Tierra 616

miércoles, enero 04, 2006

Galería de villanas: 2 de 5

4) Christine Helm Vole


«Diles que estás mintiendo, Christine.»


Actriz: Marlene Dietrich

Película: Testigo de cargo (Witness For The Prosecution, 1957), dirigida por Billy Wilder




De todas ellas, nuestra segunda villana es la que más se podría acercar al estereotipo de mujer cerebral y manipuladora que tantas veces hemos visto en el cine, una mujer interesada, fría y calculadora hasta el milímetro, tanto que se la podría calificar (y de hecho se la califica) de arpía. Una de esas que la futura suegra no quiere ni en pintura, es «ésa» sobre la que cuchichean las vecinas a la puerta de sus casas. La despreciable, la apestada, la cabeza de turco de la feminidad. Y eso que este personaje nació, curiosamente, de las manos de otra mujer, Agatha Christie. Quizá, precisamente, porque sabía mejor que nadie los mecanismos femeninos que se ponen en marcha ante este tipo de mujeres.


Desde el principio de la película, la tipa es presentada como una zorra de no te menees. Autosuficiente, elegante, directa, íntegra. Todo lo que en un hombre serían virtudes, vaya. Y no se equivoquen, zorra, lo que se dice zorra, es un poco. Y encima alemana, de esas que le miran a uno por encima del hombro mientras va por la «calle Oxford» (sacado del doblaje de la época). Y es que la Agatha sabía cómo tratar a su público inglés —la historia está sacada de una obra de teatro suya estrenada en Londres— y por dónde llevar la intriga, y sabía, además, que a los ingleses les encanta soliviantarse contra los extranjeros, en especial franceses y alemanes, con ese tono de superioridad del palo «¿Qué os había dicho? Si es que no se puede tratar con ellos». Y si no, que se lo digan a Blair, que todavía debe de andar con el culo en carne viva tratando de dar explicaciones a sus compatriotas.

El caso real que se expone en la peli, de manera paralela al «caso» del juicio, es muy sencillito: chico bueno (Tyrone Power, que hace de un campechano soldado británico) conoce chica mala (Marlene Dietrich, una cabaretera alemana que malvive en lo que queda del Berlín ocupado por los aliados), chica mala se casa con chico bueno por interés, chico bueno está en apuros y chica mala aprovecha para darle la puñalada. Y por si fuera poco, en el estrado de un tribunal, ante las autoridades británicas. El cadalso perfecto para que el espectador medio se ensañe con ella. Bueno, y la espectadora media, que para acudir a los juicios las mujeres no se tienen que poner la barba, que ya no es como en las lapidaciones de antaño. Ahora pueden señalarla con el dedo acusador y llamarla de todo. De todo menos tirar piedras, que eso es de culturas machistas. Y en occidente, otra cosa no, pero civilizados, los primeros.

Pero hasta con todo eso se puede contar. Porque, como en toda historia de intriga, como pasa siempre en las pelis de juicios, como dijo María del Monte en Salsa Rosa cuando le preguntaron sobre su sexualidad, «oro parece PLATA NO es»...

¡¡ATENCIÓN ESPÓILERS!!

Así pues, Christine, la protagonista de nuestra historia, cuenta con todo eso. Porque cuando una mujer es inteligente tiene que contar con el odio de las demás. Porque a las chicas, desde que nacen, se las adiestra en el sexo. Y el sexo sólo engendra violencia. De uno u otro tipo, pero violencia. Todos lo hemos visto. En mi jardín de infancia las niñas se tiraban de las trenzas, en el colegio se tiraban las tizas y en el instituto se tiraban a los novios de las demás. Desde siempre su vida ha sido un continuo esfuerzo por sobrevivir a sus congéneres. De vez en cuando, es cierto, llegaban a disimularlo y hasta conseguían trabar amistad con otras hembras. La verdadera naturaleza de esa amistad, sin embargo, siempre le ha estado vedada a este redactor. A lo más que he llegado, he de admitir, es a las escenas de «amigas» del canal 7, pero nunca me quedó del todo claro.

Así pues, decía, Christine, como superviviente a sus congéneres, a su país, a la guerra y a la pobreza, sabía qué había que hacer cuando las cosas se ponían difíciles: pensar en una misma y en nadie más. Y eso hizo. Supo utilizar las únicas armas de las que disponía para salir adelante, para llevarse algo a la boca al final del día y dormir bajo techo, por muy precario que éste fuera. Hasta que conoció a Tyrone Power y le tiró la casa por la ventana. Y la pobre Christine se enamoró como una tonta.


Entonces se acabó eso de pensar en una misma. Ahora había que cargar con el gilipollas ése, que no sabía hacer la O con un canuto, que se había hecho soldado por inútil, por vago, porque lo que le gustaba era la sopa boba, cepillarse a la nativas y hacer pirámides humanas con los prisioneros. Bueno, mal no debía de follar el Tyrone, porque para tener contenta a la Dietrich sin dar palo al agua, algo hay que tener, además de un par de huevos. Pero para llegar tan lejos y salirse con la suya, además, tenía que tener un plan. Y vaya si lo tenía.

Su plan era Christine. Su adorada esposa, la mujer fría y manipuladora, la belleza germana, la inteligentísima Christine en la que nadie confiaba, a la que todos despreciaban e insultaban. ¿Por qué un hombre a punto de ser ejecutado tendría depositadas todas sus esperanzas en ella? Pues por qué va a ser, por amor. Porque el amor de un hombre es puro y sincero. Porque los hombres son muy burros, sí, pero tienen buen corazón. Porque ella, la superviviente, vendería a su madre en su propio beneficio, porque ya lo ha hecho antes y lo volvería a hacer, porque estos alemanes son capaces de todo, porque por muy listos que sean, no tienen corazón, porque si hay un malo en esta historia (siempre lo hay) ha de ser ella, tiene que ser ella.


Y, fíjate tú por dónde, lo era. Al final tenía razón la señora del público, que desde el principio no se había fiado de la arpía esa alemana, más mala que era, ¿a que sí, señora? Pues eso. Si es que no hay nada más gratificante que descubrir que se tiene razón. Que todo cuadre y que la idea que tenía antes de conocer la verdad sea la verdad misma. Eso es que da un gusto, oye.

Pero como dije, con todo eso ya contaba Christine. Sabía que la única forma de salirse con la suya era darle la razón a los demás, era actuar como ellos esperaban que actuara, era, en definitiva, no salirse de su papel de mala. Era un plan muy inteligente el de Christine, sí, lo suficiente como para engañar a todos, a los abogados, al juez y al jurado. Lo suficiente como para salvar a su marido de una ejecución segura. Pero no lo suficiente para que Christine se salvara a sí misma.

Y es que, si ella había mentido, fingido y urdido todo ese plan, había sido solamente por amor al Tyrone. El Tyrone, el mismo Tyrone que había matado a cientos de personas en la guerra, el mismo que había embaucado a una pobre viuda para que le dejara en herencia todo su dinero, el mismo que la había matado con sus propias manos... Y el amor por ese mismo hombre es el que había llevado a Christine al sacrificio consciente, a cometer delitos y a confesarlos de la única manera que sabía, salvarían a su marido. Un plan muy inteligente, Christine.

Ése era el plan de ella, pero el plan de él era aún mejor, porque el plan de él era la propia Christine. Porque no hace falta ser ni frío ni calculador cuando se tiene una mujer que lo es por ti. Sólo hace falta ser malvado. Y hombre. Con eso basta para ser peor que cualquier mujer.

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