Tierra 616

lunes, enero 30, 2006

Dormirse de pie


Un segundo, un amargo y maravilloso segundo. Lo que dura un sueño al despertar. Eso es lo que duraría esta película si la vida fuera justa. Si la vida fuera justa, la película no sería más que un mal sueño de Jack, uno de esos augurios que uno no quiere ver cumplidos, una posibilidad que jamás debería realizarse. Si la vida fuera justa, y no ésta que tenemos, este fotograma sería el comienzo de la felicidad verdadera, y no el final de una película triste.

Escuchando Simple Together, de Alanis Morissette.

La voz de la experiencia

Recuerdo que cuando tenía trece años me escapé al Madrid Rock a comprarme el Music Box de Mariah Carey en cinta. Ahora el Madrid Rock ya no existe, las cintas pasaron a mejor vida y en la mujer de la foto queda ya muy poco de esa antigua Mariah Carey –más bien va camino de convertirse en la Barry White de los agudos, elefantiasis incluida–.
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Eso te demuestra que la experiencia no existe. Ningún conocimiento te prepara para lo que te va a pasar porque todo lo que uno conoce acaba desapareciendo. Hasta nosotros mismos desaparecemos. Porque, por mucho que uno se empeñe, la continuidad, es decir, el sentido que percibimos en el paso del tiempo, es pura falacia. Ese sentido con el que queremos dotar de coherencia a nuestras vidas es un mero añadido. Y como me ha demostrado la Maraya, no es en absoluto necesario. Cuando una tiene tetas, por muy peleadas que estén, se puede vivir sin sentido.

Y quien dice tetas, dice unos tacones interminables, un corte de pelo o, en mi caso, unas zapatillas. Lo de las zapas, como le pasa a Maraya con las tetas, y sospecho que como le pasa a todo el mundo, me viene de antiguas carencias. Resulta que durante gran parte de mi infancia me forzaron a vestir zapatos ortopédicos que, a cada paso que daba, me deformaban la planta del pie para adecuarla a los estándares humanos. Ésos fueron mis braces. Las zapas me las tenía que poner de tapadillo, cuando no me vigilaban, como un ladrón en mis propios pies (de nuevo, la sobreprotección paterna creando traumas). Recuerdo, además, que inconscientemente buscaba zapas grandes, con la planta totalmente plana, para que mis pies fueran libres. Aún tengo podoclaustrofobia, no puedo tener los dedos de los pies aglutinados como salchichitas, me pongo blanco y me sudan las manos.

El caso es que, finalmente, llegó un momento en que la estética –y la cordura– se impuso y el niño nerd con zapatos ortopédicos, gafas ortopédicas y unos kilos de más desapareció como si nunca hubiera existido. Y no fue el único que desapareció. Por el camino se quedaron muchos otros niños con zapatos ortopédicos, niñas gordas y gafotas empollones. Las aulas de mi instituto están llenas de esos niños y niñas. Son como fantasmas que vagan por esas aulas que nunca les dejaron abandonar. Mi niño nerd debe de andar también por ahí, el pobre.

Y yo, tras muchos intentos fallidos, el otro día me compré las zapas perfectas.

Son enormes y su puntera es perfecta para mis dedos juguetones. Además, me recuerdan a unas Victoria que tuve de cani. Con ellas, por fin, puedo andar sobre terreno firme, como la Maraya con sus tetas.

viernes, enero 27, 2006

Foto: Sirena


Durante mi estancia en Barcelona me puse a mirar revistas de street art y, fíjate por dónde, me encontré en portada con unos grafittis que veía a diario en Sheffield. El tipo, leí en la revista, es de el mismo Sheffield y se llama Kid Acne. Este mural en concreto -situado entre el Waitrose y London Road- lo fotografié en su momento porque por aquella época alguien me dijo que yo andaba por la vida como si fuera una sirena, enseñando una mitad y escondiendo la otra. Ya ves tú.
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Escuchando Waiting for the Sirens' Call, de New Order

miércoles, enero 25, 2006

Nuestros sueños

El domingo pasado volví a soñar con Bob. Lo único que recuerdo es que él lucía su eterna sonrisa, que nos encontrábamos en un barrio residencial, con chalés por todas partes, y que yo estaba cagao de miedo.


Como cuando desperté Olalla ya se había ido, no tuve oportunidad de contarle mi sueño. Pasé la mañana dando vueltas por Barcelona, tomando el sol y dejando que el viento invernal jugara con la bonita bufanda azul que me regalaron los chicos de Sheffield cuando me fui.

Cuando paseo solo me resulta inevitable prestar atención a lo que sé que, cuando estoy rodeado de gente, se me escapa de manera irremediable. Es como tratar de recuperar esos tiempos muertos que tengo que dejar pasar para disfrutar de otros tiempos más vivos. Por ejemplo, ver a un niño castaño, de pelo liso y unos nueve años, ataviado con un chándal rojo del colegio, participando en una carrera por el Parque de la Ciudadela, intentando alcanzar a su compañera de clase (vestida con el mismo chándal rojo) antes de llegar a la meta, sin poder conseguirlo. Miro al niño y me miro a mí mismo mirándole con una sonrisa inmensamente amarga.

Y me acuerdo de otras miradas, como la del chico de la empresa a la que hacía tan sólo unas horas había acudido a hacer una entrevista. Tras las persianas venecianas del despacho de su jefa, dejaba que, de cuando en cuando, sus ojos se deslizaran desde la pantalla plana de su ordenador hasta mí, hasta el desconocido, con una mezcla más que obvia de curiosidad y recelo.

O como la triste mirada del cincuentón de los servicios de la estación de Nord que, incluso tras las evidentes muestras de desinterés por mi parte, siguió con sus ojos clavados en mí hasta que abandoné la estación. Y es que lo mío del cruising en los servicios es más bien una fantasía irrealizable: entro en ellos como un torbellino, miro al frente hasta la última gota y salgo escopetado, no puedo evitarlo.

Pero sobre todo me acuerdo de que, precisamente al abandonar la estación, se produjo una escena sin importancia que, a la postre, desencadenó en mí un proceso catártico. Un tipo canipeloso y de barba enmarañada empezó a escupir en una papelera lo que parecían los grumos que sus pulmones se habían negado a procesar. El volumen y la duración de las arcadas hicieron que éstas llegaran a oídos de un niño que paseaba por la salida de la estación, acompañando a su entrañable familia en la acostumbrada salida del domingo por la tarde. El gesto de la madre fue el de girarle la cabeza y taparle los ojos al niño. Sus palabras fueron: «No mires».

La misma censura que aplicaron en mi casa con Bob. Desde aquí lo digo: nunca me dejaron ver el último capítulo de Twin Peaks. Y claro, la imposibilidad de enfrentarme cara a cara a mis miedos, la sobreprotección que dio lugar a esa imposibilidad, la nimiedad de tales acontecimientos y la vergüenza que dio lugar a esa nimiedad, todo eso junto hizo que el domingo por la noche volviera a soñar con Bob, que lo conjurara precisamente en el mismo barrio residencial en el que pocos días antes había estado con mi padre. Yo no digo nada.

viernes, enero 20, 2006

Días del pasado futuro

El Jay se va de viaje. Otra vez. Aunque por poco tiempo. Y a territorio conocido. Más noticies, digo noticias, en breve.

Escuchando: Circles, de Mariah Carey.

miércoles, enero 18, 2006

Tiene nombre y se llama creizing




(o Así sería mi blog si yo no fuera quien soy)

Los chicos. ¿Me gustan o es sólo una proyección? De verdad que lo intento, yo me proyecto. Y no sólo sobre las páginas y las pantallas. Me proyecto sobre los demás, sobre amigos, vecinos y familiares, sobre todo conocidos y desconocidos, pero también empleados, desempleados y jubilados. Pero nada, que no me veo reflejado. No veo nada de lo que soy, de lo que debería ser. Todo lo que veo me pone mala cara. Hasta el cielo, lo único que podía mirar sin asfixiarme hasta el desmayo, me escupió en toda la cara el pasado domingo. Hasta los bajos de los pantalones me calé, que a mí no hay cosa que más que moleste. Hostias.


Uno ve a alguien que le pone. Que, todo sea dicho, para mí es más que un logro, con la libido que me gasto. Porque tiene que ser la libido. Bueno, eso y el invierno. Y la lluvia. Y todo eso junto. Pues con todo eso me planté en Gran Vía para quedar en el antiguo Madrid Rock, que ahora es un Bershka. Mala señal. Lo de quedar en el Madrid Rock es una costumbre de otra época que ya no funciona. Por lo menos a mí. Pues lo de quedar va tal que así: quedas, te saludas y te vas al Antic, que es un sitio de Hortaleza que está bien cuando no está lleno y te puedes sentar en los butacones de piel de leopardo (verídico). Viene el maniquí que tienen por camarero y te tomas algo mientras conoces a la otra persona. Bueno, pues el domingo ni piel de leopardo ni maniquí ni pollas en vinagre. Tuvimos que bajarnos a la sala del zulo, que nunca me ha dado buenos resultados. Y, efectivamente, esta vez la cosa tampoco pintaba demasiado halagüeña. Desde el principio, T. es un encanto pero se hace obvio que aquello no va a funcionar: me habla de Sexo en Nueva York [...], de una comedia romántica que no he visto, de su vida antes de llegar a Madrid. De hecho, habla sólo él. Yo bebo cerveza e intento recordar los consejos que hacía un par de días me había dado una antropóloga para este tipo de situaciones de empatía. Asentir, musitar entre dientes ese «ahá» que siempre suele funcionar, pero que tengo la impresión de que suena a todo menos a natural. Para cuando me toca hablar de mí mismo ya me he terminado la cerveza (previo arañamiento del papel de plata que recubre el cuello de la botella y que nunca he practicado) y le digo a T. que cambiemos de asentamiento. Insisto en que no, pero me invita.

Bajo la lluvia, buscamos el Gris: cerrado. Aun bajo la lluvia cerrada, le dejo elegir sitio y me lleva a una cafetería de maricas en la que yo nunca entraría. Me cuenta un pedazo de su vida y comienza mi transformación en mí mismo. Allí ya sé seguro que nunca jamás podremos tener nada en común. Ya sé que, aunque la situación se prestaría a ello, no tengo nada que ocultar, nada que embellecer ni omitir: no hay ninguna posibilidad de que ni ésa ni ninguna otra noche acabemos juntos. La verdad puede campar a sus anchas, remordimientos: cero; consecuencias: también cero. Durante una noche estaré con un perfecto desconocido y podré contarle cómo soy. Y lo hago. En la pizzería en la que entramos a cenar (no tengo hambre). La timidez inicial ya no tiene sentido, le digo que por la confianza, pero es por la ausencia de posibilidades. Así de mezquino puedo llegar a ser. Le digo lo que quiero y se queda sin palabras (¿complejo de Erika?). Esgrime sus argumentos y yo le escucho. Le digo que no los comparto y se hace un silencio. Terminamos de comer. Aunque la evidencia se hace patente para ambos, como aún es pronto me lleva a la discoteca para la que trabaja (al parecer, ya lo había mencionado, pero no había llegado a mis oídos). No la conozco y le digo que sí.

A medida que andamos bajo la lluvia me doy cuenta de que sí, sí conozco la discoteca y de que no, no me gusta. Esta vacía y me invita (de nuevo, tras pagar la cena) a una cerveza. Para colmo allí se encuentra a un amigo al que ya habíamos visto en nuestra búsqueda de bares. Al amigo le gusto y lo demuestra. Demasiado. Mido mentalmente la distancia al metro mientras ellos hablan. Apuro mi cerveza gratis lo más rápido que puedo mientras evito las miradas lascivas del amigo que, a la postre, rondará los cuarenta. Un trago y luego otro. Ya está. Es tarde (mentira) y me tengo que ir. Me acompaña, no sin que antes su amigo me pase disimuladamente su número de teléfono. Trato de ser educado sin comprometerme. Un simple hasta luego y meterse al metro.

Conectar el ipod y abrir el libro. Leer cómo Rainer intenta matar a su padre no me ayuda, ni siquiera saber que éste le obliga a aguantarle el rabo mientras mea. Cero. Cambio de disco, The Magic Numbers no me ayudan, la Carey tampoco, lo único en lo que encuentro consuelo (olvido, naufragio de la memoria reciente) son Bloc Party. La línea 10 los domingos por la noche está llena de chicos solos, abandonados después de la despedida, después del cine, de una cerveza con su novia, de quién sabe qué, pensando en todo aquello en lo que yo no quiero pensar.

Salgo a la calle en Leganés y sigue lloviendo. Me enfundo mi capucha y ya no soy nadie. Ya no puedo mirar al cielo. Ya lo he olvidado todo. Nada hay tras de mí y nada me espera, salvo yo mismo y la luz naranja del alumbrado público. Y, extrañamente, estoy contento de volver a ser yo mismo, sin pasado y sin futuro. Estoy contento de no haber dejado de ser yo mismo a pesar de todo, de la cita, de la lluvia, de la tarde de domingo, de mí mismo. No soy nadie, esa noche, como mucho tiempo antes, no era nadie en la línea 10, no era nadie, pero al mismo tiempo era yo mismo, y estoy contento de serlo. Y de seguir con los bajos de los pantalones calados. Hostias.


Escuchando: Move On Now, de Stars Of The CCTV

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lunes, enero 16, 2006

Foto: Bruja Escarlata



Tres discos que vine escuchando, empapado, tras la estrepitosa cita de ayer:

-Silent Alarm, de Bloc Party (el disco original y el de remixes)

-The Magic Numbers, de The Magic Numbers

-The Emancipation of Mimi, de Mariah Carey

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miércoles, enero 11, 2006

Ya está pasando

Prepárense. Ya está pasando. Las predicciones de mekatharra eran ciertas.


Archivado en: Apocalipsis, Teclorrea — 17 Junio 2005 @ 2:04 am

Leo en mis blogs habituales de cotilleo (y cuando digo “mis blogs habituales de cotilleo” me refiero a TLDPTB y The Superficial) que:

a) Angelina Jolie y Brad Pitt follan hasta hartarse en países exóticos
b) la Cábala invade Hollywood
c) Katie Holmes afirma ser virgen pese a un matrimonio anterior de varios años

Basándome en estos datos y haciendo uso de mi presciencia -no necesito echar mano del supercomputador que tengo por cerebro, que en cualquier caso está ocupado calculando trayectorias de galaxias en colisión- vaticino la siguiente cadena de acontecimientos que inaugurarán un nuevo ciclo en la historia de la Humanidad.

Madonna, ayudada por Demi Moore, comercializa la llamada ‘agua de la Cábala’, capaz según la etiqueta de curar el cáncer, devolver la vista a los ciegos o purificar acuíferos radiactivos. Por supuesto, funciona. Lo que hasta entonces era un secreto apenas susurrado en camerinos y backstages se convierte en un fenómeno de masas a escala nacional. Su consagración definitiva llega cuando alguien del público arroja una botella del agua a Michael Jackson durante su concierto de despedida, devolviéndole la forma humana. La gente abraza la fe cabalística y Madonna, en el paroxismo de la fama y la fortuna totales, se presenta a las elecciones presidenciales y arrasa con un 92,7% de los votos. Poco después, la recién instaurada Policía Pop rastrea al 7,3% restante y los ejecuta en el desierto de Nevada.

Los hechos sorprenden a Brad y Angelina en misión internacional como embajadores de Naciones Unidas. “Sorprenden” es un término adecuado. Tras seis meses de violenta cópula en un bungalow de la costa de Togo (con pausas ocasionales para lanzar cacahuetes a un grupo de niños hambrientos agolpados bajo su ventana) salen de su aislamiento para descubrir que los Estados Unidos de Madonna han invadido Canadá y Cuba y se ciernen amenazadores sobre el resto del mundo. Huyen al Tíbet, donde Angelina da a luz al primer hijo de ambos. Se le conoce sólo como Él y viene al mundo perfectamente formado. Habla todos los idiomas conocidos y puede comunicarse con la mayoría de los animales. Es capaz de volar, lanzar rayos destructores y posee poderes telequinéticos. Adicionalmente, su rostro es tan bello que todos los que lo contemplan se vuelven locos. Él cambia el mapa de la fe en Asia. El budismo, el sintoísmo y la ortodoxia desaparecen en todo el continente dejando paso al Culto de Él. Los Estados Unidos de Madonna bombardean el Tíbet en un intento de eliminar el centro neurálgico del Culto. Brad Pitt y Angelina Jolie son dados por desaparecidos durante el bombardeo y Él responde arrancando el estado de Florida de su sitio y arrojándolo sobre las Rocosas. En Europa, mientras tanto, simplemente llueve.

Comienza la I Guerra de la Fe. Hay millones de muertos en el continente americano y un retraso de al menos dos semanas en la publicación del nuevo single de Britney Spears (a la sazón Secretaria de Defensa). Las masas enloquecen: los seísmos residuales con epicentro en las Rocosas hacen que la producción de Agua de la Cábala quede diezmada. Se suceden las revueltas en todo el país y la Policía Pop recibe órdenes de apresar a todos los insurgentes, cuya personalidad es borrada cuando son conectados a la Granja de Pensamiento, una red cerebral masiva diseñada por el Comité de Ciencia de la Cábala que tiene por objeto calcular el Número de Dios. De este modo pretenden invocarle y con su ayuda ganar la guerra.

Sin embargo, Katie Holmes, que en verdad era virgen, se convierte en el receptáculo del Nuevo Mesías cuya llegada la Cienciología lleva planeando milenios. Tom Cruise y John Travolta revelan su auténtica identidad como alienígenas de Proxima Centauri; de hecho, ambos son el mismo individuo en estado de partenogénesis temporal. En una ceremonia secreta celebrada en el Monte Rushmore, Travolta y Cruise se reunifican y Katie Holmes es fecundada. El fenómeno provoca la reactivación de miles de cápsulas espaciales de Centauri que se hallaban enterradas en diversos lugares del globo desde el Precámbrico. Los Centauri borran del mapa todo lo que está por debajo de Méjico mediante tormentas de láser, debilitando el aparato bélico de Madonna y provocando su derrota frente al Culto de Él, que se anexiona Norteamérica.

Por su parte, los alienígenas establecen su cuartel general en el Polo Sur. El recién nacido John-Tom Holmes, aún demasiado joven para gobernar, queda bajo custodia de su madre y de CT-1, un holograma-tutor cuya IA se nutre de diálogos de las películas de Travolta y Cruise. África es remodelada como una gigantesca pista de aterrizaje circular que habrá de recibir a la Nave Madre Centauri, en trayecto desde otra dimensión. Incidentalmente esto provoca una ligera marejada que hunde Gibraltar. Se alzan algunas voces airadas en la Cámara de los Lores.

En el resto de Europa, mientras tanto, sigue lloviendo.

Foto: Tiovivo

Hay una cosa que nunca he visto: el último capítulo de Twin Peaks. El domingo pasado, a eso de las cuatro de la mañana, vi los prolegómenos de ese último y aterrador capítulo. No me quito de la cabeza la cara de Bob. Se me aparece detrás de la cama, al abrir la puerta y entre las cortinas. No puedo esperar al domingo que viene.


Canción para mañanas nubladas de enero: Steadier Footing, de Death Cab For Cutie

lunes, enero 09, 2006

Te voy a petar el kakas

(o Así sería mi blog si yo no fuera quien soy)

Las identidades secretas ya no son lo que eran. Ahora no le interesan a nadie. Nadie quiere saber lo que no ve. Lo que no se ve, no merece la pena ser visto. Da igual si es cierto o no.

Lo que con tanto celo guardaron los superhéroes de antaño, lo que tantos equívocos y quebraderos de cabeza les acarreaba y tantos capítulos llenaba... todo eso ya no tienen razón de ser. Se acabó. Ya no veremos todas aquellas miradas furtivas, todas esas excusas mal traídas y las siempre oportunas cabinas de teléfono. Nada de eso volverá a ser necesario.

¡Pero si hasta el Profesor Xavier ha revelado al mundo la existencia de su escuela! Cíclope ya no anda cabizbajo por los pasillos, con las manos en los bolsillos, asustado de su propia sombra: ahora se mete mano con la Frost delante de todos.

El mutismo, el miedo y la vergüenza que acompañaron a los personajes de Claremont durante toda su andadura, y con el que millones de lectores se identificaron ya no tiene sentido. Y es que esos lectores, muchos de ellos adolescentes confusos y, por qué no decirlo, muchos de ellos maricas aún más confusos, veían un reflejo a su penosa (aunque «heroica») represión. Aquellos adolescentes ya no necesitan esconderse, y los prepúberes que se pajean con Juan José Ballesta menos aún.

Todos hemos cambiado un poco.


El domingo pasado había obras en el metro. Y yo había quedado en Plaza de España para ir al cine. Y llegaba tarde. Y tenía resaca porque el día anterior... en fin, a lo que vamos. Yo ya me había mentalizado y estaba dispuesto a sufrir los siete males en mi camino a la capital, así que me equipé adecuadamente para aislarme del resto del mundo con Los excluidos, de Jelinek. Esta novelita ya me le leí hace un par de años en inglés (cuando Jelinek era un «¿quéeeee?» en la cara de los libreros españoles) en los trayectos del Metrosur que hacía para ir a un trabajo que odiaba. Los excluidos (Die Ausgesperrten) es el libro perfecto para esas ocasiones. Las ganas de matar a todo el mundo y de reírse de uno mismo se alternan página a página. Y si es domingo por la tarde y se tiene resaca, ya es la hostia puta. Bueno, pues cuando Anna estaba follándose a Hans (en el libro), fue justamente cuando nos echaron del vagón. Había obras y nos dirigían como borregos, megafonía mediante, hacia el bus especial que nos llevaría hasta Casa de Campo. Ya en el autobús que, nótese, NO tiene las mismas dimensiones que el metro, empezaron las prisas, las quejas y los improperios contra las autoridades. Los domingos, sobra decirlo, son aquellos días que Dios se inventó para que los maridos cascarrabias con aliento a ducados sacaran a sus señoras pintadas y envisonadas a la puta calle a pasear. Pues bien, anclado de manos por cederle el asiento a las prójimas (las colonias de yaya huelen a popó de bebé, me resulta imposible sentarme al lado de ellas) y, por tanto, privado de mi aislamiento, tuve que asistir a la fuerza a la conversación de tres adolescentes de doce años. Dos ellas y un él.

-Y va el tío y dice, digo, dice «Tú, imbécil»
-¿Y tú qué le dijiste? ¿Qué le dijiste?
-Pues dice, digo, no, dice él «Gilipollas»
-¿Y tú que dijiste?
-Pues yo, pues, voy y digo «Tú, hijoputa, qué coño dices» Y luego me dice, digo, dice «Cabrón».
- Pffff (ellas, haciendo un aspaviento, en plan “ya la hemos liao”).
-Y yo «tu putamadre», y va él, luego, el cachocabrón y dice, y dice...
(poco a poco las voces del autobús van bajando de tono para oír la conversación)
-Y va luego va y dice «Te voy a rajar, maricón», y claro, entonces entré yo en la conversación y voy y le digo «Oye, tú, cabrón, ¿qué le acabas de decir a mi hermano?¿Eh? A ver, repíteme ahora mismo lo que le has dicho a mi hermano». Y no me responde, y voy y le digo «¿Pero tú de qué palo vas, mierda, que eres un mierda?».
-¿Y él qué hizo?
-Quedarse callao, el gilipollas (tomando la curva para entrar en la Casa de Campo).
-Menudo maricón.
-Ya te digo, era un maricón, pero un maricóndemierda.
-Y voy, y voy y le digo «¿a ver a quién vas a rajar tú, putomaricóndemierda? ¿Eh? Que como me entere de dónde vives, voy para allá y te mato, te juro que te mato (gesto amenazante con una mano mientras con la otra se sujeta a la barra). Vamos que si voy, te encuentro y te mato a ti y a toda tu familia». Y el callao. Y le digo «A ver, tú de dónde eres, dime de dónde eres que voy a por ti». Y él callao como una puta.
-Pfff, habría abandonado la conversación. Si es que son unos mierdas todos, tía.
-Ya te digo, si es que me ponen enfermo esos que se creen alguien, que se te ponen a decir cosas en Internet, que si te voy a rajar, que si mucho esto, que si mucho lo otro, pero luego a la hora de la verdad son unos maricas. Si es que siempre igual, qué asco tía.


Entonces llegamos a Casa de Campo y continuamos el trayecto en metro hasta Plaza de España. Llegué a mi cita con Logan unos cuarenta minutos tarde y un poco confuso. La película ya había empezado, así que no quedaba más remedio que hacer tiempo hasta la siguiente sesión. Para cuando entramos y empezó la peli, yo ya me había olvidado totalmente de aquella conversación en el autobús. Pero durante la proyección, algo en la propia película me hizo presente todo aquello. Entonces no supe lo que era y creo que aún no lo sé con certeza. Por cierto, la peli era Me and You and Everyone We Know. Y no, todavía no la había visto.

A la vuelta intenté leer un poco (me esperaba otra hora y media de divertido trayecto hasta casa), pero me fue imposible. No dejaba de darle vueltas a la película: la niña tenía razón. No la de la película, la otra, la del autobús. No sabía por qué, pero aquella puta niña del autobús tenía razón. Ya no valen las identidades secretas, no nos valen para nada. Ahora hay que dar la cara. Y hay que hacerlo como sea, en una peli, en un libro o en un simple dibujo, pero que sea de verdad. Como los niños.

Forever.

miércoles, enero 04, 2006

Galería de villanas: 2 de 5

4) Christine Helm Vole


«Diles que estás mintiendo, Christine.»


Actriz: Marlene Dietrich

Película: Testigo de cargo (Witness For The Prosecution, 1957), dirigida por Billy Wilder




De todas ellas, nuestra segunda villana es la que más se podría acercar al estereotipo de mujer cerebral y manipuladora que tantas veces hemos visto en el cine, una mujer interesada, fría y calculadora hasta el milímetro, tanto que se la podría calificar (y de hecho se la califica) de arpía. Una de esas que la futura suegra no quiere ni en pintura, es «ésa» sobre la que cuchichean las vecinas a la puerta de sus casas. La despreciable, la apestada, la cabeza de turco de la feminidad. Y eso que este personaje nació, curiosamente, de las manos de otra mujer, Agatha Christie. Quizá, precisamente, porque sabía mejor que nadie los mecanismos femeninos que se ponen en marcha ante este tipo de mujeres.


Desde el principio de la película, la tipa es presentada como una zorra de no te menees. Autosuficiente, elegante, directa, íntegra. Todo lo que en un hombre serían virtudes, vaya. Y no se equivoquen, zorra, lo que se dice zorra, es un poco. Y encima alemana, de esas que le miran a uno por encima del hombro mientras va por la «calle Oxford» (sacado del doblaje de la época). Y es que la Agatha sabía cómo tratar a su público inglés —la historia está sacada de una obra de teatro suya estrenada en Londres— y por dónde llevar la intriga, y sabía, además, que a los ingleses les encanta soliviantarse contra los extranjeros, en especial franceses y alemanes, con ese tono de superioridad del palo «¿Qué os había dicho? Si es que no se puede tratar con ellos». Y si no, que se lo digan a Blair, que todavía debe de andar con el culo en carne viva tratando de dar explicaciones a sus compatriotas.

El caso real que se expone en la peli, de manera paralela al «caso» del juicio, es muy sencillito: chico bueno (Tyrone Power, que hace de un campechano soldado británico) conoce chica mala (Marlene Dietrich, una cabaretera alemana que malvive en lo que queda del Berlín ocupado por los aliados), chica mala se casa con chico bueno por interés, chico bueno está en apuros y chica mala aprovecha para darle la puñalada. Y por si fuera poco, en el estrado de un tribunal, ante las autoridades británicas. El cadalso perfecto para que el espectador medio se ensañe con ella. Bueno, y la espectadora media, que para acudir a los juicios las mujeres no se tienen que poner la barba, que ya no es como en las lapidaciones de antaño. Ahora pueden señalarla con el dedo acusador y llamarla de todo. De todo menos tirar piedras, que eso es de culturas machistas. Y en occidente, otra cosa no, pero civilizados, los primeros.

Pero hasta con todo eso se puede contar. Porque, como en toda historia de intriga, como pasa siempre en las pelis de juicios, como dijo María del Monte en Salsa Rosa cuando le preguntaron sobre su sexualidad, «oro parece PLATA NO es»...

¡¡ATENCIÓN ESPÓILERS!!

Así pues, Christine, la protagonista de nuestra historia, cuenta con todo eso. Porque cuando una mujer es inteligente tiene que contar con el odio de las demás. Porque a las chicas, desde que nacen, se las adiestra en el sexo. Y el sexo sólo engendra violencia. De uno u otro tipo, pero violencia. Todos lo hemos visto. En mi jardín de infancia las niñas se tiraban de las trenzas, en el colegio se tiraban las tizas y en el instituto se tiraban a los novios de las demás. Desde siempre su vida ha sido un continuo esfuerzo por sobrevivir a sus congéneres. De vez en cuando, es cierto, llegaban a disimularlo y hasta conseguían trabar amistad con otras hembras. La verdadera naturaleza de esa amistad, sin embargo, siempre le ha estado vedada a este redactor. A lo más que he llegado, he de admitir, es a las escenas de «amigas» del canal 7, pero nunca me quedó del todo claro.

Así pues, decía, Christine, como superviviente a sus congéneres, a su país, a la guerra y a la pobreza, sabía qué había que hacer cuando las cosas se ponían difíciles: pensar en una misma y en nadie más. Y eso hizo. Supo utilizar las únicas armas de las que disponía para salir adelante, para llevarse algo a la boca al final del día y dormir bajo techo, por muy precario que éste fuera. Hasta que conoció a Tyrone Power y le tiró la casa por la ventana. Y la pobre Christine se enamoró como una tonta.


Entonces se acabó eso de pensar en una misma. Ahora había que cargar con el gilipollas ése, que no sabía hacer la O con un canuto, que se había hecho soldado por inútil, por vago, porque lo que le gustaba era la sopa boba, cepillarse a la nativas y hacer pirámides humanas con los prisioneros. Bueno, mal no debía de follar el Tyrone, porque para tener contenta a la Dietrich sin dar palo al agua, algo hay que tener, además de un par de huevos. Pero para llegar tan lejos y salirse con la suya, además, tenía que tener un plan. Y vaya si lo tenía.

Su plan era Christine. Su adorada esposa, la mujer fría y manipuladora, la belleza germana, la inteligentísima Christine en la que nadie confiaba, a la que todos despreciaban e insultaban. ¿Por qué un hombre a punto de ser ejecutado tendría depositadas todas sus esperanzas en ella? Pues por qué va a ser, por amor. Porque el amor de un hombre es puro y sincero. Porque los hombres son muy burros, sí, pero tienen buen corazón. Porque ella, la superviviente, vendería a su madre en su propio beneficio, porque ya lo ha hecho antes y lo volvería a hacer, porque estos alemanes son capaces de todo, porque por muy listos que sean, no tienen corazón, porque si hay un malo en esta historia (siempre lo hay) ha de ser ella, tiene que ser ella.


Y, fíjate tú por dónde, lo era. Al final tenía razón la señora del público, que desde el principio no se había fiado de la arpía esa alemana, más mala que era, ¿a que sí, señora? Pues eso. Si es que no hay nada más gratificante que descubrir que se tiene razón. Que todo cuadre y que la idea que tenía antes de conocer la verdad sea la verdad misma. Eso es que da un gusto, oye.

Pero como dije, con todo eso ya contaba Christine. Sabía que la única forma de salirse con la suya era darle la razón a los demás, era actuar como ellos esperaban que actuara, era, en definitiva, no salirse de su papel de mala. Era un plan muy inteligente el de Christine, sí, lo suficiente como para engañar a todos, a los abogados, al juez y al jurado. Lo suficiente como para salvar a su marido de una ejecución segura. Pero no lo suficiente para que Christine se salvara a sí misma.

Y es que, si ella había mentido, fingido y urdido todo ese plan, había sido solamente por amor al Tyrone. El Tyrone, el mismo Tyrone que había matado a cientos de personas en la guerra, el mismo que había embaucado a una pobre viuda para que le dejara en herencia todo su dinero, el mismo que la había matado con sus propias manos... Y el amor por ese mismo hombre es el que había llevado a Christine al sacrificio consciente, a cometer delitos y a confesarlos de la única manera que sabía, salvarían a su marido. Un plan muy inteligente, Christine.

Ése era el plan de ella, pero el plan de él era aún mejor, porque el plan de él era la propia Christine. Porque no hace falta ser ni frío ni calculador cuando se tiene una mujer que lo es por ti. Sólo hace falta ser malvado. Y hombre. Con eso basta para ser peor que cualquier mujer.

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martes, enero 03, 2006

Feliz año


Bueno, al hilo de la entrada anterior, hace días que dejé el puto Fotolog para siempre, más por cerrar etapas y unificar que por otra cosa. Casi un añito de subir fotos a escondidas en el curro, se dice pronto (ay, Arantxa, la de que cosas que habrás visto en mi monitor). Y eso que sobreviví a la censura de esos cabrones evangélicos (no sé por qué me da que son de ese palo) que acabó con la mayoría de los fotologs interesantes, tanto sexuales como personales. Menos mal que tuve a mi Viruete y a mis adlateres para hacerme compañía, siempre fieles a su cita. Y a muchos otros que me hicieron más amenas mis maratonianas jornadas laborales y sin cuyos posts, fotos, artículos e iméils no hubiera podido llegar al final del día.

En fin, feliz año a todos los que os dedicáis a leer tonterías en Internet en lugar de hacer algo productivo.

Happy New Year to you all, procrastinators!! Keep on being non-productive!! ;)

lunes, enero 02, 2006

Mi naturaleza

No es que crea que existe algo como eso, porque todo lo que llegamos a formular como tal (desde la esencia aristotélica al atomismo lógico) siempre estará pasado por el filtro del pensamiento, que todo lo empaqueta con conceptos y palabras para presentarnos su sentido (incluso dentro del aparente sinsentido que le queremos dar). Como digo, no lo creo, porque ya no me hace falta creerlo. Ya no me hace falta lanzar esa definición «fuera de mí» para poder verla. Ya no me hace falta formular la pregunta para darme cuenta de que en ella está la respuesta.

Durante mi estancia en el extranjero se me hizo presente una curiosa sensación que desde siempre me había acompañado. La de querer estar lejos de donde estaba. Durante años la practiqué de diversas maneras, aislándome del exterior que me rodeaba, aislándome de mi propio interior (es decir, alienándome en los demás), cambiando de lugar físico, cambiando de lugar anímico. Cambié por dentro y por fuera hasta que no quedó nada de lo que había antes. O eso creía yo. Al despojarme de todo lo que era capaz de despojarme me di cuenta de que aún había algo dentro de mi cabeza, algo que se resistía a irse. Ese algo, por muy oscuro y secreto que se me había antojado siempre, seguía aferrado a mi interior incluso después de haberlo volcado todo para sacar todo lo oscuro y secreto que había dentro. Se me había pegado a las paredes del estómago, me consumía los pulmones, me llegaba hasta la traquea impidiéndome respirar. Lo tenía en la punta de la lengua.

Durante mi estancia en el extranjero solía mirar mucho el sol. A veces era difícil, porque allá el sol era tímido y no tardaba mucho en escabullirse entre las copas de los árboles, detrás de una nube o bajo los edificios. Por eso cada gota de sol era preciosa. Me la bebía como si fuera la última. Y en realidad, lo era. Era el último sentimiento de felicidad plena del día. Cerraba los ojos y lo absorbía, lo guardaba en mi interior hasta el día siguiente.

Esta mañana he vuelto a disfrutar de esa felicidad. Estaba sentado en un banco, junto a un lago. Tenía los ojos cerrados y el sol me regalaba su aliento invernal. A lo lejos, se huía el murmullo de las copas de los árboles, como interferencias, susurrándome al oído que detrás de mis párpados aún existía una realidad, esa realidad. Tras de mí, un murete cubierto de enredaderas me resguardaba de las rachas de viento helado y, a mi lado, una bandada de cisnes y gansos graznaban alegremente sus despreocupaciones. Puede que suene tonto, pero en ese momento era feliz. Por primera vez desde hacía mucho tiempo no quería estar lejos de donde estaba. No quería cambiar nada de lo que estaba pasando a mi alrededor. Sé que no es mucho, pero es un primer paso.

Y, sin embargo, era plenamente consciente de que ese algo que durante tanto tiempo se había negado a irse de mi cabeza seguía estando ahí. Pero ya no se me pegaba a las paredes del estómago ni me consumía los pulmones, antes al contrario, se limitaba ascender suavemente por mi pecho, ligero y esponjoso como un diente de león, haciéndome cosquillas en la garganta hasta llegar a la punta de la lengua. Es entonces cuando, en lugar de decir nada, empecé a sonreír.