Tierra 616

miércoles, noviembre 16, 2005

Me traspasa

Recuerdo que esta frase de Luces de bohemia era la pregunta tres de mi último examen de Literatura del instituto. Y también recuerdo esas clases de después del recreo en las que Esteban, el profesor de Literatura, nos obligó hacer una lectura de la obra en voz alta. Normalmente, se solían asignar los personajes de forma aleatoria, pero en el caso de este libro Esteban insistió en que fueran Bermejo y su compañero de pupitre, quienes interpretan los papeles principales: Bermejo era Max Estrella y yo era Don Latino (¿¿??). El caso es que un día, a Bermejo –por aquel entonces, guitarrista y cantante ocasional de un grupo sosias de los Stone Roses y los Inspiral Carpets, casi nada– se le ocurrió darle una vuelta de tuerca al esperpento vallienclanesco e interpretar a Max Estrella después de haberse fumado un canuto en el recreo. Y yo, claro, no supe decirle que no. No es que fuera la primera vez que se veían los estragos de las drogas blandas en la clase de letras puras de tercero de BUP, pero el vernos a los dos declamando nuestras frases (que de por sí se las traen) fumadísimos y sin parar de reírnos tenía su aquél. Y no os creáis, que luego bordé la pregunta tres.

Todo esto me vino a la cabeza, no sé por qué, pensando en una traducción para el verbo inglés «see through», que el otro día volví a oír referido a mí.

¿Se puede de verdad «ver a través de alguien»? Supongo que literalmente no. ¿Y de qué otra manera, entonces? Es decir, ¿pueden los demás llegar a ver en algún momento cómo somos? Durante una conversación, en la entonación de una frase, en un gesto de complicidad, en algunos ademanes, incluso en ciertas frases que decimos y que creemos ciertas, ¿de verdad somos eso que finalmente se deja ver a través de todas esas cosas?, ¿somos la suma de todas esas cosas que ven los demás? O incluso, ¿somos también aquello que creemos que no dejamos ver?, ¿somos lo que los demás ven en nosotros pero que nosotros ignoramos?

En una de sus novelas, Kundera llegaba a la conclusión de que las personas se definen mediante dos técnicas muy sencillas: la de la suma y la de la resta. Las que se valen de la primera técnica para definirse como personas van acumulando atributos para crear su personalidad (puede ser desde un equipo de fútbol a una profesión, da igual); dicen «me gusta esto» y «detesto aquello», y a partir de unos determinados gustos, de un corte de pelo, o de la ropa que llevan los demás los conocen. El peligro de la técnica de la suma es que muchas veces la personalidad acaba sepultada por los atributos que se le han añadido. Las que se sirven de la segunda técnica, la de la resta, optan por el camino contrario y prescinden de todos los atributos externos que pueden acabar mezclándose con su personalidad y diluyéndola en algo que no son ellos. El peligro de la resta según Kundera es que ésta tiende a acabar irremediablemente en cero.

En su momento, debo decir que esta evidente muestra de reduccionismo made in Kundera me llegó a dar qué pensar, pero a estas alturas, cuando ya debería haber llegado a cero (sí, yo era de los de la resta), me doy cuenta de que tanto una técnica como otra son una y la misma cosa. No somos los adornos que nos hemos elegido, pero tampoco somos un tronco vacío. Es decir, no somos lo que los demás ven, pero tampoco somos exclusivamente lo que no ven.

Todos, consciente o inconscientemente, vamos dejando miguitas de pan para que los demás hallen el serpenteante camino que se enreda entre las espesuras de nuestro bosque con la esperanza de que encuentren la casita de chocolate. A todos nos produce un placer secreto reconocernos en lo que los demás se esfuerzan en ver de nosotros. Incluso en los reproches sobre nuestros defectos encontramos un motivo de halago por el mero hecho de que esa otra persona se haya fijado en ellos. Siempre que sean ciertos.

Y todo esto venía a cuento porque la semana pasada una persona «vio a través de mí» con una sola frase y otra, como le ocurría a Max Estrella, «me traspasó».

La primera me hizo reír y a la segunda me temo que ya nunca más podré hacerla reír.

Escuchando Yeah! de Zwan.