Tierra 616

domingo, diciembre 18, 2005

Un glorioso destino


Durante tan sólo unos segundos, Kitty Pryde soltó la mano de Illyana Rasputín. Fue tan sólo un instante, pero cuando Ariel volvió a agarrar a aquella niña de seis años para traerla de vuelta, la mano que asió ya no pertenecía a la misma persona. Lo que en la Tierra no habían sido más de un par de escasos segundos, al otro lado del disco dimensional, en el Limbo de Belasco, se habían tornado siete largos años. La mitad de la vida de Illyana había transcurrido durante ese inaprensible lapso de tiempo, su paso de la niñez a la adolescencia, siempre un arduo y sombrío período de aprendizaje, en su caso había corrompido su alma hasta hacer del sadismo y la tortura su segunda naturaleza, hasta ser incapaz de concebir otra forma de vivir, es decir, de sobrevivir. Cuando volvió a los brazos de su hermano mayor, lo hizo convertida en una jovencita de trece años con un antiguo medallón bajo el brazo, un medallón y una profecía.


Puede que muchos no conozcan esta historia, ni lo que ocurrió después, pero es la única que me puede ayudar a explicar lo que siento ahora mismo. Aún conservo la edición original de aquel número 17 de La Patrulla X (por 125 pesetas de la época) en el Claremont dio comienzo a una de sus mejores tramas, que se alargaría durante años y años hasta finalizar en la enorme pira funeraria de ultrajes y demonios que fue Inferno.


Me he acordado de la historia de Illyana no sólo porque ahora me sienta como recién salido de una temporada en el Limbo, sino por la impresión que ya ciertas personas me han hecho notar sobre mi manera de ser reservada, inextricable, casi hermética, como una sirena que sólo asoma una parte de sí misma a la superficie, temeroso de algo indefinible. Exactamente como se sentía Illyana tras volver del Limbo.


El mayor temor de la Niña Oscura era su propio destino. Sabía que su naturaleza demoníaca la llevaría a desarrollar totalmente sus conocimientos sobre las artes arcanas, y sabía también que cuando eso pasara, la última gema de sangre se engarzaría en el medallón que le regaló Belasco y ella «alcanzaría el más glorioso de los destinos», un destino tan tentador como terrible. Me he acordado de la historia de Illyana, también, porque hace tiempo que le vengo dando vueltas a mi propio destino y al grado de inevitabilidad que siempre le ha rodeado, hasta tal punto que, incluso en medio de la incertidumbre, siempre he tenido frente a mí, al alcance de la mano, un medallón entreabierto con ciertos huecos por rellenar.


Estoy seguro de que tarde o temprano, de una u otra manera, las gemas de sangre se irán engarzando en mi medallón y deberé enfrentarme a mi destino, pero ahora mismo prefiero cerrarlo y olvidarme de él, o al menos intentarlo. Espero que el presente me ayude a olvidarme del futuro hasta que éste se convierta en aquél, y ya sea demasiado tarde para pensar en él.


Por el momento, me guardaré el futuro y el medallón en el bolsillo.

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