Tierra 616

miércoles, noviembre 09, 2005

3


Las tardes de invierno tienen algo especial. La noche lo envuelve todo demasiado pronto. Durante esas horas se vive en la oscuridad. La luz de las farolas lo tiñe todo de un naranja sucio y ensombrecido. Todo está cubierto por un halo artificial que no deja ver el verdadero color de las cosas. Las horas se enmascaran bajo esa luz y transcurren una tras otra, sin ninguna diferencia. Es como si el tiempo no pasara. Es un tiempo que no existe, es un tiempo que ha de ser reclamado. Hay que esforzarse por continuar con un día que se nos ha arrebatado demasiado pronto. Esa tarde de invierno «Yo» sabía que había otra cosa que estaban a punto de arrebatarle. Y también era demasiado pronto.

Así que «Yo» hizo algo.

Yo: Hola.

Nadie le obligaba a ello. Es más, nadie esperaba que él tomara parte en ello. En realidad, «Yo» ni siquiera pertenecía a aquello que iba a ocurrir. Que tenía que ocurrir.

Ella: ...

Entonces, ¿por qué lo hizo? ¿Por qué, por primera vez, «Yo» tomó la iniciativa? ¿Por qué, si nunca lo había hecho, si siempre había esperado a que todo le ocurriera, a que todo le viniera dado? ¿Por qué esta vez quiso adelantarse a los acontecimientos?

Yo: Oye, creo que mi amigo tiene que decirte una cosa.

No tenía sentido. Cualquier otro gesto hubiera tenido más sentido que aquél. Era un gesto torpe e innecesario, un paripé del que él, precisamente él, no tenía que participar.

Ella: Ah, ¿sí? ¿Qué amigo?

Era un juego al que tampoco podría ganar, cuyas reglas desconocía. Simplemente, era un juego para el que no había nacido.

Yo (volviéndose): ...

Entonces, ¿por qué lo hizo? ¿Cuál fue el motivo que le llevó a estar bajo las luces anaranjadas de esa noche de invierno?

Ella: Bueno, ¿y por qué no viene tu amigo a decírmela?

(Al rato.)


D. (acercándose): Hola.

M.: Hola.

Yo (alejándose): ...


¿Por qué empujó a D. a los brazos de M.?



Yo (alejándose): ...


Escuchando Tú primero, de Ellos.

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