte, como el perfil de una montaña de algodón. Durante esos pocos minutos llevaba puesta la banda sonora de 2046, pero en cuanto el sol ha desparecido de nuevo, se me ha acabado la batería del discman y todo se ha cubierto del color anaranjado de las farolas de Sheffield. Al final tendré que comprarme un ipod.

Como no tenía nada de comer en casa, he tenido que pasar por el Tesco de Ecclessal Road. Era lunes, y aquello estaba lleno de estudiantes y curritos que, como yo, tenían que reponer sus frigoríficos. Es triste comparar las cestas de la compra de los solteros. No difieren mucho las unas de las otras: salsas, congelados, productos orgánicos y dulces. Al llegar a la cola de la caja iba mirando noséqué y me he tropezado con un perro. Al principio me he quedado un poco extrañado de que dejasen entrar perros a un supermercado, pero luego me he dado cuenta de que era una niña disfrazada de perro. El disfraz la cubría de arriba abajo y estaba perdido de roña. La niña se iba arrastrando por el suelo del supermercado, de una estantería a otra, con la cabeza agachada y sin decir nada. En seguida he vuelto a pensar lo poco que me gustan los niños ingleses y lo malcriados que están, pero de repente he oído desde la cola de la caja de al lado: «¡Anabel! ¡Ven aquí de una vez!». Era una mujer morena y de pelo corto, de unos cuarenta años que, he deducido, debía de estar visitando su hermana pequeña, a su lado (una de esas rancias universitarias catalanas con flequillo al ras que estudian en Sheffield), y estaba haciendo la compra con ella y con su hija, la niña perro.


El caso es que cuando ya me iba a tocar, he alzado la vista y he cruzado una mirada fugaz con uno de los cajeros del Tesco, en otra de las abarrotadas cajas. Aunque nunca hemos hablado más que lo necesario para pagar cada vez que me ha cobrado, ha habido un momento de reconocimiento mutuo. Yo siempre me fijo en él, tengo que admitirlo. No es especialmente guapo: es un chico de unos ventitantos, tez pálida y pelo castaño, como cualquier otro, pero siempre tiene una expresión avinagrada en el rostro, y parece que vaya siempre a trabajar con resaca, o que tuviera la cabeza en otra parte. Empezó a trabajar allí hace unos meses y, al poco tiempo, oí de soslayo, en una conversación con otro cajero, mientras reponían las frutas, que aquello para él era algo temporal y que, como le pillaba cerca de casa, había pensado sacarse algo de dinero, pero que en cuanto pudiera, lo dejaba. Hoy me ha recordado a mí mismo, cuando voy a trabajar con la misma expresión avinagrada en el rostro.

Camino de casa, me he fijado en que lo de los cambios cromáticos no sólo se nota en el cielo, también en los escaparates. De un tiempo a esta parte en todas las tiendas están sustituyendo los globos rosa que pusieron por todas partes para celebrar el día contra el cáncer de mama, que fue hace poco, creo, por las calabazas naranjas de Halloween. Al menos ellas sonríen.


Y mañana a Manchester a ver a los Dandy Warholes. No me apetece mucho, la verdad, pero como al final me regalaron la entrada por mi cumpleaños, habrá que ir. Y no me sé ni una canción.

Por cierto, que aún no sé quién me mandó la postal de Tony Leblanc.


Escuchando el tema principal de 2046 (Rumba Version)