Tierra 616

viernes, noviembre 11, 2005

Y 5

Y un día, D. apareció con el pelo rapado, y de su larga cabellera sólo quedaba un mechón negro a un lado. Ahora vestía camisetas de Los Planetas, pantalones ajustados y zapatillas converse. Y claro, estaba más guapo que nunca. Por supuesto, el resto de la camada no tardó en imitarle: se copiaron cintas y cintas llenas de loops de J, se raparon el pelo y se buscaron «piba». Todos menos «Yo», claro.

Para entonces, «Yo» ya estaba en el instituto y el marasmo de aquel nuevo universo le iba poco a poco absorbiendo, no por su interés intrínseco, sino por la necesidad de salir del círculo vicioso en el que estaba metido hasta el cuello. Así que para cuando la mayoría de los adolescentes de su generación estaban metiendo el dedo gordo del pie en la bañera de alcohol, drogas y encoñamientos propios de las high schools de la periferia, «Yo» se ahogaba amargamente en ella. Porque, a pesar de esa necesidad de respirar efluvios más acordes con su edad fisiológica, aún se resistía a abandonar los fumaderos de Leganés, las medias luces y los hits «alternativos» (entonces todavía se usaba esa palabra), es decir, aún se resistía a abandonar a D., aunque en realidad ya no fuera D., sino un espejismo difuminado entre sombras y espesas caladas que se abrazaba a M., aunque «Yo» se empezara a marear con tanto porro y tanta modernidad. D. se había convertido en una droga.

Era exactamente eso, algo de lo que «Yo» dependía. Una presencia que cada mañana le decía qué ropa se iba a poner, cómo se iba a comportar y de de qué iba a hablar. A cada paso que daba, D. estaba ahí, flotando sobre su cabeza. «Yo» ya no podía conjurar aquella imagen chulesca pero ingenua que se atusaba el flequillo mientras jugaba al fútbol, ahora cada pensamiento asociado a D. se torcía inevitablemente hacia esa sonrisa de cabeza rapada que flotaba sobre su cabeza y le irritaba por mera diversión, como un maldito gato de Cheshire.

Pero cuando uno está enganchado, no sirven de nada las explicaciones teóricas sobre el enganche. La catarsis tiene que venir por sí misma. Y en el caso de «Yo», finalmente, se produjo esa catarsis.

Y fue tan sencillo como ir una tarde de domingo al garito de siempre y pedir la jarra de cerveza de siempre y ponerse a fumar los porros de siempre y volver a oír la canción de siempre y escuchar los mismos temas de conversación de siempre y mirar las caras de siempre, que en realidad eran la permutación de una sola (la de D.) y no ver en ellas ninguna señal del mismo hastío que le consumía en aquel momento, sentirse excluido de un mundo en miniatura en el que nada le retenía (podría haber desaparecido en el aquel preciso instante y nadie se hubiera percatado) y al que desde hacía algún tiempo empezaba a ver las costuras. Así que, por última vez, «Yo» inspiró profundamente aquellos vapores que ya no le arañaban dulcemente el estómago como antes, miró detenidamente aquellas caras (aquella cara) que tan cercanas a él le habían parecido en algún momento y dijo adiós. Y entonces, al salir del garito, extrañamente aún de día a pesar de las medias luces del local, mientras aún se podían oír los interminables loops de J en la distancia, «Yo» expiró. Soltó todo aquel aire cargado y enrarecido que había acumulado en su pecho desde hacía tanto tiempo y por primera vez en mucho tiempo, se empezó a reír a carcajadas. Mientras volvía a casa se rió de todo lo que acababa de dejar atrás, se rió de J, se rió de D., se rió de M. y sobre todo se rió de sí mismo.

Y todavía hoy se sigue riendo.

Escuchando Ni hablar, de Ellos.

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