Tierra 616

jueves, noviembre 10, 2005

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Porque para él también había dos alternativas: o ser capaz o ser indiferente. Si «Yo» no era capaz de tener a D., si JAMÁS iba a ser capaz de atraer su atención, no le quedaba más remedio que demostrar una indiferencia ABSOLUTA, y qué mejor forma de demostrarla que lanzando a D. a los brazos de M.

Así que, como ya había hecho en muchas otras ocasiones, y como volvería a hacer en otras tantas, «Yo» se abstuvo. Antes de que diera comienzo el juego, «Yo» abandonó. Ante la perspectiva de perder lo que ni siquiera tenía, prefirió adelantarse a cederlo. Porque sabía que nunca podría tener lo que quería, porque ni siquiera se atrevía a decirse lo que quería, porque bajar al parque cada tarde con D. y esperar a que M. apareciera era la única forma posible de tener lo que quería, es decir, de no tener lo que quería, sino de recoger sus migajas, de robar momentos: un beso, una sonrisa, una mirada o una conversación intrascendente (ninguna dirigida a él) y porque sabía que esa felicidad que se vislumbraba en los ojos verdes de D. era la única que «Yo» llegaría a conocer. Aunque no fuera la suya.

Pues sí, «Yo» abandonó. Y lo hizo antes siquiera de que hubiera pasado. Antes de que su vida hubiera comenzado. Antes de dar el pistoletazo de salida, él ya había abandonado sus posiciones y se alejaba por la puerta trasera. Pero la vida tenía que seguir, aunque fuera sin él. Aunque se encontrara la puerta trasera cerrada, aunque ni siquiera se atreviera a abrir definitivamente esa puerta trasera de la vida. Así que «Yo» se tuvo que contentar con asistir a la vida desde las gradas, entre la muchedumbre, contemplando lo que ocurría en el campo.

Se convirtió en un espectador de sí mismo. Se veía escuchando las historias de D., se veía inventando respuestas, se veía mirándole de reojo mientras le pasaba el porro, se veía despidiéndose de él, se veía volviendo a casa en mitad de la noche medio colocado, recordando esas migajas, esos momentos robados.

Fue entonces cuando «Yo» aprendió que lo peor de ser un espectador es que desde la grada nadie puede oír lo que dices. No importa lo mucho que grites. Tu ídolo no te oye. Tus gritos siempre quedan ahogados entre la muchedumbre. A veces el ruido es tan ensordecedor ni tú mismo llegas a oír tus propios gritos. Es como si no dijeras nada.



Escuchando Hermético, de Ellos.

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