Tierra 616

miércoles, enero 25, 2006

Nuestros sueños

El domingo pasado volví a soñar con Bob. Lo único que recuerdo es que él lucía su eterna sonrisa, que nos encontrábamos en un barrio residencial, con chalés por todas partes, y que yo estaba cagao de miedo.


Como cuando desperté Olalla ya se había ido, no tuve oportunidad de contarle mi sueño. Pasé la mañana dando vueltas por Barcelona, tomando el sol y dejando que el viento invernal jugara con la bonita bufanda azul que me regalaron los chicos de Sheffield cuando me fui.

Cuando paseo solo me resulta inevitable prestar atención a lo que sé que, cuando estoy rodeado de gente, se me escapa de manera irremediable. Es como tratar de recuperar esos tiempos muertos que tengo que dejar pasar para disfrutar de otros tiempos más vivos. Por ejemplo, ver a un niño castaño, de pelo liso y unos nueve años, ataviado con un chándal rojo del colegio, participando en una carrera por el Parque de la Ciudadela, intentando alcanzar a su compañera de clase (vestida con el mismo chándal rojo) antes de llegar a la meta, sin poder conseguirlo. Miro al niño y me miro a mí mismo mirándole con una sonrisa inmensamente amarga.

Y me acuerdo de otras miradas, como la del chico de la empresa a la que hacía tan sólo unas horas había acudido a hacer una entrevista. Tras las persianas venecianas del despacho de su jefa, dejaba que, de cuando en cuando, sus ojos se deslizaran desde la pantalla plana de su ordenador hasta mí, hasta el desconocido, con una mezcla más que obvia de curiosidad y recelo.

O como la triste mirada del cincuentón de los servicios de la estación de Nord que, incluso tras las evidentes muestras de desinterés por mi parte, siguió con sus ojos clavados en mí hasta que abandoné la estación. Y es que lo mío del cruising en los servicios es más bien una fantasía irrealizable: entro en ellos como un torbellino, miro al frente hasta la última gota y salgo escopetado, no puedo evitarlo.

Pero sobre todo me acuerdo de que, precisamente al abandonar la estación, se produjo una escena sin importancia que, a la postre, desencadenó en mí un proceso catártico. Un tipo canipeloso y de barba enmarañada empezó a escupir en una papelera lo que parecían los grumos que sus pulmones se habían negado a procesar. El volumen y la duración de las arcadas hicieron que éstas llegaran a oídos de un niño que paseaba por la salida de la estación, acompañando a su entrañable familia en la acostumbrada salida del domingo por la tarde. El gesto de la madre fue el de girarle la cabeza y taparle los ojos al niño. Sus palabras fueron: «No mires».

La misma censura que aplicaron en mi casa con Bob. Desde aquí lo digo: nunca me dejaron ver el último capítulo de Twin Peaks. Y claro, la imposibilidad de enfrentarme cara a cara a mis miedos, la sobreprotección que dio lugar a esa imposibilidad, la nimiedad de tales acontecimientos y la vergüenza que dio lugar a esa nimiedad, todo eso junto hizo que el domingo por la noche volviera a soñar con Bob, que lo conjurara precisamente en el mismo barrio residencial en el que pocos días antes había estado con mi padre. Yo no digo nada.