Tierra 616

lunes, enero 02, 2006

Mi naturaleza

No es que crea que existe algo como eso, porque todo lo que llegamos a formular como tal (desde la esencia aristotélica al atomismo lógico) siempre estará pasado por el filtro del pensamiento, que todo lo empaqueta con conceptos y palabras para presentarnos su sentido (incluso dentro del aparente sinsentido que le queremos dar). Como digo, no lo creo, porque ya no me hace falta creerlo. Ya no me hace falta lanzar esa definición «fuera de mí» para poder verla. Ya no me hace falta formular la pregunta para darme cuenta de que en ella está la respuesta.

Durante mi estancia en el extranjero se me hizo presente una curiosa sensación que desde siempre me había acompañado. La de querer estar lejos de donde estaba. Durante años la practiqué de diversas maneras, aislándome del exterior que me rodeaba, aislándome de mi propio interior (es decir, alienándome en los demás), cambiando de lugar físico, cambiando de lugar anímico. Cambié por dentro y por fuera hasta que no quedó nada de lo que había antes. O eso creía yo. Al despojarme de todo lo que era capaz de despojarme me di cuenta de que aún había algo dentro de mi cabeza, algo que se resistía a irse. Ese algo, por muy oscuro y secreto que se me había antojado siempre, seguía aferrado a mi interior incluso después de haberlo volcado todo para sacar todo lo oscuro y secreto que había dentro. Se me había pegado a las paredes del estómago, me consumía los pulmones, me llegaba hasta la traquea impidiéndome respirar. Lo tenía en la punta de la lengua.

Durante mi estancia en el extranjero solía mirar mucho el sol. A veces era difícil, porque allá el sol era tímido y no tardaba mucho en escabullirse entre las copas de los árboles, detrás de una nube o bajo los edificios. Por eso cada gota de sol era preciosa. Me la bebía como si fuera la última. Y en realidad, lo era. Era el último sentimiento de felicidad plena del día. Cerraba los ojos y lo absorbía, lo guardaba en mi interior hasta el día siguiente.

Esta mañana he vuelto a disfrutar de esa felicidad. Estaba sentado en un banco, junto a un lago. Tenía los ojos cerrados y el sol me regalaba su aliento invernal. A lo lejos, se huía el murmullo de las copas de los árboles, como interferencias, susurrándome al oído que detrás de mis párpados aún existía una realidad, esa realidad. Tras de mí, un murete cubierto de enredaderas me resguardaba de las rachas de viento helado y, a mi lado, una bandada de cisnes y gansos graznaban alegremente sus despreocupaciones. Puede que suene tonto, pero en ese momento era feliz. Por primera vez desde hacía mucho tiempo no quería estar lejos de donde estaba. No quería cambiar nada de lo que estaba pasando a mi alrededor. Sé que no es mucho, pero es un primer paso.

Y, sin embargo, era plenamente consciente de que ese algo que durante tanto tiempo se había negado a irse de mi cabeza seguía estando ahí. Pero ya no se me pegaba a las paredes del estómago ni me consumía los pulmones, antes al contrario, se limitaba ascender suavemente por mi pecho, ligero y esponjoso como un diente de león, haciéndome cosquillas en la garganta hasta llegar a la punta de la lengua. Es entonces cuando, en lugar de decir nada, empecé a sonreír.