Tierra 616

lunes, noviembre 14, 2005

1984


No me lo estoy inventando. El negro de la foto, para aquéllos que no se hayan montado en el carrusel multicolor de la seguridad del primer mundo, se refiere al nivel de alerta en el que se encuentra este crisol de culturas que se llama Inglaterra. Y el negro es malo. Y el negro especial es más malo todavía. Éste lo colgaron el día después del atentado de junio en Londres. Resulta que trabajo en el edificio del ministerio del interior británico. En las putas oficinas del mismísimo departamento de inmigración. Qué ironía, ¿no? Pues ironías las justas, que a mí no me hace ni puta gracia.

Y no es que esté paranoico, es que el pasado viernes me monté en el autobús para ir al trabajo y, mientras buscaba en el «Metro», entre fotos de Kate Moss y del principe Guillermo, el minúsculo recuadro dedicado a las revueltas y los toques de queda de París, en una de éstas me dio por mirar los anuncios que rellenan el espacio en blanco del interior del autobús. Además de la pegatina de los escupitajos (véase abajo) y la del reclutamiento del ejército (ésta la suelen poner en las zonas más desfavorecidas, que hasta montan un chiringuito con soldados uniformados en el mercado pobre de la ciudad –el que tiene las tiendas de todo a una libra– todos los sábados por la mañana), había otro anuncio con un smiley que, con buenas palabras, recomendaba al pasajero sonreír a su alrededor, porque el Gobierno «estaba pensando» instalar cámaras de seguridad en los mismos autobuses (esos globos de vidrio oscurecido que se ven en todas las calles de Inglaterra y, desde hace unos meses, también en los rellanos de mi oficina; sí, esas mismas cámaras que NO grabaron nada cuando la policía frió a balazos al chico brasileño en Stockwell). No me lo estoy inventando.



En ese mismo momento, al lado del autobús en el que iba montado, pasó otro autobús con un cartel publicitario pegado en uno de los lados. Era una foto enorme de un tío con uniforme, una boina militar ladeada, cara arrugada y un espeso bigote negro (¿os suena de algo?) que apuntaba con el dedo índice a todo aquél que lo mirara. El letrero decía «WE WANT YOU» (¿os suena de algo?) y en letras más pequeñas «TO STOP THE CRIME». No es que no esté paranoico, es que se me acumularon demasiadas señales de golpe.

El día continuó como si tal cosa hasta que, tras el almuerzo, la alarma de incendios empezó a sonar y nuestra amable secretaria nos instó por el interfono de la oficina (¿había un interfono?) a que evacuáramos ordenadamente el edificio. Calmada y parsimoniosamente, los funcionarios del Home Office y de SDL bajaron las escaleras de incendios, con «caras inexpresivas, como vacas hindúes» (¿os suena de algo?). Por si os lo preguntáis, el simulacro se llevó a cabo satisfactoriamente. Y no, no murió nadie.

Y a pesar de todo ello, uno hace de tripas corazón e intenta volver al trabajo para terminar la traducción de turno, intenta alienarse, enajenarse de todo aquel entorno aborregado, se pone los auriculares, pulsa Play, empieza a escuchar la base rítmica, luego la guitarra, luego ambas a la vez y, finalmente, la voz tamizada de Casey Spooner. Todo parece evaporarse mágicamente hasta que, de repente, noto una presencia a mi lado. Es mi jefa, que alarga la mano para alcanzarme amablemente lo que a primera vista parece un simple lazo. Pulso Pause y le dedico por un momento toda mi atención al lazo. Atado a él hay una tarjeta. En ella figura el nombre de la empresa, mi nombre, un número y una fotografía de mi cara. Y en ese preciso instante sé que tengo que salir de aquí. Stop.


Escuchando We Need A War, de Fischerspooner.

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