Tierra 616

miércoles, marzo 08, 2006

Eyacular para dentro

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Hace tiempo me contaron una de las anécdotas más tiernas que conozco. Y me parece tierna porque tiene que ver con ese tipo de inocencia que uno tiene una vez en la vida y que, una vez perdida, es imposible recuperar. Resulta que a B., una amiga de la facultad, de pequeña le gustaba cantar. Pero ella no era como esas niñas insoportables que uno se encuentra en el autobús entonando un loop interminable del último éxito de Chenoa. No, ella era demasiado tímida para eso. Ella cantaba para dentro. Sin abrir la boca. Así podía repetir una y otra vez la sintonía de su serie de dibujos favorita sin que nadie se enterara, podía ensayar falsetes prodigiosos, perpetrar todos los gallos que quisiera o, simplemente, ir de la mano de su madre sin molestar a nadie. Sin abrir la boca. Su boca era un rincón secreto de total libertad, una parte de su pequeño cuerpo, de su pequeño mundo, que nadie conocía y al que nadie podía acceder. B. iba por la calle, arrastrada por la mano de su madre, de casa al colegio y del colegio a casa, balanceando sus trenzas al ritmo de una canción que sólo existía en ese recóndito universo de vibraciones, de cuerdas vocales y dientes de leche, y era la niña más feliz del mundo.
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Así fue hasta que un día su madre, camino del mercado del barrio, se paró a hablar con un señor al que B. no había visto nunca. El señor, tras intercambiar un par de cotilleos con la madre de B., se giró hacia ésta y le preguntó qué era aquello que cantaba esa niña tan guapa. B. se quedó helada. ¿Acaso aquel señor podía oírla? Tanto la cara de su madre como la del señor parecían indicar que sí. Y si aquel señor podía oírla cantar, ¿es que todo el mundo podía? ¿Acaso siempre la habían oído? ¿Y por qué nadie se lo había dicho hasta ahora? De repente, todo el mundo de B. se vino abajo, se dio cuenta de que ese mundo secreto dentro de su boca no era secreto en absoluto, que pertenecía a los demás, que no era enteramente suyo.
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Fue una suerte de ingreso en el mundo, un empujón a la realidad, como si de pronto se viera desnuda encima de un escenario, con un foco dirigido hacia ella y sin saber qué se esperaba de ella, demasiado avergonzada para hacer nada. La conciencia de que todos los sonidos que emitiera serían escuchados se apoderó de ella. Ya no podría ensayar sus falsetes, cambiarle la letra a la sintonía de Barrio Sésamo (¿tenía letra?) ni desafinar con las canciones de Parchis. Desde ese día, dejó de cantar para dentro. Pero, como era una niña tan tímida, tampoco se atrevió a cantar para fuera. Así que, sencillamente, decidió no cantar nunca más.
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Yo esto de cantar, pues como que tampoco. Lo suelo hacer más bien en conciertos o en otros sitios en los que una masa de gente corea al unísono (léase, se inventa) la canción de turno. Si no, no me sale. Lo más que hago es farfullar por lo bajini cuando voy por la calle con el Ipod, que sé que queda fatal, pero un poco menos mal que hablar solo, que también lo hago, pero eso más en casa. Si no, ya digo, no me sale.
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El otro día me acordé de esta anécdota porque, (no me preguntéis el motivo) en medio de una fiesta, me preguntaron si yo era marica de los que nacen o de los que se hacen. Y no supe qué responder. Me puse a pensar en las edulcoradas imágenes eróticas de mi prepubertad, señal inequívoca de los derroteros que llevará la sexualidad de uno el resto de su vida y, por tanto, primer indicio verdadero de lo que está empezando a crecer ahí abajo (además del vello púbico). A mí no me duelen prendas en reconocer que, de entre todas esas imágenes, las de superhéroes solían ser las más recurrentes (y eso que en mi época aún no había ningún Rob Liefeld que le pusiera tetas al Capi). De ahí nació una fijación por los tipos hipertrofiados y una más que sospechosa afición al dibujo artístico. Bueno, para no desviarnos más del tema, digamos que concluí que era marica de nacimiento, y así se lo dije a la persona que me lo preguntó. A pesar de que el tema me había interesado, tuvimos que dejar la conversación en ese punto de la noche (al final de la cual acabé paradójicamente en el Salvation). De modo que durante los siguientes días, mientras yo hacía mi vida normal, mi mente seguía una subtrama silenciosa dándole vueltas a aquello por cuenta propia, haciendo un recorrido regresivo por mis obsesiones sexuales que, inevitablemente, le llevó a los temerosos y dulces inicios en los que uno empezaba a experimentar con todo aquello, en privado, tanteando el terreno de puertas para adentro, en la despreocupada liviandad que el cuerpo nos brinda en la infancia y a la que una pequeña y gota de lefa pone fin sin remedio. De todas las pérdidas de inocencia que uno tiene durante esa época de constante mutación que es la pubertad, la primera mascá, como dicen en mi barrio, es la más dulce. Ya lo sabía el niño de Happiness. Esa tan ansiada como temida presencia blanca fue para mí una forma de saber que mi mundo privado ya no me pertenecía, fue mi particular ingreso en el mundo. Y no sé por qué, pero últimamente es una imagen (metafóricamente, quiero decir) que se repite en mi vida. Supongo que para disfrutar de verdad de las cosas hay que mancharse, si no, no tiene gracia. Yo, por lo menos, voy a ponerme manos a la obra.
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Escuchando Your Girl, de Mariah Carey.