Tierra 616

domingo, marzo 05, 2006

La filosofía de los viajes en el tiempo (2ª parte)

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El canal de Dios. Así llaman al agujero de gusano que te proyecta hacia el futuro para ver cómo será tu vida en los próximos 28 días. La paradoja que esto plantea es tan vieja como los oráculos griegos o el Delorean de Doc: conocer tu destino, ¿signifca poder cambiarlo? O, aún más importante, ¿significa querer cambiarlo?

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Hace un par de semanas me hacía el muerto contemplando mi futuro próximo, seguro de que llegaría hasta él, no importaba cómo. Hace un par de semanas que vine a Barcelona siguiendo ese agujero de gusano que me proyectaba hacia adelante como el tren que me trajo hasta aquí. Tras una primera semana de bandazos y tentativas, de búsquedas infructuosas, de indigencias y carencias, el destino se cumplió de la manera más natural del mundo, como si siempre hubiera estado ahí. Tenía enfrente el arco del triunfo que unas semanas antes había visto al final de ese agujero de gusano, que en realidad ya había visto un par de años antes, en mi primera y azorada visita a Barcelona. El viernes pasado, cuando volvía de mi nuevo video club con Donnie Darko bajo el brazo, al atravesar ese mismo arco del triunfo me acordé del canal de Dios, y de la risa histérica de Donnie al final de la peli.

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Quizá todo lo que uno hace no sea más que parte de un plan prefijado, no importa si ese plan ha sido dispuesto por Dios o por uno mismo. Lo paradójico es que, a pesar de no conocer ese plan, lo vamos cumpliendo punto por punto, aunque la mayor parte del tiempo no seamos conscientes de ello. Sin embargo, de cuando en cuando, llegamos a vislumbrar un sentido en medio de la incoherencia y tendemos a afferarnos a ese sentido, a darle vueltas y a teorizar absurdamente sobre él -incluso algunos, entre los que me incluía, pretenden modificarlo, adaptarlo a los patrones de sus conciencia hasta adocenarlo-. El caso es que da igual lo que hagamos porque, de una u otra manera, seguiremos cumpliendo ese plan hasta su más mínimo detalle, porque no puede ser de otra manera. Y quizá no sea tan malo aceptarlo, porque si ese plan es la vida de cada uno, intuir que no puede ser de otra manera es una forma de aceptarla, de aceptarla completamente, pase lo que pase, con una risa histérica, porque, al fin y al cabo, no podía ser de otra manera.