Tierra 616

miércoles, noviembre 23, 2005

La máscara


«Al principio sólo hay equilibrio. Nada más que eso. Es decir, no se puede ver nada más que eso. Es un equilibrio que se pega, que se amolda, que lo cubre todo. No es negro, pero tampoco en él existen los colores. No hay que moverse, porque si no, ya no hay equilibrio y se echa todo a perder. Primero está blando y luego se amolda. Pero sobre todo, no hay que moverse, a pesar de que lo cubre todo y de que uno casi no puede ni moverse: se puede respirar, eso sí, aunque no demasiado fuerte. En seguida se acaba de amoldar, sólo hay que apretar un poco al principio.

La pasta aún está fresca, pero el calor del cuerpo tenso bajo ella la templa y la deforma. Está ahí, sobre el rostro, pero tan cerca, que no se deja ver. A veces pica, sobre todo al principio, cuando se está fijando, cuando se está endureciendo, pero no hay que tocarla, sobre todo al principio, porque podría deformarse, porque ya no habría equilibrio.


Yazgo solamente. Poco a poco la respiración se hace más lenta, pero hay que concentrarse para no moverse, para no pensar en nada. Hay que pensar eso: no pensar en nada. Uno podría pensar, e incluso hablar, pero no iría a ninguna parte, porque se está solo, porque los demás no están, aunque tienen que estar ahí, al otro lado, a la vista de todos menos del que espera, del que está a la espera, respirando lentamente, sin pensar en nada.

O quizá sí, pero callado, tratando de escuchar el rumor de las voces, que se arrojan desde lejos como lanzas invisibles, desde tan lejos del banco en el que yazgo solamente. Gritan, corren, se queman bajo el sol de la tarde de julio, levantan nubes de polvo. La tierra huele a ese polvo, a esa espera, pero sobre todo al calor.

Y el calor lo aplasta todo, hasta el rostro es aplastado, aunque sigue siendo el mismo, no hay fisuras en él, ninguna marca de guerra, las cicatrices no existen porque no se ha hecho daño alguno. Solamente existe un rostro inmaculado, pero nadie puede verlo porque no hay nadie alrededor, y aunque hubiera alguien, ya no podría verlo, porque el rostro es lo que yace debajo, es lo que no se deja ver.


Pero si no se deja ver, ¿qué es lo que no se ve?¿Qué es lo que yace debajo? ¿Qué es lo que yace debajo de la máscara, es decir, de mi piel, de mis párpados, de mis propios ojos? ¿Qué es lo que flota frente a mí, bajo la máscara, aquello que nadie ve, ni siquiera yo mismo, aunque está ahí, aunque ese ahí sea yo mismo? ¿Es que no existe porque nadie lo ve, o es que nadie lo ve porque no existe? Si tuviera que describir ese algo que no existe, aunque nunca nadie me pedirá que lo describa, simplemente porque no habrá nada que describir, porque ni siquiera se podría nombrar lo que no existe, pero si tuviera que hacerlo de todos modos, supongo que trataría de dibujarlo, trazaría rayas caprichosas pero precisas y esperaría a que alguien me dijera qué es eso que no existe, ese oscuro estremecimiento que reúne a la vida en torno a mí.

Pero en torno a mí no hay nadie y nadie me lo dice; se han olvidado de mí, siguen jugando a lo lejos como si tal cosa. Ya todos tienen su máscara y yo me he quedado el último. No hay nadie que me espere, pero yo sigo a la espera. ¿Acaso me espero a mí mismo? Ya apenas la siento, la tarde y el silencio han secado casi completamente las formas de una pasta que una vez fue rugosa, pero que ahora sólo es áspera, aunque las asperezas deberán ser limadas más tarde; más tarde se abrirán los ojos y se recortaran debidamente los bordes; se pintarán divertidos dibujos llenos de colores vivos. Yo aún no he pensado el mío, pero sé que será completamente diferente al de los demás.


Hay que quitársela poco a poco para no romperla, sería una pena después de haber esperado tanto tiempo. Con cuidado, la dejo en la mesa, junto al resto. Todavía están todas en blanco, así que tengo que escribir mi nombre en el reverso, porque si no, podría confundirla fácilmente con las demás. Más tarde las pintaremos todos juntos, antes de la noche, antes del baile de despedida, antes de que la mañana nos vea partir, antes de volver a casa con nuestras nuevas máscaras.»

Etiquetas: