Tierra 616

miércoles, marzo 29, 2006

Próximamente: Historias vendo y para mí no tengo

Pero eso será proximamente porque ahora mismo estoy tal cual me véis, atado de pies y manos y sin poder decir esta boca es mía. ¡Os quiero, putillas!
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Quiero decir, ¡Mmmmphhhh, pffffffff!

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miércoles, marzo 22, 2006

It's my party and I cry if I want to

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Breve pero intensa actualización vital, exactamente como ha sido este último mes en Barcelona.
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Como en ocasiones anteriores, sería absurdo aplicar los patrones espacio-temporales a todo esto, de modo que lo mejor será ir picando de todo un poco según el apetito bulímico que caracteriza a este blog. Y que conste que no quiero referirme al blog como una esfera cuasi independiente de mí, a pesar de las imposturas líricas de los últimos tiempos.
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A lo que vamos, que el agujero de gusano del mes pasado me ha llevado esta misma tarde a pasearme por la foto que puse por aquel entonces, en vivo y en directo. Y es que más que la casualidad, la inevitabilidad de la que hablaba hace un mes me ha propulsado por el Arco del Triunfo hasta el reducto desde el que escribo estas palabras.
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En un mes me ha dado tiempo a confirmar mi intuición sobre la ciudad, pero también me ha dado tiempo a exasperarme, a extenuarme y a exprimirme hasta la última gota, aunque ha valido la pena. Por fin veo los frutos de esas gotas. Y no sólo porque ya tenga un techo sobre mi cabeza (la indigencia parecía una alternativa muy digna a los antros que tuve que ver en mi cruzada inmobiliaria), sino por la sensación de estresante felicidad que me ha embargado estos últimos días. Saberse en el sitio al que uno pertenece siempre ha sido para mí como un imposible, más que nada porque, de una manera francamente idiota, insistía en ponerme trabas tanto mentales como físicas. Me anclaba a planes que iban en contra de mis deseos, me anclaba a lugares que iban en contra de mi naturaleza, y aún así creía estar haciendo lo correcto. Como si eso existiera. Todo esto puede parecer muy obvio para el público en general, pero para alguien que siempre ha odiado sus deseos y su naturaleza (a pesar de lo dicho y redicho), estar donde estoy es casi un milagro. Y sin sustancias estupefacientes de por medio. Ahora sí, puedo decir que mis planes no están enfrentados con mis deseos: mi nueva forma de trazar planes es dejar la mente en blanco y dejar que lo que de verdad me apetece surja de manera natural, como cuando tienes que ir al baño, no hace falta pensarlo, tu cuerpo te lo dice. Y tampoco el lugar en el que estoy está enfrentado con mi naturaleza: hay sol, hay playa y hay cogollos floreciendo frente a mi ventana, hay gaviotas copulando con palomas, hay un videoclub indi (no es que reniegue del Drugstore de Lega, pero yo necesito mucho cine francés, aunque sea para ponerlo a caer de un burro) y hasta la tienda de Norma Cómics está en mi barrio (me he comprado un figurita de la Jean Grey para el curro y todo). Vamos, que sólo me falta la bici para estar totalmente integrado.
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Esto también estuve a punto de comprármelo. En serio.
Escuchando Don't say no, de Patrick Wolf

martes, marzo 21, 2006

Los faunos grises III


Entre la vía del tren y las naves del polígono existe un extenso trecho baldío y desfigurado que se eleva en medio del asfalto, un descampado yermo en el que nadie quiso arraigar nada, y que, a falta de un dueño, terminó sirviendo de vertedero improvisado. Desde donde estamos, erigidos sobre él, casi da la impresión de ser una isla abandonada que nosotros, por el mero hecho de estar aquí, de ser sus únicos habitantes, hemos hecho nuestra. Sin embargo, esta isla nuestra esta llena de vestigios de otros, de sus hermosos desechos, diseminados por un relieve que no es natural ni artificial, que se desvive en montículos creados por el azar y la desidia. El mismo relieve que las excavadoras dejaron tras de sí al construir las vías del tren y que los despojos del polígono terminaron de conformar, el mismo en el que, años después, a pesar de todo, las hierbas obstinadas volvieron a clavar su empeño por nacer. El mismo relieve que, muchos más años después, desaparecerá definitivamente y para siempre aplastado bajo el asfalto; el mismo relieve del que ya no queda nada, como tampoco queda nada de Raúl ni de mí, tan sólo esa mancha oscura de amapola que ensucia y embellece mis sueños.


Pues son las pinceladas de un niño las que avanzan por encima de la maleza endurecida, apartando ramas y latas de refresco a su paso. Seguimos un sendero desdibujado que sin embargo alguien debió de pisar antes que nosotros, un camino que debemos descifrar para atravesar el descampado y llegar al otro lado. Recuerdo, es decir, decido alzar la vista, esforzarme por mirar hacia delante para no perder a Raúl. Él, que nada sabe de su papel en este mundo en negativo, será quien me abra la puerta a este palacio sin columnas que se proyecta en toda su ingenua magnificencia en el horizonte de esa tarde primaveral. A partir de él recorro los campos, me infiltro entre las zanjas y las aceras: sigo su estela; piso la gravilla que ribetea el asfalto con los dibujos de sus huellas; sorteo los charcos como él los sortea; él lleva el rumbo que elijo seguir.

Y sin embargo, si nos preguntaran, no sabríamos decir adónde nos dirigimos, ni por qué estamos aquí. No tener un motivo es para nosotros el capricho mismo, nos salva de la circunstancia. Durante tardes enteras, días enteros, nos lanzamos a esa salvedad como animales, corremos uno detrás del otro, nos perdemos en ella. Todo esto es anterior a algo que nos engullirá, a algo que intuimos esquilmará las maravillas de este lugar y de este momento, que lo dinamitará y nos lo negará para siempre. Por eso hoy es la última vez.

Pero yo aún no sé todo eso. Solamente sigo a Raúl apartando las hierbas secas que han aplastado las tormentas primaverales. La lluvia ha hecho que los colores y los olores del descapado empiecen a emerger de su letargo, vívidos pero corroídos; se respira una intimidad que huele a sucio, pero también a vida, que impregna toda la escena; se me pega a la ropa, a la piel, al estómago, la tengo entre mis manos, la siento en mi rostro enrojecido...

...pero mi inocencia aún no tiene nombre, para saber su nombre sólo hay que separar un poco las hojas y escuchar el sonido que hacen al despegarse; porque en estas páginas acartonadas que nos encontramos en los recuerdos de mis sueños se esconden los faunos grises; a veces detrás de una pierna, de un muslo, agazapados en escorzos imposibles; otras veces ni siquiera dejan ver su cara, se muestran de espaldas, encorvados, abren sus alas de fauno en un esplendor de músculos completamente desconocido para mí, sus obscenos claroscuros me deslumbran, la textura de su vello me embruja, los colores satinados de su piel me embotan los sentidos, me paralizan; sin saber por qué, sin pensármelo siquiera, me lanzo hacia ellos, salto de mí mismo, vuelco mi espíritu de niño sobre esas páginas acartonadas, mi alma virgen vuela por primera vez fuera de mis contornos y me proyecto hasta situarme yo mismo dentro de esas páginas, para imaginar los rostros de esos cuerpos anónimos surgidos de la nada, para imbuirme de esa nueva realidad que de pronto se pega a mi ropa, a mi propio rostro, para mirarles a la cara que les que les deseo, que les empiezo a imaginar; porque aquí precisamente es donde nace mi imaginación, aquí precisamente es donde muere mi inocencia; ese dulce hormigueo que siento en mis manos de repente heladas, ese deseo innombrable que mueve el mundo, que arrasa todo lo que se cruza a su paso, que triunfa sobre la voluntad de los hombres, todo ello se encuentra concentrado como en una gota de oro refulgente, minúscula, pero a la vez infinita, detrás de esta hermosa espalda de fauno que un día me encuentro y que me aniquila...

...que me aniquila para siempre...

...para siempre, justamente el mismo tiempo que Raúl, que ahora me espera a lo lejos, seguirá ajeno a la belleza de mi descubrimiento, como tampoco percibirá, como lo estoy haciendo yo ahora mismo, la existencia de un montón de cemento reseco vertido en medio del descampado, y en medio de ese montón de cemento, la existencia de una hierba verdeante, minúscula, que había logrado brotar de la materia muerta que asfixiaba la tierra, que había elevado su frágil tallo a través de las asperezas del cemento, que se había aferrado a la única forma que conocía de sobrevivir y, en medio de esa hierba milagrosa, la existencia aún más insensata de una lombriz que lucha afanosamente por salir a la superficie, ciega, sin conciencia alguna de la dimensión de su lucha insignificante pero hercúlea, de su triunfo mudo sobre la voluntad de los hombres.

Los faunos grises II

Pero para llegar a ese silencio hay que haber cruzado el puente, hay que haber perdido la inocencia, o más bien, hay que haber asistido a la pérdida de la inocencia, a su victoria pírrica, porque de otro modo la inocencia jamás existiría, porque la inocencia no existe hasta el momento en que nuestro rostro enrojece y la reconocemos sin tener siquiera que nombrarla, aunque de algún modo sí que lo hagamos y por eso se exhala de nosotros mismos, se condensa a nuestro alrededor y nos abandona para siempre.

Mi inocencia, pues, existió la tarde en que a Raúl se le ocurre venir aquí y, junto a él, cruzo el puente que atraviesa la vía del tren. Sigo su imagen dorada delante a mí, proyectada en latidos oscuros, edulcorada de sucios residuos de sueños; primero le sigo cuando se adelanta, pero tan sólo a unos pasos de mí, cuando va por el borde de la vía pisando despreocupadamente los cantos tiznados que se derraman a ambos lados de la vía y que, como una ola de piedra, van a besar los verdeantes herbajes que sirven de lecho para las amapolas; luego, desde ese mismo lecho, admiro la elegancia con que se encarama por el estrecho sendero que asciende desde la vía hasta la valla del recinto industrial; al segundo siguiente, le vuelvo a ver, esta vez agachado para abrirme paso por el pequeño agujero de la valla metálica y, en un latido que nunca saldrá de mi pecho, no puedo evitar fijarme en la pequeña mancha que se ha formado en su pantalón. Sobre la tela azul clara y desgastada, coronando la rodilla flexionada de Raúl que ahora tengo frente a mí, ha brotado un borrón parduzco. Alrededor, una corona de barro reseco embellece aún más -retrasa- el momento en que fijo los ojos en los matices amoratados, enrojecidos, sucios, sangrantes que una amapola muerta ha estampado para siempre sobre la tela que es mi memoria.
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Y ahora, respiro y observo, me veo a mí mismo en ese momento y también le veo a él (es decir, nos veo) avanzando desde la distancia, soy consciente de todo pero ese todo inapresable e intangible al que me aferro me arrastra violentamente con él. A medida que nos alejamos de la vía, yo también me alejo, me fundo a mi alrededor como un silencio, me asimilo a mis gestos, mi cuerpo me invita a acompañarnos a través de la valla metálica, a través de los recuerdos de esa tarde, como un espectador más, como una tercera presencia inevitable.

domingo, marzo 19, 2006

Los faunos grises I

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Las páginas están gastadas, apelmazadas por la lluvia, pero aún se pueden pasar. Sólo hay que separar un poco las hojas y escuchar el sonido que hacen al despegarse. Están todavía algo húmedas, acartonadas, tienen un peso distinto que parece dotarlas de una gravedad especial, como las de un manuscrito abandonado, es la gravedad del momento anterior a su descubrimiento, la anticipación de algo que aún no existe, pero que está presente en estas páginas. El agua ha deformado el papel satinado, ha esparcido la tinta fuera de sus límites originales, apenas se distinguen los caracteres, los márgenes se confunden, las caras impresas se desfiguran. Siento ese abultamiento, esa amalgama de formas y colores, incluso el ligero aroma rancio que desprenden, como una delación de su pasado, de su existencia antes de llegar a mis manos.
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Y sin embargo, hoy es la última vez que se pasaran estas páginas. Su vida, cuyos detalles sólo puedo inventar, terminará entre mis manos, que llegan a ellas por pura casualidad, por instinto, sin un recuerdo concreto, pues no guardo ningún recuerdo en absoluto. Mi memoria está vacía, tengo que crear mis propios recuerdos, al igual que los dioses antiguos, quienes, ajenos a los dictados de la costumbre, tuvieron que crear la suya propia: aquello que los mortales llamaron mitología. Estoy hecho, pues, de mitologías, no de recuerdos. Mis mitos tienen lugar en descampados, en barrizales, entre montones de basura y hierro, en el más bello de los atardeceres imaginables. El mismo que baña estas páginas sucias y acartonadas.
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Puede ser cualquier tarde, o quizá la suma extraviada de todas ellas, eso no importa. Vengo aquí, ya lo he dicho, por casualidad, por instinto, siguiendo a Raúl. El polígono no está lejos, pero hay que atravesar la vía del tren. Ése es el último sonido que oímos, su suave cadencia ausentándose en la lejanía, sublimándose como la vida se sublima a mis recuerdos y se escapa al mediodía, cuando las naves cierran y los hombres desaparecen, cuando ya no hay necesidad de estar aquí. Y es entonces cuando venimos nosotros, cuando nos escabullimos a éste, nuestro refugio a cielo abierto, nuestra guarida al descubierto, nuestra única intimidad posible. En la intimidad de mis recuerdos crecen montones de escombros, jirones de hierro y enormes charcos de óxido, paisajes degradados en colores que invento a cada paso, entre llantas de coches y cristales rotos; y entre los fragmentos de mi memoria, encuentro siempre infinitos tesoros cifrados: jerséis mugrientos, latas de aceite corroídas, gorros de lana deshilachados, jeringuillas ocultas entre la hierba, pañuelos de papel ensangrentados, bolsas de plástico que el viento ha enganchado caprichosamente entre la hierba. Me paro un momento y lo observo todo detenidamente para poder recordarlo, todo lo que crece descuidado por encima del aroma de esa tarde. Todo lo que alguna vez fue usado y tirado, todo lo que alguna vez contuvo algo: presencias huecas que ya nadie llenará de nuevo, pero que llenan mi memoria.

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Y es precisamente aquí, donde los silencios se alejan de los hombres para hablar su propio lenguaje, donde me encuentro con estas páginas. Precisamente aquí, donde los sauces brotan milagrosamente del asfalto. Precisamente aquí, donde se forjará mi propio silencio, el que siempre me acompañará, el que me herirá con su mera presencia, un silencio onmipresente, un silencio de sucio carmesí, un silencio cuya herida parirá unas llagas vivas y lacerantes que se enquistarán en mi alma, en mi cuerpo mismo, a veces en forma de ausencia, a veces en forma de rosas, pero sobre todo, cifradas en el perfil de mi frente, en la sombra de mis pómulos, en la horcajada que dibuja mi mandíbula, en el contorno cadavérico que me concreta y que sólo dice, silencio.

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[...]

domingo, marzo 12, 2006

Un interludio cargado de posibilidades

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Hoy no me han hecho falta ni metáforas, ni símiles ni pollas en vinagre. Hoy los almendros florecían a mi paso. Sí, vale, como todos los años. Pero este año de seises, que, como predije, es naranja (sólo había que cerrar los ojos esta mañana de domingo mirando al cielo), esta primera patita que asoma la primavera parece juguetear con lo que ya está aquí y con lo que vendrá.

La primavera de 2003 fue roja y yo iba en tren a las clases de interpretación de Aranjuez pensando en Logan.
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La primavera de 2004 fue verde y yo iba en el Metrosur a perder el tiempo al centro de Madrid pensando en Daniel.
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La primavera de 2005 fue azul y yo iba andando por Ecclesal Road, empapado hasta el tuétano, pensando en todo menos en Fabien, aunque acababa pensando en él.
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Esta primavera no tengo en quién pensar, pero eso no me ha quitado la estúpida sonrisa de la boca durante todo el viaje de vuelta a BCN porque, por primera vez en mucho tiempo, tengo la impresión de que las cosas están donde tienen que estar.
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Por cierto, ya tengo WIFI en casa. Soy contento, como diría Fran.

Escuchando la partitura original de Donnie Darko.

miércoles, marzo 08, 2006

Eyacular para dentro

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Hace tiempo me contaron una de las anécdotas más tiernas que conozco. Y me parece tierna porque tiene que ver con ese tipo de inocencia que uno tiene una vez en la vida y que, una vez perdida, es imposible recuperar. Resulta que a B., una amiga de la facultad, de pequeña le gustaba cantar. Pero ella no era como esas niñas insoportables que uno se encuentra en el autobús entonando un loop interminable del último éxito de Chenoa. No, ella era demasiado tímida para eso. Ella cantaba para dentro. Sin abrir la boca. Así podía repetir una y otra vez la sintonía de su serie de dibujos favorita sin que nadie se enterara, podía ensayar falsetes prodigiosos, perpetrar todos los gallos que quisiera o, simplemente, ir de la mano de su madre sin molestar a nadie. Sin abrir la boca. Su boca era un rincón secreto de total libertad, una parte de su pequeño cuerpo, de su pequeño mundo, que nadie conocía y al que nadie podía acceder. B. iba por la calle, arrastrada por la mano de su madre, de casa al colegio y del colegio a casa, balanceando sus trenzas al ritmo de una canción que sólo existía en ese recóndito universo de vibraciones, de cuerdas vocales y dientes de leche, y era la niña más feliz del mundo.
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Así fue hasta que un día su madre, camino del mercado del barrio, se paró a hablar con un señor al que B. no había visto nunca. El señor, tras intercambiar un par de cotilleos con la madre de B., se giró hacia ésta y le preguntó qué era aquello que cantaba esa niña tan guapa. B. se quedó helada. ¿Acaso aquel señor podía oírla? Tanto la cara de su madre como la del señor parecían indicar que sí. Y si aquel señor podía oírla cantar, ¿es que todo el mundo podía? ¿Acaso siempre la habían oído? ¿Y por qué nadie se lo había dicho hasta ahora? De repente, todo el mundo de B. se vino abajo, se dio cuenta de que ese mundo secreto dentro de su boca no era secreto en absoluto, que pertenecía a los demás, que no era enteramente suyo.
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Fue una suerte de ingreso en el mundo, un empujón a la realidad, como si de pronto se viera desnuda encima de un escenario, con un foco dirigido hacia ella y sin saber qué se esperaba de ella, demasiado avergonzada para hacer nada. La conciencia de que todos los sonidos que emitiera serían escuchados se apoderó de ella. Ya no podría ensayar sus falsetes, cambiarle la letra a la sintonía de Barrio Sésamo (¿tenía letra?) ni desafinar con las canciones de Parchis. Desde ese día, dejó de cantar para dentro. Pero, como era una niña tan tímida, tampoco se atrevió a cantar para fuera. Así que, sencillamente, decidió no cantar nunca más.
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Yo esto de cantar, pues como que tampoco. Lo suelo hacer más bien en conciertos o en otros sitios en los que una masa de gente corea al unísono (léase, se inventa) la canción de turno. Si no, no me sale. Lo más que hago es farfullar por lo bajini cuando voy por la calle con el Ipod, que sé que queda fatal, pero un poco menos mal que hablar solo, que también lo hago, pero eso más en casa. Si no, ya digo, no me sale.
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El otro día me acordé de esta anécdota porque, (no me preguntéis el motivo) en medio de una fiesta, me preguntaron si yo era marica de los que nacen o de los que se hacen. Y no supe qué responder. Me puse a pensar en las edulcoradas imágenes eróticas de mi prepubertad, señal inequívoca de los derroteros que llevará la sexualidad de uno el resto de su vida y, por tanto, primer indicio verdadero de lo que está empezando a crecer ahí abajo (además del vello púbico). A mí no me duelen prendas en reconocer que, de entre todas esas imágenes, las de superhéroes solían ser las más recurrentes (y eso que en mi época aún no había ningún Rob Liefeld que le pusiera tetas al Capi). De ahí nació una fijación por los tipos hipertrofiados y una más que sospechosa afición al dibujo artístico. Bueno, para no desviarnos más del tema, digamos que concluí que era marica de nacimiento, y así se lo dije a la persona que me lo preguntó. A pesar de que el tema me había interesado, tuvimos que dejar la conversación en ese punto de la noche (al final de la cual acabé paradójicamente en el Salvation). De modo que durante los siguientes días, mientras yo hacía mi vida normal, mi mente seguía una subtrama silenciosa dándole vueltas a aquello por cuenta propia, haciendo un recorrido regresivo por mis obsesiones sexuales que, inevitablemente, le llevó a los temerosos y dulces inicios en los que uno empezaba a experimentar con todo aquello, en privado, tanteando el terreno de puertas para adentro, en la despreocupada liviandad que el cuerpo nos brinda en la infancia y a la que una pequeña y gota de lefa pone fin sin remedio. De todas las pérdidas de inocencia que uno tiene durante esa época de constante mutación que es la pubertad, la primera mascá, como dicen en mi barrio, es la más dulce. Ya lo sabía el niño de Happiness. Esa tan ansiada como temida presencia blanca fue para mí una forma de saber que mi mundo privado ya no me pertenecía, fue mi particular ingreso en el mundo. Y no sé por qué, pero últimamente es una imagen (metafóricamente, quiero decir) que se repite en mi vida. Supongo que para disfrutar de verdad de las cosas hay que mancharse, si no, no tiene gracia. Yo, por lo menos, voy a ponerme manos a la obra.
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Escuchando Your Girl, de Mariah Carey.

domingo, marzo 05, 2006

La filosofía de los viajes en el tiempo (2ª parte)

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El canal de Dios. Así llaman al agujero de gusano que te proyecta hacia el futuro para ver cómo será tu vida en los próximos 28 días. La paradoja que esto plantea es tan vieja como los oráculos griegos o el Delorean de Doc: conocer tu destino, ¿signifca poder cambiarlo? O, aún más importante, ¿significa querer cambiarlo?

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Hace un par de semanas me hacía el muerto contemplando mi futuro próximo, seguro de que llegaría hasta él, no importaba cómo. Hace un par de semanas que vine a Barcelona siguiendo ese agujero de gusano que me proyectaba hacia adelante como el tren que me trajo hasta aquí. Tras una primera semana de bandazos y tentativas, de búsquedas infructuosas, de indigencias y carencias, el destino se cumplió de la manera más natural del mundo, como si siempre hubiera estado ahí. Tenía enfrente el arco del triunfo que unas semanas antes había visto al final de ese agujero de gusano, que en realidad ya había visto un par de años antes, en mi primera y azorada visita a Barcelona. El viernes pasado, cuando volvía de mi nuevo video club con Donnie Darko bajo el brazo, al atravesar ese mismo arco del triunfo me acordé del canal de Dios, y de la risa histérica de Donnie al final de la peli.

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Quizá todo lo que uno hace no sea más que parte de un plan prefijado, no importa si ese plan ha sido dispuesto por Dios o por uno mismo. Lo paradójico es que, a pesar de no conocer ese plan, lo vamos cumpliendo punto por punto, aunque la mayor parte del tiempo no seamos conscientes de ello. Sin embargo, de cuando en cuando, llegamos a vislumbrar un sentido en medio de la incoherencia y tendemos a afferarnos a ese sentido, a darle vueltas y a teorizar absurdamente sobre él -incluso algunos, entre los que me incluía, pretenden modificarlo, adaptarlo a los patrones de sus conciencia hasta adocenarlo-. El caso es que da igual lo que hagamos porque, de una u otra manera, seguiremos cumpliendo ese plan hasta su más mínimo detalle, porque no puede ser de otra manera. Y quizá no sea tan malo aceptarlo, porque si ese plan es la vida de cada uno, intuir que no puede ser de otra manera es una forma de aceptarla, de aceptarla completamente, pase lo que pase, con una risa histérica, porque, al fin y al cabo, no podía ser de otra manera.