Tierra 616

domingo, febrero 26, 2006

Independencias

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Domingo tarde y por fin respiro. Han sido días de asueto y desespero, de cafés itinerantes, entrepans de lomo y queso, y suelas desgastadas. Más de una semana he tardado en asentar mi peludo trasero en esta ciudad que tantas posibilidades me promete. Aunque de momento sólo sean promesas.

Como dándole la razón al refranero español, el jueves 16 me encaminé por tercera vez en menos de un mes hacia la ciudad condal, esta vez para quedarme. Sí, hace ya más de una semana tomé el tren que me arribó a BCN con una pequeña maleta y unos cuantos euros en el bolsillo. Como en anteriores ocasiones, me aproveché de la bondad de Olalla (Santa Olalla) para hacer de su casa parada y fonda, cuartel general, spa y estación de servicio, todo en uno. Si no fuera por ella, estas líneas que escribo seguramente estarían teñidas de indigencia, robos y prostitución. Y eso me lo quiero reservar para más adelante.
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Tras unos primeros días de desubicación y turismo vocacional, el lunes la ciudad empezó a cumplir poco a poco sus promesas, pero yo seguía sin encontrar lo que buscaba. Todo eran miradas de recelo, tanto desde mis córneas como desde las de la ciudad. La semana la dediqué a patearme antros y antros ante los que mi futuro, poco lubricado todavía, no se dejaba abrir. Mis esperanzas y las suelas de mis zapas nuevas se empezaban a resentir. Tanto fue así, que cuando llegué al viernes, la arruga de escepticismo en mi frente había tomado tal tamaño que denotaba síntomas de querer quedarse allí para siempre. El estado de nervios en el que estaba casi me hace destrozarle la casa a Olalla. Me subía, literalmente, por las paredes.
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Sin embargo, ese mismo viernes por la noche el cielo se abrió ante mí. Y ahí delante estaba el Arco del Triunfo (véase entrada anterior), como símbolo y referente real de mi empecinamiento por perfilar mi futuro a mi manera. Así pues, si nada lo remedia, mañana me mudo al barrio en el que el Jay desde siempre había querido vivir. Porque, de un tiempo a esta parte, he aprendido a hacer como Sally y pedir las cosas como las quiero. De una maldita vez. Y funciona, oye.
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Como no queda tiempo para nada más (sigo de locutorio en locutorio), como moraleja, este viacrucis mío me ha enseñado que la independencia es un camino largo y complicado, pero que la recompensa merece la pena. Y de eso los catalanes saben un rato.

miércoles, febrero 15, 2006

Foto: Arco del Triunfo

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Esta foto la saqué el año pasado, durante mis vacaciones de Semana Santa cuando me bajé a Barcelona desde Sheffield. La tenía guardada desde entonces y por fin la puedo poner.

No escribo más que tengo que ponerme a hacer la maleta ya mismo. Esto estará un poco desantendido hasta la semana que viene, pero prometo volver por estos fueros, que de momento son los únicos por los que podré volver.
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Adeu.

jueves, febrero 09, 2006

La filosofía de los viajes en el tiempo

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Realidad y sueño. Desde siempre la barrera entre ambos planos ha ondulado como una playa bajo la luna. En ocasiones el ser humano ha sido capaz de lanzarse a las aguas y nadar hasta alcanzar el reflejo plateado sobre las olas. Ha sido capaz de flotar en esa barrera abierta en cualquier parte, en un parque solitario, en la suela de un zapato, en una moneda que se nos cae del bolsillo, en un libro abandonado... Hacer el muerto sobre esos instantes que nos transportan a un futuro que no es nuestro futuro porque ya lo estamos viendo. Que sentimos lenta pero inmediatamente. En ese instante vivimos un tiempo prestado, nos lanzamos vertiginosamente hacia algún lugar que no es espacio sino tiempo porque seguimos flotando boca arriba, con la mirada perdida, con una sonrisa burlona en los labios, sin principio ni fin. Paralizados durante toda la eternidad de nuestra existencia, que no es más que toda la eternidad. En ese momento sin principio ni fin se dan todas las posibilidades. Nos lanzamos hacia delante sabiendo que ese delante somos nosotros, que sin nosotros no existiría. Las posibilidades, todas las posibilidades somos nosotros. Como un cuadro de Klee. El cuadro es el cuadro y nosotros. Es la suma de ambas cosas. Sin nosotros, el cuadro no existiría. Sin nosotros, nada de esto existiría. Sin mí, por ejemplo, la vida que conozco, toda ella, no existiría. Pensar eso es tomar conciencia de nosotros mismos, de nuestra capacidad de creación, de actualización de todo lo que nos rodea.

No sé qué me pasa. Me voy de la ciudad y no duermo bien... últimamente acabo haciendo el muerto en cualquier parte. Hasta encima del blog.
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Nos vemos el miércoles.
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PD para Moribundo.
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Pág. 90 de Las Tribulaciones del Estudiante Törless, de Robert Musil
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«Y súbitamente advirtió Törless –y le pareció que se le ocurría por primera vez– cuán alto en verdad estaba el cielo.

Fue como un sobresalto. Entre las nubes resplandecía un agujero pequeño, azul, intenso, indeciblemente hondo.

Tenía la impresión de que con una escalera larga, larga, podría llegarse hasta arriba; pero cuanto más alto se elevaba con los ojos tanto más se alejaba aquel azul resplandeciente, fondo. Y sin embargo sentía que era menester llegar allí alguna vez y poder detenerlo todo con la mirada. Este deseo le atormentaba vivamente.

Era como si, tensa al máximo, la mirada volara rauda, cual una flecha, entre las nubes, y como si cuanto más lejos apuntaba, diera cada vez menos cerca del blanco.

Y Törless se entregaba a ese juego, esforzándose por permanecer tranquilo y razonable en la medida de lo posible. “Ciertamente no hay ningún fin” se dijo. “Todo se proyecta cada vez más lejos, más adelante, al infinito.” Con los ojos clavados en el cielo se decía estas palabras como si quisiera poner a prueba la fuerza de una fórmula de conjunto. Pero en vano. Las palabras no decían nada o, mejor, decían algo completamente diferente, como si refiriéndose, eso sí, al mismo objeto, hablaran empero de otro aspecto de él, indiferente.

“¡El infinito!” Törless conocía la expresión por las clases de matemáticas. Nunca se había representado nada preciso, al pronunciar aquella palabra. Alguien la había inventado alguna vez y desde entonces era posible contar con ella como con algo seguro. Era precisamente lo que ocurría en los cálculos matemáticos. Pero más allá de ellos, Törless nunca había tratado de buscarle un sentido.

Y ahora le penetraba como un puñal y esa palabra contenía algo terriblemente inquietante. Se le antojó que era como un concepto domesticado, amansado, con el diariamente él hacía sus pequeños malabarismos y que de pronto, ahora, se había desenfrenado. Los trabajos de algún inventor habían hecho adormecer esa cosa salvaje, violenta, anonadadora, que ahora se despertaba súbitamente y volvía a ser temible; y en aquel cielo se le imponía como algo vivo, que lo amenazaba, se mofaba de él.

Terminó por cerrar los ojos porque aquella visión le atormentaba demasiado.»
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Escuchando

The Killing Moon, de Echo And The Bunnymen
Head Over Heels, de Tears For Fears
Never Tear Us Apart, de INXS
Mad World, de Gary Jules

martes, febrero 07, 2006

The Hustler

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Hoy estoy física y mentalmente arruinado, al borde del colapso. No tengo fuerzas más que para dejarme caer en sus brazos.


Ya actualizaré mañana.

Escuchando The Boxer, de los Chemical Brothers (feat. Tim Burgess)

viernes, febrero 03, 2006

Galería de villanas: 3 de 5

3) Diane Selwyn

«Es extraño llamarse a sí mismo.»


Actriz: Naomi Watts

Película: Mulholland Drive, 2001, dirigida por David Lynch


Como si de un recordatorio se tratase, el jueves pasado volví a ver a mi tercera villana. Los jueves en La 2, no sé si por influencia del Gasset, a veces ponen pelis buenas. Y el pasado fue uno de esos jueves. Lo malo es que ésta la pasaron doblada, sin dual ni nada. Que no es que me vaya a meter con esas cosas, que bastante se meten otras, pero que como yo la vi primero subtitulada, pues me quedé con esa versión. Aunque ya veréis que versiones de esta peli hay tantas como espectadores.

Nuestra villana de hoy es todo lo contrario a una villana. Es una víctima. Más que eso, es la perfecta víctima. No de las que nacen, sino de las que las hacen. Por eso, como todas las víctimas perfectas, se acaba convirtiendo en la villana perfecta. Y es que ya se sabe que los perdedores son siempre los malos malosos de la película. A un perdedor sólo se le puede tener lástima o miedo. Y bastante malo es sentirse un perdedor, como para que los demás te traten como si de verdad lo fueras. Aunque sobre esto también cabría un estudio de qué fue primero, si el huevo o la gallina.

Bueno, pues todo este rollo viene a cuento por todas las veces que nos hemos tenido que tragar la mini-historia del malo de la película cuando se descubre el pastel. Historias de malos las hay para todos los gustos, desde que el mundo es mundo y Freud campea por Hollywood. Que si abusos sexuales, que si un gángster mató a mis padres, que si mami se acostaba con el vecino, que si has invadido mi país, que si los abusones del colegio no me dejaban en paz... Hay mil historias, pero todas se resumen en lo mismo: pura y sana venganza. Los malosos no son más que víctimas que han tardado más que los demás en que el mundo les dé su ración de justicia. Y se han cansado de esperar. Como le pasa a nuestra Diane.

Pues si precisamente el otro día hablaba de una peli de maricas y de realidades alternativas, Mulholland Drive es la película clave para entender esa idea. Si precisamente el otro día hablaba de la justicia y de la vida, esta película es la única justicia a la que pueden aspirar ciertas vidas. Porque esta película es un sueño, un sueño intrincado, tremendamente sutil, pero tan evidente como nuestros sueños más profundos, ésos que no queremos interpretar. Bueno, además de un clásico del cine (que, por cierto, nació como telefilm, fíjate tú). Es una caja china dentro de otra caja china (y azul) manufacturada por el mismísimo David Lynch. Y con una recién descubierta Naomi Watts de protagonista absoluta. Y si encima resulta que tiene reminiscencias estructurales con Vertigo o El mago de Oz, no es de extrañar que el cinéfilo gay la tenga entre sus favoritas.

Lo más asombroso de esta peli es, sin lugar a dudas, la sutileza con la que Lynch logra colocar cada una de las piezas del sueño de Diane. Es lo más parecido a un sueño de verdad que un servidor ha visto en el cine. Ni las pelis de terror ni las expresionistas. Lynch sabe muy bien que los sueños, más que de monstruos y mundos ampulosos, se componen precisamente de escenas cotidianas, de planes absurdos, de personajes ambivalentes y sobre todo de desenlaces deseados... pero inquietantes. Mulholland Drive es una calculada charada de la que el espectador no tiene que perder detalle porque, como en un sueño, todo, pero todo lo que aparece en ella está ahí por un motivo muy concreto.

Pero si nos centramos en la protagonista y en su historia, quizá podamos encontrar las claves profundas de esta relación entre malosos y homosexualidad. Porque si no os habéis dado cuenta, ésta es la segunda villana bollera de esta lista. Y la lista tampoco es que sea muy larga. Así que, dejando a un lado el machismo más que evidente de poner sistemáticamente a la lesbiana como mala, como decíamos, hay que preguntarse cuál es la historia que hay detrás de Diane, porque detrás de cada villana siempre hay una historia.

Pero la historia que se cuenta en Mulholland Drive no es la historia de Diane. Porque a ella misma no le gustaría ver la historia de su vida en una película. Porque ella, como todos, tanto cuando va al cine como cuando sueña lo último que quiere ver es la realidad. Y por eso lo que nos cuenta Mulholland Drive es la vida soñada de Diane, en la que Diane no es Diane, ni su vida es su vida, pero donde todo es mucho más hermoso.


Porque la vida de Diane, la que no se cuenta, no es, ni de lejos, lo que ella quisiera que fuera. Como le ocurría a Jack. Pero lo que para él era un fugaz instante, para Diane son las tres cuartas partes de la película. Y es que Hollywood, al contrario que Texas, siempre ha sido la cuna de los sueños, aunque éstos no sean más que eso, sueños.

Y en su sueño, Diane es Betty, una virginal aspirante a actriz procedente de un pequeño pueblo de Ontario que se instala en la casa que su tía tiene en Los Ángeles, y a la que, en reconocimiento por su enorme talento, se le abren de par en par las puertas de Hollywood y que, además, encuentra el amor de su vida: la intrigante Rita. Al lado de Betty, la amnésica Rita irá encontrando las pistas de su pasado, de su identidad perdida. Como en muchos sueños, el protagonista, extrañado ante la realidad que se abre ante él, no se enfrenta solo a este viaje onírico, sino que cuenta con un guía, una figura amable, en la que se puede confiar: la solícita Betty. Poco a poco, con la parsimonia absurda de los sueños, todos los miedos de Rita se irán confirmando. Hasta que esa realidad onírica se empieza a trastocar hasta resultar demasiado evidente para nuestra consciencia latente, justo antes de despertar. Y, de esta manera, al despertar, este relato propio de una novela negra, lleno de matones, fajos de billetes, suplantación de personalidades y llaves misteriosas se disuelve en una extraña amalgama de escenas medidas al milímetro, en el sutil esbozo esquizofrénico que resulta ser la realidad de Diane.


Y la realidad es que ella fue criada y atormentada por sus abuelos, que jamás creyeron que llegaría a nada en la vida, que ganó un concurso de baile en su pequeño pueblo y que, al morir su tía, se vio con algún dinero para perseguir su sueño de ser actriz, es decir, de ser otra persona, de no ser Diane Selwyn. Pero, al contrario que en su sueño, en la realidad las cosas no fueron de color de rosa. El gran talento de Diane nunca fue descubierto. Pero sí lo fue el de Camilla, otra de las chicas que acudió al casting al que acude Betty en la película, y que consigue darle ese toque tan erótico a la escena que Diane hizo suyo en su sueño. La carrera de Camilla va en ascenso, pero la de Diane sigue estancada, y se ve obligada a ser testigo del éxito de su amiga, a tener que ser su comparsa, su querida abandonada, su sombra... hasta en las películas en las que Camilla trabaja.


Finalmente, la humillación, los celos, la envidia y el despecho ante el compromiso y las infidelidades de Camilla se unen para dar lugar a una transformación anunciada, la de víctima en villana. La pobre y dócil Diane se decide a acabar con la fuente de todas y cada una de sus dichas y desdichas: la pérfida Camilla. Porque uno no puede esperar a que la justicia divina se digne a aparecer, porque la justicia, ya sea divina o humana, siempre aparece tarde y mal. Porque para eso la justicia podría no existir. Porque lo cierto es que no existe. Que la vida no es justa. Y por eso Diane tiene que dar forma a su propia justicia y su propia vida justa, aunque ésta última no sea más que un sueño, un bello y aterciopelado sueño.

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Días del pasado futuro: segunda vez


Segundo viaje a Barcelona. Esta vez puente aéreo en lugar de carretera. Esta vez maletín en lugar de mochila. Esta vez alisado en lugar de laca. Pero... ¿era esta vez la definitiva?

Escuchando One & Only de Mariah Carey