Tierra 616

miércoles, octubre 26, 2005

La felicidad

Desde que vine aquí he sentido curiosidad por una enorme edificación de cemento gris que se ve desde donde trabajo. Es como una de esos mamotretos de viviendas comunales que uno podría encontrarse en el Berlín Este o en las orillas de la M-30, perfectamente planificadas para aprovechar el relieve urbano (está situada en lo alto de una colina que domina la parte baja de la ciudad) e integrarse en él. Originalmente, supongo, estuvo pensada para albergar a los trabajadores de las fábricas que jalonaban esa parte de las afueras de la ciudad, que vino a ser un extenso polígono industrial en los años en los que Sheffield llegó a ser conocida como la «ciudad del acero» (the city of steel), apelativo por el que todavía se la conoce hoy en día. Sin embargo, como todas las ciudades, con el tiempo, Sheffield se fue expandiendo a pasos agigantados, hasta tal punto que en la actualidad tiene registrados más de cuatro millones de habitantes repartidos por campos enteros de casas y casas plantadas por las laderas de South Yorkshire. Así pues, ese área industrial de las afueras se integró en la ciudad misma, las fábricas se fueron abandonando poco a poco a medida que el progreso industrial progresaba (muchas fueron derribadas, pero otras siguen aún en pie), y los trabajadores del acero tuvieron que dedicarse a otros menesteres.

¿Qué pasó entonces con la edificación? Pues ella sigue ahí plantada cada día, tan majestuosa como un castillo que guarda una ciudad medieval, aunque ya no haya nada que guardar. Y aquello que un día se adecuo a las ideas de belleza y utilidad urbanística ha acabado envejeciendo o caducando ante la realidad cambiante que la rodeaba, tornándose día a día más inútil y más fea. Sin embargo, sigue allí. ¿Por qué?

Después de casi un año de hacerme la misma pregunta, el sábado pasado lo descubrí. A pesar de la interminable lluvia que cubrió toda la mañana, me decidí a acercarme a ella. Crucé la vía del tren y contemplé de cerca los muros de cemento bruto, totalmente empapados, las ventanas tapiadas, algunas con burdas planchas de hierro y otras con más cemento, las rejas destartaladas, los comercios de las plantas bajas, también condenados con chapas de metal, con el único resquicio de identidad que les daban los números pintados a mano encima de las puertas. Los ascensores estaban sellados, y había carteles por todas partes que prohibían arrojar basura en las esquinas y en los antiguos soportales, algunos de ellos completamente vallados. La edificación se extiende por el margen de la colina dibujando una U irregular, dentro de la cual aún perviven pequeños parques con columpios que en su día verían crecer a generaciones enteras (el conjunto de edificios debía albergar a más de mil familias), pero que esa mañana lluviosa estaban totalmente abandonados.

Como parecía no haber nadie por las calles, salvo un grupo de niños que jugaban a tirarse piedras desde otro edificio cercano, más moderno, me atreví a subir por las escaleras exteriores hasta los interminables pasillos de uno de los pisos. No se oían más ruidos que los que hacían las gotas acumuladas en las balaustradas al caer sobre la acera y los gritos de los niños a lo lejos. Me puse a andar por el pasillo y en seguida me invadió una sensación de vacío y desconcierto tremenda. Las puertas de las viviendas estaban muy juntas las unas a las otras, lo cual daba una idea de su tamaño, y todas ellas estaban también condenadas, cubiertas con chapas de metal del mismo color y marcadas únicamente con un número encima del marco. Sin embargo, según avanzaba por el pasillo me fijé en que el color de algunas de las puertas era distinto, que esas pocas puertas de otro color no estaban tapiadas, a pesar de que a primera vista lo pareciera. Me acerqué a una de ellas y pegué el oído a la pared: allí vivía gente. Me aparté rápidamente, no sé por qué. Continué andando más deprisa; ahora que sabía que no estaba solo, ya no me sentía tan cómodo. Al llegar a la escalera para bajar de nuevo hasta la calle, vi unas cajas de cartón junto al recodo del ascensor abandonado, y entre ellas sobresalía un pie que se movía como por espasmos. Aunque no era la primera vez que veía ese tipo de espasmos (crecí en un barrio lleno de yonkis y uno se acostumbra a ellos) traté de salir de allí lo antes posible. Mientras bajaba la escalera, vi de cerca las minúsculas terrazas de las casas, llenas a reventar de bolsas de basura medio rotas desde las que el agua de la lluvia iba formando pequeños charcos que, finalmente, se vertían a la calle. Con el paraguas aún abierto, me dispuse a abandonar de una vez por todas el edificio y aquello que, en algún momento había sido una feliz urbanización.

Hoy, al volver a mirarla desde la ventana del trabajo, me he acordado de la sensación de vacío que se apoderó de mí al entrar allí, y me ha recordado un poco a lo que he venido percibiendo últimamente en mí; era una sensación derivada de ese afán de buscar la felicidad, de aferrarme a una idea que creía que aún era La felicidad, que me resguardaría de la lluvia del día a día. Cada vez que pensaba en ello me sentía reconfortado, como uno lo debe de estar al volver, después de un mal día, al calor de su habitación, en la que ha vivido siempre. Sin embargo, al rato me solía invadir el vacío, como una sospecha de que todo aquello no era más que un consuelo que en su momento pudo servir para refugiarme de todo, pero que ahora se había convertido en un lugar inhóspito que tenía que abandonar antes de que se acumulara demasiado la basura y me viera condenado yo también, como esas casas, como esas personas que aún se aferran al lugar en el que siempre han vivido, aunque ya todos lo hayan abandonado, aunque se encuentren aislados, solos y quizá, aunque nadie lo sepa, detrás de esas puertas, hayan muerto hace tiempo.



Escuchando La felicidad, de Bushido.