Tierra 616

martes, noviembre 01, 2005

La belleza es una puta

prefiero el dinero, le decían a Clarissa, y ella erre que erre con la belleza y el optimismo. Más tonta la pobre. Se lo creyó a pies juntillas, como aquél que decía que la belleza era «la verdad», y algunos otros la postulaban como «el camino del hombre sensible hacia el espíritu».

Aquí, en la ciudad en la que ya llevo camino de un año, hay poco margen para la belleza que uno, adiestrado en el platonismo, tendía a buscar por los rincones, como una Clarissa cualquiera en un mercadillo indio. Y claro, el sentido estético acaba atrofiándose hasta tal punto que uno deja de buscar la belleza. Y empieza a respirar.

Y es que eso de buscar lo que uno no tiene es agotador, como querer estirar el brazo para tocar un poquito de esa belleza con la punta de los dedos, a cada momento, ahora mismo, por ejemplo, en el sonido de las teclas de los ordenadores a mi alrededor, en el bufido de risa falsa de mi compañera de mesa, en la luz del fluorescente blanco sobre mi cabeza, en la alfombra azul bajo mis pies, es decir, en un presente que no me entusiasma.

Supongo que todo viene de lo mismo, de cómo nos enfrentamos al día a día, o más bien al segundo a segundo. Me refiero a la tristeza de estos momentos perdidos: esperando el autobús, escuchando música en el metro, recorriendo el camino de todos los días (¿cuántos durante el día?). ¿Qué hacemos con ella? Pues muchos lo que hacíamos era sacar una nube de su cabeza, como en un cómic, y llenarla de bonitos dibujos, de recuerdos, de ideas, de palabras o, peor aún, de planes. La cantidad de veces que habré hecho yo esos trayectos, madre.

Pero ya lo he dejado por imposible. Y respiro mejor.


Además, los feos somos más.

Escuchando Never Win, de Fischerspooner