Tierra 616

lunes, noviembre 07, 2005

1

Durante esos años en Leganés los niños nacieron por camadas. Lo que por aquel entonces no llegaba a la categoría de villorrio, salpicado de huertas y descampados, se convirtió en pocos años en un modelo ejemplar de ciudad dormitorio, llegando a ostentar a día de hoy el título de localidad más densamente poblada del mundo occidental. No me lo estoy inventando. Como si de las casitas del monopoli se tratara, se le fueron añadiendo uno a uno todos los accesorios por los que se conoce actualmente a este barrio-ciudad, entre ellos el famoso manicomio y la todavía más famosa plaza de toros. El caso es que, entre obras de archivadores verticales para personas y almacenes subterráneos para coches, las familias iban procreando a un compás subliminal muy básico: primero el mayor y luego el pequeño (en algunos casos, cuando el sueldo lo permitía, incluso había una tercera promoción de genes, aunque no era lo habitual). A medida que los niños nacían y crecían, se iban edificando atropelladamente guarderías y parvularios, más tarde colegios e institutos y, mucho más tarde, hasta universidades. El hacinamiento de infantes llegó hasta tal punto que, para algunos cursos, las letras por las que distinguían a las clases, ya de por sí masificadas, llegaban hasta la «I».

A «Yo» le tocó nacer en la segunda camada de su barrio, así que no tuvo más remedio que juntarse con los miembros de esa camada. En este caso, la sincronización de generaciones no fue del todo perfecta, de modo que se encontró en una camada un par de años mayor que él. Por este motivo, desde el principio, siempre se sintió algo por detrás de los demás. Al ser el más pequeño, siempre andaba rezagado, pero «Yo» trataba de seguir el ritmo que imprimía la camada, la mayoría de las veces con escaso éxito. Perdía a las chapas, a las canicas y a la peonza, siempre se ponía de portero en los partidos de fútbol (sobra decir que a «Yo» no le gustaba el fútbol), se llevaba gran parte de las collejas que se repartían en el barrio y todas esas cosas que les pasan a los pringados del grupo, porque siempre hay uno.

Asimismo, como ocurre en todas las camadas, con el tiempo se erigió un líder natural: en este caso, D.

D. tenía los ojos verdes, color miel, grises, dependía del momento del día. Pelo largo y moreno, muy moreno, ligeramente ondulado, pero aplastado para que pareciera más liso, un flequillo que le caía a ambos lados de la cara y le llegaba hasta la boca y, como muchos chicos en esos años, mullet. Tenía un rostro de rasgos marcados pero proporcionados (bueno, a veces las orejas le sobresalían entre la mata de pelo negro, como a los duendes de Cristal Oscuro).

D. era el capitán del equipo de fútbol del instituto –bueno, en realidad jugaba en el equipo de cadetes o lo que sea del F.C. Leganés–, estaba al tanto de la última modas (estamos en la época del britpop de Blur, Pulp, Elastica y Trainspotting), iba a los sitios más underground (seguimos en Leganés) y conocía a todo el mundo.
D. tenía quince años, estudiaba FP y resplandecía; «Yo», por el contrario, tenía trece años, seguía en el colegio y se odiaba a sí mismo («Pero tú eras muy tímido, y como un poco intelectual»). D. era todo lo que «Yo» quería ser y sabía que nunca sería. Lo típico, vamos.


D.

Recuerdos que «Yo» guarda de D.:

La forma de andar de D., muy erguido, seguro de sí mismo.

La cazadora vaquera deshilachada de D.

Los minúsculos pezones de D. cuando jugaba el fútbol sin camiseta.

La voz de D. (cada vez más difícil de recordar, se va mezclando con otras).

D. vistiendo una camiseta del Debut de Björk comprada en un mercadillo (en aquella época ni siquiera se había fijado una pronunciación de su nombre, así que D. la llamaba «bíllork» y a nadie se le ocurría contradecirle).

Las piernas de futbolista de D. (el músculo tremendamente hinchado cuando doblaba la rodilla).

La risa ahogada de D.

...

Poco a poco, la camada se fue convirtiendo en D. Todo giraba alrededor de él: su pelo, su ropa, su música, sus aficiones, todo lo que tenía que ver con D. era mejor que lo demás, mejor que cualquier otra cosa. Cada día, después del colegio, «Yo» llamaba a la camada para poder estar con D. Aunque no hablara con él, se sentía a gusto simplemente estando donde estaba él, escuchando su voz, imitando inconscientemente sus gestos: partidos de fútbol, monopolis, megadrives, recados, happydents, cintas de grupos de moda, cervezas en el parque, lo que fuera, simplemente quedaban y perdían en tiempo. Y «Yo» siempre quería estar ahí, aunque nadie le hubiese llamado, aunque siempre fuese rezagado, aunque su presencia no fuese necesaria. Él se sentía a gusto simplemente estando donde estaba D. No pedía nada más. No se le ocurría pedir nada más. Era feliz con eso.

Escuchando Campeón, de Ellos.

Etiquetas: