Tierra 616

jueves, octubre 27, 2005

Me encanta mi vida

Esta frase se la oí a P hace tiempo (¿pudo ser el año pasado por estas fechas?). No sé por qué, pero me hizo gracia. Mucho tiempo después ha vuelto a mí por dos vías distintas, como un eco que la distorsiona hasta convertir esa curiosa afirmación en una pregunta curiosa.

Desde hace un par de semanas me enganchado a esto. Lo leo en el trabajo, entre traducción y traducción (llegué a ello a través de JL, cuyo diario leía también el año pasado en el trabajo). Curiosamente, en una de sus entradas, Alex, el chico que escribe este diario, parece que se dio de bruces con una de las presunciones de P sobre lo que debería ser la vida de un marica. Yo no sé cómo debería ser la vida de un marica, pero sí sé lo que se puede llegar a sentir en ciertos momentos, y se parece mucho a algunas de las cosas que cuenta Alex en su diario. Entre ellas me ha llamado la atención la recurrente imposibilidad de adecuarse a lo que ve a su alrededor, los intentos fallidos por hacerlo y la consecuente frustración.

El caso es que me vino a la cabeza otra idea que ya había leído en su momento, pero que entonces me pasó inadvertida:

«El modo de solucionar el problema que ves en la vida es vivir de modo que lo que es problemático desaparezca.
Que la vida es problemática significa que tu vida no se amolda a la forma de vida. Debes, pues, cambiar tu vida y, en cuanto se adapte a esa forma, desaparecerá lo problemático.
¿Pero no tenemos el sentimiento de que alguien que no ve ahí un problema es ciego respecto a algo importante, incluso para lo más importante? ¿No podría decir que quien así vive, vive a ciegas, como un topo, y que si tan sólo pudiera ver, vería el problema?
O no debería decir más bien: que quien vive correctamente, no experimenta el problema como tristeza, ni siquiera como problema, sino más bien como alegría; sería como si un halo brillante rodease su vida en ver de un trasfondo incierto» (Vermischte Bemerkungen, 27).


El original en alemán fue escrito por Ludwig Wittgenstein.

De alguna extraña manera, supongo que me alegro de que Alex cuente en su diario, un siglo más tarde, lo que Ludwig nunca pudo contar.




Escuchando Son preciosos nuestros besos, de Iván Ferreiro.

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