Tierra 616

miércoles, enero 18, 2006

Tiene nombre y se llama creizing




(o Así sería mi blog si yo no fuera quien soy)

Los chicos. ¿Me gustan o es sólo una proyección? De verdad que lo intento, yo me proyecto. Y no sólo sobre las páginas y las pantallas. Me proyecto sobre los demás, sobre amigos, vecinos y familiares, sobre todo conocidos y desconocidos, pero también empleados, desempleados y jubilados. Pero nada, que no me veo reflejado. No veo nada de lo que soy, de lo que debería ser. Todo lo que veo me pone mala cara. Hasta el cielo, lo único que podía mirar sin asfixiarme hasta el desmayo, me escupió en toda la cara el pasado domingo. Hasta los bajos de los pantalones me calé, que a mí no hay cosa que más que moleste. Hostias.


Uno ve a alguien que le pone. Que, todo sea dicho, para mí es más que un logro, con la libido que me gasto. Porque tiene que ser la libido. Bueno, eso y el invierno. Y la lluvia. Y todo eso junto. Pues con todo eso me planté en Gran Vía para quedar en el antiguo Madrid Rock, que ahora es un Bershka. Mala señal. Lo de quedar en el Madrid Rock es una costumbre de otra época que ya no funciona. Por lo menos a mí. Pues lo de quedar va tal que así: quedas, te saludas y te vas al Antic, que es un sitio de Hortaleza que está bien cuando no está lleno y te puedes sentar en los butacones de piel de leopardo (verídico). Viene el maniquí que tienen por camarero y te tomas algo mientras conoces a la otra persona. Bueno, pues el domingo ni piel de leopardo ni maniquí ni pollas en vinagre. Tuvimos que bajarnos a la sala del zulo, que nunca me ha dado buenos resultados. Y, efectivamente, esta vez la cosa tampoco pintaba demasiado halagüeña. Desde el principio, T. es un encanto pero se hace obvio que aquello no va a funcionar: me habla de Sexo en Nueva York [...], de una comedia romántica que no he visto, de su vida antes de llegar a Madrid. De hecho, habla sólo él. Yo bebo cerveza e intento recordar los consejos que hacía un par de días me había dado una antropóloga para este tipo de situaciones de empatía. Asentir, musitar entre dientes ese «ahá» que siempre suele funcionar, pero que tengo la impresión de que suena a todo menos a natural. Para cuando me toca hablar de mí mismo ya me he terminado la cerveza (previo arañamiento del papel de plata que recubre el cuello de la botella y que nunca he practicado) y le digo a T. que cambiemos de asentamiento. Insisto en que no, pero me invita.

Bajo la lluvia, buscamos el Gris: cerrado. Aun bajo la lluvia cerrada, le dejo elegir sitio y me lleva a una cafetería de maricas en la que yo nunca entraría. Me cuenta un pedazo de su vida y comienza mi transformación en mí mismo. Allí ya sé seguro que nunca jamás podremos tener nada en común. Ya sé que, aunque la situación se prestaría a ello, no tengo nada que ocultar, nada que embellecer ni omitir: no hay ninguna posibilidad de que ni ésa ni ninguna otra noche acabemos juntos. La verdad puede campar a sus anchas, remordimientos: cero; consecuencias: también cero. Durante una noche estaré con un perfecto desconocido y podré contarle cómo soy. Y lo hago. En la pizzería en la que entramos a cenar (no tengo hambre). La timidez inicial ya no tiene sentido, le digo que por la confianza, pero es por la ausencia de posibilidades. Así de mezquino puedo llegar a ser. Le digo lo que quiero y se queda sin palabras (¿complejo de Erika?). Esgrime sus argumentos y yo le escucho. Le digo que no los comparto y se hace un silencio. Terminamos de comer. Aunque la evidencia se hace patente para ambos, como aún es pronto me lleva a la discoteca para la que trabaja (al parecer, ya lo había mencionado, pero no había llegado a mis oídos). No la conozco y le digo que sí.

A medida que andamos bajo la lluvia me doy cuenta de que sí, sí conozco la discoteca y de que no, no me gusta. Esta vacía y me invita (de nuevo, tras pagar la cena) a una cerveza. Para colmo allí se encuentra a un amigo al que ya habíamos visto en nuestra búsqueda de bares. Al amigo le gusto y lo demuestra. Demasiado. Mido mentalmente la distancia al metro mientras ellos hablan. Apuro mi cerveza gratis lo más rápido que puedo mientras evito las miradas lascivas del amigo que, a la postre, rondará los cuarenta. Un trago y luego otro. Ya está. Es tarde (mentira) y me tengo que ir. Me acompaña, no sin que antes su amigo me pase disimuladamente su número de teléfono. Trato de ser educado sin comprometerme. Un simple hasta luego y meterse al metro.

Conectar el ipod y abrir el libro. Leer cómo Rainer intenta matar a su padre no me ayuda, ni siquiera saber que éste le obliga a aguantarle el rabo mientras mea. Cero. Cambio de disco, The Magic Numbers no me ayudan, la Carey tampoco, lo único en lo que encuentro consuelo (olvido, naufragio de la memoria reciente) son Bloc Party. La línea 10 los domingos por la noche está llena de chicos solos, abandonados después de la despedida, después del cine, de una cerveza con su novia, de quién sabe qué, pensando en todo aquello en lo que yo no quiero pensar.

Salgo a la calle en Leganés y sigue lloviendo. Me enfundo mi capucha y ya no soy nadie. Ya no puedo mirar al cielo. Ya lo he olvidado todo. Nada hay tras de mí y nada me espera, salvo yo mismo y la luz naranja del alumbrado público. Y, extrañamente, estoy contento de volver a ser yo mismo, sin pasado y sin futuro. Estoy contento de no haber dejado de ser yo mismo a pesar de todo, de la cita, de la lluvia, de la tarde de domingo, de mí mismo. No soy nadie, esa noche, como mucho tiempo antes, no era nadie en la línea 10, no era nadie, pero al mismo tiempo era yo mismo, y estoy contento de serlo. Y de seguir con los bajos de los pantalones calados. Hostias.


Escuchando: Move On Now, de Stars Of The CCTV

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