Tierra 616

lunes, enero 09, 2006

Te voy a petar el kakas

(o Así sería mi blog si yo no fuera quien soy)

Las identidades secretas ya no son lo que eran. Ahora no le interesan a nadie. Nadie quiere saber lo que no ve. Lo que no se ve, no merece la pena ser visto. Da igual si es cierto o no.

Lo que con tanto celo guardaron los superhéroes de antaño, lo que tantos equívocos y quebraderos de cabeza les acarreaba y tantos capítulos llenaba... todo eso ya no tienen razón de ser. Se acabó. Ya no veremos todas aquellas miradas furtivas, todas esas excusas mal traídas y las siempre oportunas cabinas de teléfono. Nada de eso volverá a ser necesario.

¡Pero si hasta el Profesor Xavier ha revelado al mundo la existencia de su escuela! Cíclope ya no anda cabizbajo por los pasillos, con las manos en los bolsillos, asustado de su propia sombra: ahora se mete mano con la Frost delante de todos.

El mutismo, el miedo y la vergüenza que acompañaron a los personajes de Claremont durante toda su andadura, y con el que millones de lectores se identificaron ya no tiene sentido. Y es que esos lectores, muchos de ellos adolescentes confusos y, por qué no decirlo, muchos de ellos maricas aún más confusos, veían un reflejo a su penosa (aunque «heroica») represión. Aquellos adolescentes ya no necesitan esconderse, y los prepúberes que se pajean con Juan José Ballesta menos aún.

Todos hemos cambiado un poco.


El domingo pasado había obras en el metro. Y yo había quedado en Plaza de España para ir al cine. Y llegaba tarde. Y tenía resaca porque el día anterior... en fin, a lo que vamos. Yo ya me había mentalizado y estaba dispuesto a sufrir los siete males en mi camino a la capital, así que me equipé adecuadamente para aislarme del resto del mundo con Los excluidos, de Jelinek. Esta novelita ya me le leí hace un par de años en inglés (cuando Jelinek era un «¿quéeeee?» en la cara de los libreros españoles) en los trayectos del Metrosur que hacía para ir a un trabajo que odiaba. Los excluidos (Die Ausgesperrten) es el libro perfecto para esas ocasiones. Las ganas de matar a todo el mundo y de reírse de uno mismo se alternan página a página. Y si es domingo por la tarde y se tiene resaca, ya es la hostia puta. Bueno, pues cuando Anna estaba follándose a Hans (en el libro), fue justamente cuando nos echaron del vagón. Había obras y nos dirigían como borregos, megafonía mediante, hacia el bus especial que nos llevaría hasta Casa de Campo. Ya en el autobús que, nótese, NO tiene las mismas dimensiones que el metro, empezaron las prisas, las quejas y los improperios contra las autoridades. Los domingos, sobra decirlo, son aquellos días que Dios se inventó para que los maridos cascarrabias con aliento a ducados sacaran a sus señoras pintadas y envisonadas a la puta calle a pasear. Pues bien, anclado de manos por cederle el asiento a las prójimas (las colonias de yaya huelen a popó de bebé, me resulta imposible sentarme al lado de ellas) y, por tanto, privado de mi aislamiento, tuve que asistir a la fuerza a la conversación de tres adolescentes de doce años. Dos ellas y un él.

-Y va el tío y dice, digo, dice «Tú, imbécil»
-¿Y tú qué le dijiste? ¿Qué le dijiste?
-Pues dice, digo, no, dice él «Gilipollas»
-¿Y tú que dijiste?
-Pues yo, pues, voy y digo «Tú, hijoputa, qué coño dices» Y luego me dice, digo, dice «Cabrón».
- Pffff (ellas, haciendo un aspaviento, en plan “ya la hemos liao”).
-Y yo «tu putamadre», y va él, luego, el cachocabrón y dice, y dice...
(poco a poco las voces del autobús van bajando de tono para oír la conversación)
-Y va luego va y dice «Te voy a rajar, maricón», y claro, entonces entré yo en la conversación y voy y le digo «Oye, tú, cabrón, ¿qué le acabas de decir a mi hermano?¿Eh? A ver, repíteme ahora mismo lo que le has dicho a mi hermano». Y no me responde, y voy y le digo «¿Pero tú de qué palo vas, mierda, que eres un mierda?».
-¿Y él qué hizo?
-Quedarse callao, el gilipollas (tomando la curva para entrar en la Casa de Campo).
-Menudo maricón.
-Ya te digo, era un maricón, pero un maricóndemierda.
-Y voy, y voy y le digo «¿a ver a quién vas a rajar tú, putomaricóndemierda? ¿Eh? Que como me entere de dónde vives, voy para allá y te mato, te juro que te mato (gesto amenazante con una mano mientras con la otra se sujeta a la barra). Vamos que si voy, te encuentro y te mato a ti y a toda tu familia». Y el callao. Y le digo «A ver, tú de dónde eres, dime de dónde eres que voy a por ti». Y él callao como una puta.
-Pfff, habría abandonado la conversación. Si es que son unos mierdas todos, tía.
-Ya te digo, si es que me ponen enfermo esos que se creen alguien, que se te ponen a decir cosas en Internet, que si te voy a rajar, que si mucho esto, que si mucho lo otro, pero luego a la hora de la verdad son unos maricas. Si es que siempre igual, qué asco tía.


Entonces llegamos a Casa de Campo y continuamos el trayecto en metro hasta Plaza de España. Llegué a mi cita con Logan unos cuarenta minutos tarde y un poco confuso. La película ya había empezado, así que no quedaba más remedio que hacer tiempo hasta la siguiente sesión. Para cuando entramos y empezó la peli, yo ya me había olvidado totalmente de aquella conversación en el autobús. Pero durante la proyección, algo en la propia película me hizo presente todo aquello. Entonces no supe lo que era y creo que aún no lo sé con certeza. Por cierto, la peli era Me and You and Everyone We Know. Y no, todavía no la había visto.

A la vuelta intenté leer un poco (me esperaba otra hora y media de divertido trayecto hasta casa), pero me fue imposible. No dejaba de darle vueltas a la película: la niña tenía razón. No la de la película, la otra, la del autobús. No sabía por qué, pero aquella puta niña del autobús tenía razón. Ya no valen las identidades secretas, no nos valen para nada. Ahora hay que dar la cara. Y hay que hacerlo como sea, en una peli, en un libro o en un simple dibujo, pero que sea de verdad. Como los niños.

Forever.