Tierra 616

lunes, enero 30, 2006

La voz de la experiencia

Recuerdo que cuando tenía trece años me escapé al Madrid Rock a comprarme el Music Box de Mariah Carey en cinta. Ahora el Madrid Rock ya no existe, las cintas pasaron a mejor vida y en la mujer de la foto queda ya muy poco de esa antigua Mariah Carey –más bien va camino de convertirse en la Barry White de los agudos, elefantiasis incluida–.
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Eso te demuestra que la experiencia no existe. Ningún conocimiento te prepara para lo que te va a pasar porque todo lo que uno conoce acaba desapareciendo. Hasta nosotros mismos desaparecemos. Porque, por mucho que uno se empeñe, la continuidad, es decir, el sentido que percibimos en el paso del tiempo, es pura falacia. Ese sentido con el que queremos dotar de coherencia a nuestras vidas es un mero añadido. Y como me ha demostrado la Maraya, no es en absoluto necesario. Cuando una tiene tetas, por muy peleadas que estén, se puede vivir sin sentido.

Y quien dice tetas, dice unos tacones interminables, un corte de pelo o, en mi caso, unas zapatillas. Lo de las zapas, como le pasa a Maraya con las tetas, y sospecho que como le pasa a todo el mundo, me viene de antiguas carencias. Resulta que durante gran parte de mi infancia me forzaron a vestir zapatos ortopédicos que, a cada paso que daba, me deformaban la planta del pie para adecuarla a los estándares humanos. Ésos fueron mis braces. Las zapas me las tenía que poner de tapadillo, cuando no me vigilaban, como un ladrón en mis propios pies (de nuevo, la sobreprotección paterna creando traumas). Recuerdo, además, que inconscientemente buscaba zapas grandes, con la planta totalmente plana, para que mis pies fueran libres. Aún tengo podoclaustrofobia, no puedo tener los dedos de los pies aglutinados como salchichitas, me pongo blanco y me sudan las manos.

El caso es que, finalmente, llegó un momento en que la estética –y la cordura– se impuso y el niño nerd con zapatos ortopédicos, gafas ortopédicas y unos kilos de más desapareció como si nunca hubiera existido. Y no fue el único que desapareció. Por el camino se quedaron muchos otros niños con zapatos ortopédicos, niñas gordas y gafotas empollones. Las aulas de mi instituto están llenas de esos niños y niñas. Son como fantasmas que vagan por esas aulas que nunca les dejaron abandonar. Mi niño nerd debe de andar también por ahí, el pobre.

Y yo, tras muchos intentos fallidos, el otro día me compré las zapas perfectas.

Son enormes y su puntera es perfecta para mis dedos juguetones. Además, me recuerdan a unas Victoria que tuve de cani. Con ellas, por fin, puedo andar sobre terreno firme, como la Maraya con sus tetas.