Tierra 616

viernes, noviembre 25, 2005

El camino


Esta foto fue tomada el año pasado, poco más o menos por estas fechas. Desde entonces, mi situación física apenas ha cambiado. Sigo teniendo dos brazos y dos piernas, y el mismo gorro azul. Y sigo en medio de la calle mirando a ambos lados antes de cruzar. La foto podría haber sido tomada ahora mismo. De nuevo, estoy a punto de cruzar al otro lado, seguro de que no me van a atropellar, seguro de que hay alguien esperándome al otro lado. En menos de una semana volveré a estar en el mismo sitio, tendré dos brazos y dos piernas, y el mismo gorro azul, pero ya no seré la misma persona. Seré todas las personas que he sido desde entonces, pero también seré una nueva.


Estas fotos fueron tomadas el otoño pasado en París, cuando ya lo había dejado todo y aún no tenía nada. Fueron unos días de una extraña felicidad en los que tenía la impresión de que todo estaba a punto de pasar. De que la vida, por una vez, me esperaba a mí. Podía verla frente a mí, serena e inmutable, esperando sin prisa alguna a que yo me acercara a ella.


Era como si todo a mi alrededor se hubiera detenido a mi paso para que pudiera admirarlo detenidamente. De manera inconsciente, logré que el ritmo de los días se fuera haciendo cada vez más lento, menos exacto, más moldeable. En cada día, en cada hora, podía guardar momentos vividos, como quien guarda un botón en un bolsillo, para recuperarlos más adelante. Y, sin embargo, disfruté de todos y cada uno de ellos de la manera más intensa, sin esperar a la vida, porque esta vez era ella la que me esperaba a mí.


Hice un alto en el camino para verlo, para que mis ojos –no mis recuerdos– lo recordaran, pero también para olerlo y para acariciarlo, para que mi olfato y mi tacto –que no mi memoria– se acostumbraran a su aroma y su textura. Y aun un año después de recorrerlo, no me he olvidado del camino. Espero que él tampoco se haya olvidado de mí.


Escuchando Spiegel Im Spiegel (violín y piano), de Arvo Pärt

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jueves, noviembre 24, 2005

Sonreir de verdad

Sí, lo admito. Yo soy de los peores. Me creo poco exigente y en realidad soy muy exigente. Voy por la vida dibujando corazones en los puntos de las íes, no dedico mucho tiempo a pensar en la muerte y tampoco llevo bragas los domingos. ¿Qué hay de malo en eso?

Con los hombres es lo mismo. De verdad que tampoco pido tanto. De un hombre sólo quiero que, para empezar, vaya con la verdad por delante. Y si quiere venir con el dinero también por delante, pues que venga. Que yo no le hago ascos a nada, en serio.

Que me acepte como soy, con mis defectos y mis virtudes.

Que no se avergüence de mi pasado.

Que sea cariñoso.

Que sea atento.

Pero sobre todo, que me sienta cómodo a su lado.

Es decir, que me comprenda de verdad.


Bueno, algún que otro detalle tampoco está de más.

Pero sin pasarse.

Y es que lo fundamental para mí es que sepa esperar.

Me tiene que demostrar que para él no soy sólo un rollo de una noche.

Es decir, comprometerse.

Y demostrar su fidelidad.

Saber que haría lo que fuera por mí.

En definitiva, sólo quiero a alguien que me quiera, que sepa ver mi belleza interior.

Y que no me lleve la contraria, claro.

Sólo quiero que me hagan sonreir de verdad, como todo el mundo. ¿Es eso pedir demasiado?

miércoles, noviembre 23, 2005

La máscara


«Al principio sólo hay equilibrio. Nada más que eso. Es decir, no se puede ver nada más que eso. Es un equilibrio que se pega, que se amolda, que lo cubre todo. No es negro, pero tampoco en él existen los colores. No hay que moverse, porque si no, ya no hay equilibrio y se echa todo a perder. Primero está blando y luego se amolda. Pero sobre todo, no hay que moverse, a pesar de que lo cubre todo y de que uno casi no puede ni moverse: se puede respirar, eso sí, aunque no demasiado fuerte. En seguida se acaba de amoldar, sólo hay que apretar un poco al principio.

La pasta aún está fresca, pero el calor del cuerpo tenso bajo ella la templa y la deforma. Está ahí, sobre el rostro, pero tan cerca, que no se deja ver. A veces pica, sobre todo al principio, cuando se está fijando, cuando se está endureciendo, pero no hay que tocarla, sobre todo al principio, porque podría deformarse, porque ya no habría equilibrio.


Yazgo solamente. Poco a poco la respiración se hace más lenta, pero hay que concentrarse para no moverse, para no pensar en nada. Hay que pensar eso: no pensar en nada. Uno podría pensar, e incluso hablar, pero no iría a ninguna parte, porque se está solo, porque los demás no están, aunque tienen que estar ahí, al otro lado, a la vista de todos menos del que espera, del que está a la espera, respirando lentamente, sin pensar en nada.

O quizá sí, pero callado, tratando de escuchar el rumor de las voces, que se arrojan desde lejos como lanzas invisibles, desde tan lejos del banco en el que yazgo solamente. Gritan, corren, se queman bajo el sol de la tarde de julio, levantan nubes de polvo. La tierra huele a ese polvo, a esa espera, pero sobre todo al calor.

Y el calor lo aplasta todo, hasta el rostro es aplastado, aunque sigue siendo el mismo, no hay fisuras en él, ninguna marca de guerra, las cicatrices no existen porque no se ha hecho daño alguno. Solamente existe un rostro inmaculado, pero nadie puede verlo porque no hay nadie alrededor, y aunque hubiera alguien, ya no podría verlo, porque el rostro es lo que yace debajo, es lo que no se deja ver.


Pero si no se deja ver, ¿qué es lo que no se ve?¿Qué es lo que yace debajo? ¿Qué es lo que yace debajo de la máscara, es decir, de mi piel, de mis párpados, de mis propios ojos? ¿Qué es lo que flota frente a mí, bajo la máscara, aquello que nadie ve, ni siquiera yo mismo, aunque está ahí, aunque ese ahí sea yo mismo? ¿Es que no existe porque nadie lo ve, o es que nadie lo ve porque no existe? Si tuviera que describir ese algo que no existe, aunque nunca nadie me pedirá que lo describa, simplemente porque no habrá nada que describir, porque ni siquiera se podría nombrar lo que no existe, pero si tuviera que hacerlo de todos modos, supongo que trataría de dibujarlo, trazaría rayas caprichosas pero precisas y esperaría a que alguien me dijera qué es eso que no existe, ese oscuro estremecimiento que reúne a la vida en torno a mí.

Pero en torno a mí no hay nadie y nadie me lo dice; se han olvidado de mí, siguen jugando a lo lejos como si tal cosa. Ya todos tienen su máscara y yo me he quedado el último. No hay nadie que me espere, pero yo sigo a la espera. ¿Acaso me espero a mí mismo? Ya apenas la siento, la tarde y el silencio han secado casi completamente las formas de una pasta que una vez fue rugosa, pero que ahora sólo es áspera, aunque las asperezas deberán ser limadas más tarde; más tarde se abrirán los ojos y se recortaran debidamente los bordes; se pintarán divertidos dibujos llenos de colores vivos. Yo aún no he pensado el mío, pero sé que será completamente diferente al de los demás.


Hay que quitársela poco a poco para no romperla, sería una pena después de haber esperado tanto tiempo. Con cuidado, la dejo en la mesa, junto al resto. Todavía están todas en blanco, así que tengo que escribir mi nombre en el reverso, porque si no, podría confundirla fácilmente con las demás. Más tarde las pintaremos todos juntos, antes de la noche, antes del baile de despedida, antes de que la mañana nos vea partir, antes de volver a casa con nuestras nuevas máscaras.»

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lunes, noviembre 21, 2005

Egocentrismos 2005

01 I'm So Excited - Le Tigre

02 Cloud - Fischerspooner

03 Free Love - Depeche Mode

04 Tiny Vessels – Death Cab For Cutie

05 The Damage In Your Heart - Weezer

06 This Time - Suede

07 Like A Stone - Spark Of Life

08 So Broken - Björk

09 Nothing Fails - Madonna

10 Nada es lo que parece – Fangoria


11 Spnb - Iván Ferreiro

12 Mayonnaise – Smashing Pumpkins


13 Tell Me Why - Echobelly

14 Follow The Light - Travis

15 Yeah! - Zwan

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La degradación

Todo empezó con una simple hoja...

Luego otra, y otra, y otra...

Hasta que cubrieron todo el bosque.

Y cada día el sol se ocultaba un poco antes.

Y calentaba un poco menos.

Hasta que todo se tornó blanco y cristalino.

miércoles, noviembre 16, 2005

Me traspasa

Recuerdo que esta frase de Luces de bohemia era la pregunta tres de mi último examen de Literatura del instituto. Y también recuerdo esas clases de después del recreo en las que Esteban, el profesor de Literatura, nos obligó hacer una lectura de la obra en voz alta. Normalmente, se solían asignar los personajes de forma aleatoria, pero en el caso de este libro Esteban insistió en que fueran Bermejo y su compañero de pupitre, quienes interpretan los papeles principales: Bermejo era Max Estrella y yo era Don Latino (¿¿??). El caso es que un día, a Bermejo –por aquel entonces, guitarrista y cantante ocasional de un grupo sosias de los Stone Roses y los Inspiral Carpets, casi nada– se le ocurrió darle una vuelta de tuerca al esperpento vallienclanesco e interpretar a Max Estrella después de haberse fumado un canuto en el recreo. Y yo, claro, no supe decirle que no. No es que fuera la primera vez que se veían los estragos de las drogas blandas en la clase de letras puras de tercero de BUP, pero el vernos a los dos declamando nuestras frases (que de por sí se las traen) fumadísimos y sin parar de reírnos tenía su aquél. Y no os creáis, que luego bordé la pregunta tres.

Todo esto me vino a la cabeza, no sé por qué, pensando en una traducción para el verbo inglés «see through», que el otro día volví a oír referido a mí.

¿Se puede de verdad «ver a través de alguien»? Supongo que literalmente no. ¿Y de qué otra manera, entonces? Es decir, ¿pueden los demás llegar a ver en algún momento cómo somos? Durante una conversación, en la entonación de una frase, en un gesto de complicidad, en algunos ademanes, incluso en ciertas frases que decimos y que creemos ciertas, ¿de verdad somos eso que finalmente se deja ver a través de todas esas cosas?, ¿somos la suma de todas esas cosas que ven los demás? O incluso, ¿somos también aquello que creemos que no dejamos ver?, ¿somos lo que los demás ven en nosotros pero que nosotros ignoramos?

En una de sus novelas, Kundera llegaba a la conclusión de que las personas se definen mediante dos técnicas muy sencillas: la de la suma y la de la resta. Las que se valen de la primera técnica para definirse como personas van acumulando atributos para crear su personalidad (puede ser desde un equipo de fútbol a una profesión, da igual); dicen «me gusta esto» y «detesto aquello», y a partir de unos determinados gustos, de un corte de pelo, o de la ropa que llevan los demás los conocen. El peligro de la técnica de la suma es que muchas veces la personalidad acaba sepultada por los atributos que se le han añadido. Las que se sirven de la segunda técnica, la de la resta, optan por el camino contrario y prescinden de todos los atributos externos que pueden acabar mezclándose con su personalidad y diluyéndola en algo que no son ellos. El peligro de la resta según Kundera es que ésta tiende a acabar irremediablemente en cero.

En su momento, debo decir que esta evidente muestra de reduccionismo made in Kundera me llegó a dar qué pensar, pero a estas alturas, cuando ya debería haber llegado a cero (sí, yo era de los de la resta), me doy cuenta de que tanto una técnica como otra son una y la misma cosa. No somos los adornos que nos hemos elegido, pero tampoco somos un tronco vacío. Es decir, no somos lo que los demás ven, pero tampoco somos exclusivamente lo que no ven.

Todos, consciente o inconscientemente, vamos dejando miguitas de pan para que los demás hallen el serpenteante camino que se enreda entre las espesuras de nuestro bosque con la esperanza de que encuentren la casita de chocolate. A todos nos produce un placer secreto reconocernos en lo que los demás se esfuerzan en ver de nosotros. Incluso en los reproches sobre nuestros defectos encontramos un motivo de halago por el mero hecho de que esa otra persona se haya fijado en ellos. Siempre que sean ciertos.

Y todo esto venía a cuento porque la semana pasada una persona «vio a través de mí» con una sola frase y otra, como le ocurría a Max Estrella, «me traspasó».

La primera me hizo reír y a la segunda me temo que ya nunca más podré hacerla reír.

Escuchando Yeah! de Zwan.

lunes, noviembre 14, 2005

1984


No me lo estoy inventando. El negro de la foto, para aquéllos que no se hayan montado en el carrusel multicolor de la seguridad del primer mundo, se refiere al nivel de alerta en el que se encuentra este crisol de culturas que se llama Inglaterra. Y el negro es malo. Y el negro especial es más malo todavía. Éste lo colgaron el día después del atentado de junio en Londres. Resulta que trabajo en el edificio del ministerio del interior británico. En las putas oficinas del mismísimo departamento de inmigración. Qué ironía, ¿no? Pues ironías las justas, que a mí no me hace ni puta gracia.

Y no es que esté paranoico, es que el pasado viernes me monté en el autobús para ir al trabajo y, mientras buscaba en el «Metro», entre fotos de Kate Moss y del principe Guillermo, el minúsculo recuadro dedicado a las revueltas y los toques de queda de París, en una de éstas me dio por mirar los anuncios que rellenan el espacio en blanco del interior del autobús. Además de la pegatina de los escupitajos (véase abajo) y la del reclutamiento del ejército (ésta la suelen poner en las zonas más desfavorecidas, que hasta montan un chiringuito con soldados uniformados en el mercado pobre de la ciudad –el que tiene las tiendas de todo a una libra– todos los sábados por la mañana), había otro anuncio con un smiley que, con buenas palabras, recomendaba al pasajero sonreír a su alrededor, porque el Gobierno «estaba pensando» instalar cámaras de seguridad en los mismos autobuses (esos globos de vidrio oscurecido que se ven en todas las calles de Inglaterra y, desde hace unos meses, también en los rellanos de mi oficina; sí, esas mismas cámaras que NO grabaron nada cuando la policía frió a balazos al chico brasileño en Stockwell). No me lo estoy inventando.



En ese mismo momento, al lado del autobús en el que iba montado, pasó otro autobús con un cartel publicitario pegado en uno de los lados. Era una foto enorme de un tío con uniforme, una boina militar ladeada, cara arrugada y un espeso bigote negro (¿os suena de algo?) que apuntaba con el dedo índice a todo aquél que lo mirara. El letrero decía «WE WANT YOU» (¿os suena de algo?) y en letras más pequeñas «TO STOP THE CRIME». No es que no esté paranoico, es que se me acumularon demasiadas señales de golpe.

El día continuó como si tal cosa hasta que, tras el almuerzo, la alarma de incendios empezó a sonar y nuestra amable secretaria nos instó por el interfono de la oficina (¿había un interfono?) a que evacuáramos ordenadamente el edificio. Calmada y parsimoniosamente, los funcionarios del Home Office y de SDL bajaron las escaleras de incendios, con «caras inexpresivas, como vacas hindúes» (¿os suena de algo?). Por si os lo preguntáis, el simulacro se llevó a cabo satisfactoriamente. Y no, no murió nadie.

Y a pesar de todo ello, uno hace de tripas corazón e intenta volver al trabajo para terminar la traducción de turno, intenta alienarse, enajenarse de todo aquel entorno aborregado, se pone los auriculares, pulsa Play, empieza a escuchar la base rítmica, luego la guitarra, luego ambas a la vez y, finalmente, la voz tamizada de Casey Spooner. Todo parece evaporarse mágicamente hasta que, de repente, noto una presencia a mi lado. Es mi jefa, que alarga la mano para alcanzarme amablemente lo que a primera vista parece un simple lazo. Pulso Pause y le dedico por un momento toda mi atención al lazo. Atado a él hay una tarjeta. En ella figura el nombre de la empresa, mi nombre, un número y una fotografía de mi cara. Y en ese preciso instante sé que tengo que salir de aquí. Stop.


Escuchando We Need A War, de Fischerspooner.

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viernes, noviembre 11, 2005

Y 5

Y un día, D. apareció con el pelo rapado, y de su larga cabellera sólo quedaba un mechón negro a un lado. Ahora vestía camisetas de Los Planetas, pantalones ajustados y zapatillas converse. Y claro, estaba más guapo que nunca. Por supuesto, el resto de la camada no tardó en imitarle: se copiaron cintas y cintas llenas de loops de J, se raparon el pelo y se buscaron «piba». Todos menos «Yo», claro.

Para entonces, «Yo» ya estaba en el instituto y el marasmo de aquel nuevo universo le iba poco a poco absorbiendo, no por su interés intrínseco, sino por la necesidad de salir del círculo vicioso en el que estaba metido hasta el cuello. Así que para cuando la mayoría de los adolescentes de su generación estaban metiendo el dedo gordo del pie en la bañera de alcohol, drogas y encoñamientos propios de las high schools de la periferia, «Yo» se ahogaba amargamente en ella. Porque, a pesar de esa necesidad de respirar efluvios más acordes con su edad fisiológica, aún se resistía a abandonar los fumaderos de Leganés, las medias luces y los hits «alternativos» (entonces todavía se usaba esa palabra), es decir, aún se resistía a abandonar a D., aunque en realidad ya no fuera D., sino un espejismo difuminado entre sombras y espesas caladas que se abrazaba a M., aunque «Yo» se empezara a marear con tanto porro y tanta modernidad. D. se había convertido en una droga.

Era exactamente eso, algo de lo que «Yo» dependía. Una presencia que cada mañana le decía qué ropa se iba a poner, cómo se iba a comportar y de de qué iba a hablar. A cada paso que daba, D. estaba ahí, flotando sobre su cabeza. «Yo» ya no podía conjurar aquella imagen chulesca pero ingenua que se atusaba el flequillo mientras jugaba al fútbol, ahora cada pensamiento asociado a D. se torcía inevitablemente hacia esa sonrisa de cabeza rapada que flotaba sobre su cabeza y le irritaba por mera diversión, como un maldito gato de Cheshire.

Pero cuando uno está enganchado, no sirven de nada las explicaciones teóricas sobre el enganche. La catarsis tiene que venir por sí misma. Y en el caso de «Yo», finalmente, se produjo esa catarsis.

Y fue tan sencillo como ir una tarde de domingo al garito de siempre y pedir la jarra de cerveza de siempre y ponerse a fumar los porros de siempre y volver a oír la canción de siempre y escuchar los mismos temas de conversación de siempre y mirar las caras de siempre, que en realidad eran la permutación de una sola (la de D.) y no ver en ellas ninguna señal del mismo hastío que le consumía en aquel momento, sentirse excluido de un mundo en miniatura en el que nada le retenía (podría haber desaparecido en el aquel preciso instante y nadie se hubiera percatado) y al que desde hacía algún tiempo empezaba a ver las costuras. Así que, por última vez, «Yo» inspiró profundamente aquellos vapores que ya no le arañaban dulcemente el estómago como antes, miró detenidamente aquellas caras (aquella cara) que tan cercanas a él le habían parecido en algún momento y dijo adiós. Y entonces, al salir del garito, extrañamente aún de día a pesar de las medias luces del local, mientras aún se podían oír los interminables loops de J en la distancia, «Yo» expiró. Soltó todo aquel aire cargado y enrarecido que había acumulado en su pecho desde hacía tanto tiempo y por primera vez en mucho tiempo, se empezó a reír a carcajadas. Mientras volvía a casa se rió de todo lo que acababa de dejar atrás, se rió de J, se rió de D., se rió de M. y sobre todo se rió de sí mismo.

Y todavía hoy se sigue riendo.

Escuchando Ni hablar, de Ellos.

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jueves, noviembre 10, 2005

4

Porque para él también había dos alternativas: o ser capaz o ser indiferente. Si «Yo» no era capaz de tener a D., si JAMÁS iba a ser capaz de atraer su atención, no le quedaba más remedio que demostrar una indiferencia ABSOLUTA, y qué mejor forma de demostrarla que lanzando a D. a los brazos de M.

Así que, como ya había hecho en muchas otras ocasiones, y como volvería a hacer en otras tantas, «Yo» se abstuvo. Antes de que diera comienzo el juego, «Yo» abandonó. Ante la perspectiva de perder lo que ni siquiera tenía, prefirió adelantarse a cederlo. Porque sabía que nunca podría tener lo que quería, porque ni siquiera se atrevía a decirse lo que quería, porque bajar al parque cada tarde con D. y esperar a que M. apareciera era la única forma posible de tener lo que quería, es decir, de no tener lo que quería, sino de recoger sus migajas, de robar momentos: un beso, una sonrisa, una mirada o una conversación intrascendente (ninguna dirigida a él) y porque sabía que esa felicidad que se vislumbraba en los ojos verdes de D. era la única que «Yo» llegaría a conocer. Aunque no fuera la suya.

Pues sí, «Yo» abandonó. Y lo hizo antes siquiera de que hubiera pasado. Antes de que su vida hubiera comenzado. Antes de dar el pistoletazo de salida, él ya había abandonado sus posiciones y se alejaba por la puerta trasera. Pero la vida tenía que seguir, aunque fuera sin él. Aunque se encontrara la puerta trasera cerrada, aunque ni siquiera se atreviera a abrir definitivamente esa puerta trasera de la vida. Así que «Yo» se tuvo que contentar con asistir a la vida desde las gradas, entre la muchedumbre, contemplando lo que ocurría en el campo.

Se convirtió en un espectador de sí mismo. Se veía escuchando las historias de D., se veía inventando respuestas, se veía mirándole de reojo mientras le pasaba el porro, se veía despidiéndose de él, se veía volviendo a casa en mitad de la noche medio colocado, recordando esas migajas, esos momentos robados.

Fue entonces cuando «Yo» aprendió que lo peor de ser un espectador es que desde la grada nadie puede oír lo que dices. No importa lo mucho que grites. Tu ídolo no te oye. Tus gritos siempre quedan ahogados entre la muchedumbre. A veces el ruido es tan ensordecedor ni tú mismo llegas a oír tus propios gritos. Es como si no dijeras nada.



Escuchando Hermético, de Ellos.

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