Tierra 616

miércoles, diciembre 28, 2005

Galería de villanas: 1 de 5

Siempre he sentido debilidad por ellas. Y es que además las hay a patadas. Como vivimos en un mundo hecho a medida del macho, resulta la mar de sencillo convertir a la hembra (lo desconocido, lo ansiado y temido, la otredad) en la fuente de todos los males sobre la Tierra. Vamos, que aunque ya no las queman en las hogueras, en algunos lugares todavía las lapidan por aquello de mantener la pureza y la castidad.

El cine, como tantas otras manifestaciones de la cultura falocéntrica, también nos ha brindado una bonita sucesión de arquetipos femeninos que le ponen a uno los pelos como escarpias de lo malas malísimas que son. Y no me refiero a creaciones de guionistas misóginos como Cruella De Ville, Ángela Chaning o la Señora Cuesta. No, no me refiero a esa pandilla de aficionadas, estoy hablando de seres humanos depravados, mutilados, sin nada que perder y cuya única obsesión es devolver al mundo todo el daño que les han hecho multiplicado por mil. Como sea y contra quien sea.

Como he dicho, la lista es interminable, pero de momento la reduciré a cinco, que viene a ser un número tan bueno como otro cualquiera, y que además es lo que acostumbra a hacer sugips. Como creo que cada una de ellas merece una entrada para ella sola, dedicaré esta primera a una de las víboras más logradas del cine clásico, perfilada de manera magistral por nuestro gordo cabrón preferido que, además de muñecas Barbie, también se dedicaba a coleccionar arpías de la talla de Mamá Bates, la matriarca nazi de Encadenados y por supuesto...


5) La señora Danvers

«Anoche soñé que volvía a Manderlay.»


Actriz: Judith Anderson
Película: Rebecca (1940), dirigida por Alfred Hitchcock


Basada en una novela de la británica Daphne Du Maurier (a quien Hitchcock recurrió para, entre otras, Los pájaros), la peli no es excesivamente intrigante ni aterradora, ni siquiera el suspense es insostenible, como en las más famosas de Hitchcock, pero es una de las que más envuelve al espectador.

Si es que da miedo hasta el nombre.


Y le envuelve desde el principio, como una buena historia de fantasmas, como un relato de Lovecraft, con tanta sutileza que uno no se da ni cuenta de ello. Muy lentamente, el espectador se ve arrastrando entre brumas, paisajes, encajes de seda y cortinones de tafetán, tan levemente que parece que vayamos levitando de escena a escena, de habitación en habitación de ese lugar maldito que es Manderlay. Hay pocas películas en blanco y negro que destilen color. En esta peli ese color es el rojo, un rojo inexistente pero indudablemente presente, como la protagonista.

La trama da la impresión de una previsibilidad casi incómoda desde el principio, enmarcada por el cliché de la Cenicienta que encuentra a su príncipe, una Cenicienta insulsa, inocentona, una de esas mujeres patéticas que atraen sobre sí todas las desgracias, con las que el espectador nunca llega a identificarse, sino que más bien incita a la condescendencia. Y es que durante toda la película uno no deja de menear cabeza con desaprobación ante los actos de este personaje. Para empezar, lo de casarse a tontas y a locas con el primero que pasa, por muy Lawrence Olivier que sea, pues mira, como que no. Que no es de extrañar que la tonta esta, porque otro nombre no tiene, no despierte muchas simpatías.

Ciuidao no te lo vayan quitar.

Las malas lenguas decían que Olivier quería que este papel se lo dieran a su por entonces novia, Vivien Leigh y, al no conseguirlo, durante el rodaje se dedicó a hacerle la vida imposible a la actriz elegida, Joan Fontaine. Hitchcock, cuando se enteró de este tejemaneje, ni corto ni perezoso, fue y le dijo a la Fontaine que resultaba que no era sólo Olivier quien no la soportaba, sino que en el equipo de rodaje TODOS la odiaban. Vamos, casualmente como a su personaje en la peli. Si es que cuando digo que era un gordo cabrón, es por algo.

En fin, a lo que vamos, que entre todos los odios que desata la nueva esposa en la película la palma se la lleva sin lugar a dudas nuestra protagonista: la Señora Danvers.

Con ese peinado, buena no puede ser.

El ama de llaves, personaje de natural malo remalo en el cine, cobra aquí cualidades cuasidemoníacas. Se desliza por pasillos y habitaciones tan sigilosa como una sombra, siempre detrás de la esposa cazafortunas, esa guarra, que seguro que no anda haciendo nada bueno. Es como un súcubo de la casa, o más bien, de la antigua señora de la casa, aunque una y otra dan la impresión de ser la misma cosa, es como si el espíritu de Rebecca de Winter se hubiera adueñado de Manderlay y hablara por boca de su antigua sirvienta. Porque el ama de llaves idolatraba a su señora, la servía como una esclava complaciente, besaba el suelo que pisaba. Rebecca, en todos los sentidos, era su Ama. Y cuando digo en todos los sentidos, me refiero a todos los sentidos que se le pasaban por la imaginación a la Señora Danvers mientras la peinaba en el tocador noche tras noche, mientras la ayudaba a vestirse y desvestirse, mientras la preparaba un delicioso baño de burbujas, mientras acariciaba sus abrigos de visón...

La dominación, ésa y no otra había sido la única ley que había conocido la pobre Señora Danvers. Nacida sirvienta, criada entre trapos y enaguas, y aislada del mundo exterior, estaba acostumbrada a vivir en un entorno represivo, casi monacal, a la rutina de las tareas domésticas, a la obediencia y contrición constantes, por lo que no fue extraño que la llegada de la hermosa e inteligente Rebecca la deslumbrara. Rebecca era una real hembra, y ella, una simple criada, no podía menos que arrodillarse a su paso y admirar su belleza. Lo cierto es que tampoco podía hacer nada más, porque lo de la tijera por aquella época no se estilaba demasiado. Se llevaba más morderse los puños del vestido y llorar de frustración por los rincones. Y es que, como dice el otro, los polvos que no se echan son los más románticos, pero también los que con más frecuencia nos visitan por las noches. Por eso el desmesurado amor que sentía por su Señora en vida se convirtió inevitablemente en una exacerbada idolatría tras su muerte. Entonces fue ella la que se ocupó de guardar todos sus enseres incólumes, incluida su memoria. Porque no hay nada más sagrado que la memoria del ser que nos ha dominado. Y en esas estaba cuando, de la nada, apareció La Otra.

Una de las cosas que tiene la dominación es que no suele aceptar sustitutos. Y menos tan indeseables como la tonta esta, porque mira que es tonta la pobre. ¿Cómo se atreve a curiosear en las cosas de la Señora, si no la llega ni a la altura de los zapatos?

Así pues, la Señora Danvers (ayudada por un primo «carnal» de Rebecca, George Sanders) hace todo lo posible por desterrar de su santuario personal a la advenediza (de la que ni siquiera se llega a saber el nombre, sino que se la llama en todo momento la «Señora de Winter»). Y para ello se vale de todo tipo de tretas que, por poco elaboradas, sirven más que de sobra para engañar a la tonta y acabar enfrentándola con el Señor, además de humillarla un poco más en el proceso. A todo esto asiste el espectador un tanto incómodo, puesto que para entonces ha transformado su condescendencia hacia la nueva esposa por una compasión cada vez menos desapegada, por aquello de ponerse del lado del más débil, que además de ser un poco tonta la pobre, parece ser la única de la historia que no tiene culpa de nada... vamos, que Hitchcock, apelando al sentido de superioridad que ha ido creando en el espectador con respecto al personaje, le ha llevado, sin que se diera cuenta, a ponerse de parte de ella. Y más cuantos más detalles escabrosos vamos conociendo de su rival, la defenestrada Rebecca.

Y es precisamente ese proceso de desenmascaramiento de Rebecca el que acabará con nuestra protagonista. Ella, en su empeño de aferrarse a lo único que le queda de su Señora, la veneración a su memoria, toma parte en su propia caída hacia el abismo. Porque la Señora Danvers, como buena homosexuala reprimida que era, se había dedicado durante toda su vida a ver pero no tocar, a suspirar por la indiferencia, a imaginar lo inexistente, a embellecer las miserias, a crear mitos en lugar de realidades. Y su amor por la Señora había sido, desde el principio, su mito más sagrado. La había convertido en su razón para vivir, incluso una vez muerta ella, porque en realidad poco importaba, porque la Señora Danvers estaba enamorada del mito de Rebecca, más que de la propia Rebecca.

Así pues, cuando ese mito se derrumba hasta quedar hecho trizas, cuando, al final de la película, Rebecca se erige ante nosotros tal y como era, con una risotada cruel y escalofriante, cuando la Señora Danvers se entera de la terrible verdad y se enfrenta de una vez por todas a la realidad, todo su mundo se desmorona sobre ella. Y como todo su mundo era Manderlay, deja que éste se desmorone entre las llamas sobre ella.

Si de este Manderlay la que escapa de las llamas es la segunda Señora de Winter, de la versión más reciente creada por Von Trier, es la segunda Grace la que abandona Manderlay. De nuevo, aunque a la manera danesa, se trata de una historia de sumisiones y dominaciones, brillante y certera, aunque sin el encanto del original y sin una villana como la pobre Señora Danvers, que en paz descanse (y hasta aquí puedo leer que ésta última aún no se ha estrenado en España).

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