Tierra 616

martes, noviembre 08, 2005

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Piba.

De repente, esa palabra estaba en boca de toda la camada. Y con ella, toda su numerosa familia léxica. De un día para otro, el fútbol, que hasta entonces había sido el centro alrededor de cual giraba la vida de la chavalería pepinera* abandonó el número uno en el ranking de temas de conversación más recurrentes de la camada para dar paso a otro mucho más interesante (al fin y al cabo, las cosas que uno puede hacer con un balón tienen un límite).

Tetas y coños.

En todas sus formas y acepciones: ubres, melones, mendrolas, berzas, chuminos, conejos, rajas, chochos, y un largo etcétera. Todo lo que salía de las bocas de la camada tenía que ver de alguna u otra manera con tetas (verlas, tocarlas, chuparlas) y coños (verlos, tocarlos, chuparlos), aunque estos últimos más bien en las pelis porno del plus.

Y «Yo», claro, también importó toda esa familia de palabras. Aunque ni tuviera «piba» ni quisiera tenerla. Aunque para él la palabra «piba» estuviera totalmente vacía de significado. Llegados a este punto, algo en el fondo de «Yo» sabía que, por mucho que se esforzara por seguir el ritmo de la camada y se interesase por aquel nuevo y fascinante tema de conversación, lo que él en realidad se moría de ganas de ver, tocar y chupar no eran precisamente tetas y coños. He ahí un dilema.

Así pues, mientras los gusanos empezaban a cebarse con el lindo y putrefacto rostro de Kurt Kobain, la vida empezaba a florecer entre la camada. Poco a poco, su fuerza hormonal se hacía manifiesta en erupciones faciales, sombreados supralabiales y sudoraciones de todo tipo. La Naturaleza se iba abriendo paso entre la camada.

No es extraño, pues, que un día, D. mencionara a M.

M.


M. era la líder de las animadoras del instituto –bueno, en realidad en FP no había animadoras–. M. fumaba porros, llevaba mogollón de pendientes y metía de hostias a las niñatas del insti. En definitiva, M. molaba. D. también molaba, así que era natural que los dos se molaran entre sí.

Así pues, como la Naturaleza, M. se fue abriendo paso en la camada.

D. y la camada («Yo» incluido) seguían pasando la tarde dándole patadas a los botes y hablando de tetas y coños como si tal cosa, pero algo había cambiado. Ahora había un motivo para darles patadas a los botes precisamente ahí y no en cualquier otro lugar.

Estábamos allí por un motivo.

Y el motivo era, sencillamente, que si uno se giraba, M. estaba ahí. Cada tarde de invierno, ella y sus amigas estaban ahí. Fumando porros y observando desde la distancia. M. siempre estaba ahí.

Y M. también estaba ahí por un motivo.

Su presencia se había vuelto inevitable. Casi se podía oler. Y no me refiero a los porros. Al fin y al cabo era la presencia de la Naturaleza. Y dicen que contra la Naturaleza no se puede luchar.

Así que, intuyendo las poderosas fuerzas que se empezaban a conjurar a su alrededor, «Yo» se decidió a hacer algo.

Escuchando Diferentes, de Ellos.

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