Tierra 616

viernes, febrero 03, 2006

Galería de villanas: 3 de 5

3) Diane Selwyn

«Es extraño llamarse a sí mismo.»


Actriz: Naomi Watts

Película: Mulholland Drive, 2001, dirigida por David Lynch


Como si de un recordatorio se tratase, el jueves pasado volví a ver a mi tercera villana. Los jueves en La 2, no sé si por influencia del Gasset, a veces ponen pelis buenas. Y el pasado fue uno de esos jueves. Lo malo es que ésta la pasaron doblada, sin dual ni nada. Que no es que me vaya a meter con esas cosas, que bastante se meten otras, pero que como yo la vi primero subtitulada, pues me quedé con esa versión. Aunque ya veréis que versiones de esta peli hay tantas como espectadores.

Nuestra villana de hoy es todo lo contrario a una villana. Es una víctima. Más que eso, es la perfecta víctima. No de las que nacen, sino de las que las hacen. Por eso, como todas las víctimas perfectas, se acaba convirtiendo en la villana perfecta. Y es que ya se sabe que los perdedores son siempre los malos malosos de la película. A un perdedor sólo se le puede tener lástima o miedo. Y bastante malo es sentirse un perdedor, como para que los demás te traten como si de verdad lo fueras. Aunque sobre esto también cabría un estudio de qué fue primero, si el huevo o la gallina.

Bueno, pues todo este rollo viene a cuento por todas las veces que nos hemos tenido que tragar la mini-historia del malo de la película cuando se descubre el pastel. Historias de malos las hay para todos los gustos, desde que el mundo es mundo y Freud campea por Hollywood. Que si abusos sexuales, que si un gángster mató a mis padres, que si mami se acostaba con el vecino, que si has invadido mi país, que si los abusones del colegio no me dejaban en paz... Hay mil historias, pero todas se resumen en lo mismo: pura y sana venganza. Los malosos no son más que víctimas que han tardado más que los demás en que el mundo les dé su ración de justicia. Y se han cansado de esperar. Como le pasa a nuestra Diane.

Pues si precisamente el otro día hablaba de una peli de maricas y de realidades alternativas, Mulholland Drive es la película clave para entender esa idea. Si precisamente el otro día hablaba de la justicia y de la vida, esta película es la única justicia a la que pueden aspirar ciertas vidas. Porque esta película es un sueño, un sueño intrincado, tremendamente sutil, pero tan evidente como nuestros sueños más profundos, ésos que no queremos interpretar. Bueno, además de un clásico del cine (que, por cierto, nació como telefilm, fíjate tú). Es una caja china dentro de otra caja china (y azul) manufacturada por el mismísimo David Lynch. Y con una recién descubierta Naomi Watts de protagonista absoluta. Y si encima resulta que tiene reminiscencias estructurales con Vertigo o El mago de Oz, no es de extrañar que el cinéfilo gay la tenga entre sus favoritas.

Lo más asombroso de esta peli es, sin lugar a dudas, la sutileza con la que Lynch logra colocar cada una de las piezas del sueño de Diane. Es lo más parecido a un sueño de verdad que un servidor ha visto en el cine. Ni las pelis de terror ni las expresionistas. Lynch sabe muy bien que los sueños, más que de monstruos y mundos ampulosos, se componen precisamente de escenas cotidianas, de planes absurdos, de personajes ambivalentes y sobre todo de desenlaces deseados... pero inquietantes. Mulholland Drive es una calculada charada de la que el espectador no tiene que perder detalle porque, como en un sueño, todo, pero todo lo que aparece en ella está ahí por un motivo muy concreto.

Pero si nos centramos en la protagonista y en su historia, quizá podamos encontrar las claves profundas de esta relación entre malosos y homosexualidad. Porque si no os habéis dado cuenta, ésta es la segunda villana bollera de esta lista. Y la lista tampoco es que sea muy larga. Así que, dejando a un lado el machismo más que evidente de poner sistemáticamente a la lesbiana como mala, como decíamos, hay que preguntarse cuál es la historia que hay detrás de Diane, porque detrás de cada villana siempre hay una historia.

Pero la historia que se cuenta en Mulholland Drive no es la historia de Diane. Porque a ella misma no le gustaría ver la historia de su vida en una película. Porque ella, como todos, tanto cuando va al cine como cuando sueña lo último que quiere ver es la realidad. Y por eso lo que nos cuenta Mulholland Drive es la vida soñada de Diane, en la que Diane no es Diane, ni su vida es su vida, pero donde todo es mucho más hermoso.


Porque la vida de Diane, la que no se cuenta, no es, ni de lejos, lo que ella quisiera que fuera. Como le ocurría a Jack. Pero lo que para él era un fugaz instante, para Diane son las tres cuartas partes de la película. Y es que Hollywood, al contrario que Texas, siempre ha sido la cuna de los sueños, aunque éstos no sean más que eso, sueños.

Y en su sueño, Diane es Betty, una virginal aspirante a actriz procedente de un pequeño pueblo de Ontario que se instala en la casa que su tía tiene en Los Ángeles, y a la que, en reconocimiento por su enorme talento, se le abren de par en par las puertas de Hollywood y que, además, encuentra el amor de su vida: la intrigante Rita. Al lado de Betty, la amnésica Rita irá encontrando las pistas de su pasado, de su identidad perdida. Como en muchos sueños, el protagonista, extrañado ante la realidad que se abre ante él, no se enfrenta solo a este viaje onírico, sino que cuenta con un guía, una figura amable, en la que se puede confiar: la solícita Betty. Poco a poco, con la parsimonia absurda de los sueños, todos los miedos de Rita se irán confirmando. Hasta que esa realidad onírica se empieza a trastocar hasta resultar demasiado evidente para nuestra consciencia latente, justo antes de despertar. Y, de esta manera, al despertar, este relato propio de una novela negra, lleno de matones, fajos de billetes, suplantación de personalidades y llaves misteriosas se disuelve en una extraña amalgama de escenas medidas al milímetro, en el sutil esbozo esquizofrénico que resulta ser la realidad de Diane.


Y la realidad es que ella fue criada y atormentada por sus abuelos, que jamás creyeron que llegaría a nada en la vida, que ganó un concurso de baile en su pequeño pueblo y que, al morir su tía, se vio con algún dinero para perseguir su sueño de ser actriz, es decir, de ser otra persona, de no ser Diane Selwyn. Pero, al contrario que en su sueño, en la realidad las cosas no fueron de color de rosa. El gran talento de Diane nunca fue descubierto. Pero sí lo fue el de Camilla, otra de las chicas que acudió al casting al que acude Betty en la película, y que consigue darle ese toque tan erótico a la escena que Diane hizo suyo en su sueño. La carrera de Camilla va en ascenso, pero la de Diane sigue estancada, y se ve obligada a ser testigo del éxito de su amiga, a tener que ser su comparsa, su querida abandonada, su sombra... hasta en las películas en las que Camilla trabaja.


Finalmente, la humillación, los celos, la envidia y el despecho ante el compromiso y las infidelidades de Camilla se unen para dar lugar a una transformación anunciada, la de víctima en villana. La pobre y dócil Diane se decide a acabar con la fuente de todas y cada una de sus dichas y desdichas: la pérfida Camilla. Porque uno no puede esperar a que la justicia divina se digne a aparecer, porque la justicia, ya sea divina o humana, siempre aparece tarde y mal. Porque para eso la justicia podría no existir. Porque lo cierto es que no existe. Que la vida no es justa. Y por eso Diane tiene que dar forma a su propia justicia y su propia vida justa, aunque ésta última no sea más que un sueño, un bello y aterciopelado sueño.

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