Tierra 616

jueves, octubre 20, 2005

La falda no tiene la culpa


De cara a la pared. Así me siento en el trabajo. Me castigaron desde que llegué. Así no es extraño que uno desarrolle un sentimiento de culpa. El pecado original que llevamos dentro.

Me acuerdo de una escena de La pianista en la que Erika está agazapada en medio de los matorrales, hundida en la barro del bosque tratando de espiar a una pareja (un turco y una rubia) que estaba follando brutalmente. En un momento dado, Erika rompe accidentalmente (?) una rama y el turco se percata de que hay alguien entre las zarzas espiándoles. Erika se queda completamente quieta en la oscuridad, en cuclillas, mirando cómo el turco busca al mirón entre las ramas, esperando que pase lo que tenga que pasar. No le importa ser descubierta. De repente, un resorte salta en Erika. En el momento más inoportuno, como siempre, le entran ganas de hacer pis. No se puede contener. Se baja las bragas y deja que el cálido chorro fluya silencioso entre sus piernas, que empape la hojarasca. Sin embargo, al estar agachada, Erika arrastra un poco la falda, y el chorro se acerca peligrosamente a ella. Y de repente le viene a la cabeza: «La falda no tiene la culpa».

La falda no tiene la culpa. Me puedo imaginar a mí mismo con trece años, abrazado a la almohada, demasiado abrazado a la almohada, quizá pensando en retazos de chicos, de hombres, de los cuerpos que me rodeaban: ese músculo que se abulta en un antebrazo cubierto de vello, una sonrisa despistada de..., la curva imaginada de su espalda… y de repente la misma frase. La almohada no tenía la culpa de que yo estuviera abrazado a ella, de que estuviera pensando en lo que no tenía que pensar.


De alguna manera, éste ha sido mi castigo, me han puesto de cara a la pared después de años de decirme que aquello no estaba mal, de salir, como todo adolescente, del tormento de los nuevos deseos, que en mi caso fue aún más largo porque de todas partes se me decía (aunque fuera sin palabras) que aquello que yo pensaba estaba mal. Así que uno estudia lo que cree que quiere, saca buenas notas, consigue un trabajo de lo suyo y le ponen de cara a la pared.

La falda no tiene la culpa. Siempre me digo que mejor no darle vueltas a lo mismo, pero de vez en cuando a uno se le revelan estas cosas en un gesto involuntario, en una mirada a destiempo, en cualquiera de los errores que uno comete a lo largo del día, esos tropiezos en los que nadie se fija menos uno mismo. Menos uno mismo y esa «otra cosa» que flota por encima de uno, esa conciencia que nos señala con el dedo, que nos recrimina nuestra estupidez con la mirada altiva, que se asombra indignada ante nuestros actos. No es difícil imaginar quién era esa «otra cosa» para Erika.



Para mí, esa «otra cosa» también lleva falda y se sienta a mi lado en el trabajo. Es una versión desmejorada de las chicas perla, con cara de coño revenido, acento pijísimo y la risa de Concha Velasco. Quizá este odio sí que se deba en parte a mi declarada misoginia, pero sé reconocer la maldad cuando la veo. Y lo siento, no he llegado a adquirir la suficiente madurez como para que me dé lastima verla arrastrarse por este mundo, ahora sólo me produce tanta irritación que si fuera un dibujo animado, ya la habría matado varias veces. Pero de todo esto la falda no tiene la culpa.


Escuchando Der Tod und das Mädchen , de Franz Schubert