Tierra 616

domingo, marzo 19, 2006

Los faunos grises I

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Las páginas están gastadas, apelmazadas por la lluvia, pero aún se pueden pasar. Sólo hay que separar un poco las hojas y escuchar el sonido que hacen al despegarse. Están todavía algo húmedas, acartonadas, tienen un peso distinto que parece dotarlas de una gravedad especial, como las de un manuscrito abandonado, es la gravedad del momento anterior a su descubrimiento, la anticipación de algo que aún no existe, pero que está presente en estas páginas. El agua ha deformado el papel satinado, ha esparcido la tinta fuera de sus límites originales, apenas se distinguen los caracteres, los márgenes se confunden, las caras impresas se desfiguran. Siento ese abultamiento, esa amalgama de formas y colores, incluso el ligero aroma rancio que desprenden, como una delación de su pasado, de su existencia antes de llegar a mis manos.
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Y sin embargo, hoy es la última vez que se pasaran estas páginas. Su vida, cuyos detalles sólo puedo inventar, terminará entre mis manos, que llegan a ellas por pura casualidad, por instinto, sin un recuerdo concreto, pues no guardo ningún recuerdo en absoluto. Mi memoria está vacía, tengo que crear mis propios recuerdos, al igual que los dioses antiguos, quienes, ajenos a los dictados de la costumbre, tuvieron que crear la suya propia: aquello que los mortales llamaron mitología. Estoy hecho, pues, de mitologías, no de recuerdos. Mis mitos tienen lugar en descampados, en barrizales, entre montones de basura y hierro, en el más bello de los atardeceres imaginables. El mismo que baña estas páginas sucias y acartonadas.
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Puede ser cualquier tarde, o quizá la suma extraviada de todas ellas, eso no importa. Vengo aquí, ya lo he dicho, por casualidad, por instinto, siguiendo a Raúl. El polígono no está lejos, pero hay que atravesar la vía del tren. Ése es el último sonido que oímos, su suave cadencia ausentándose en la lejanía, sublimándose como la vida se sublima a mis recuerdos y se escapa al mediodía, cuando las naves cierran y los hombres desaparecen, cuando ya no hay necesidad de estar aquí. Y es entonces cuando venimos nosotros, cuando nos escabullimos a éste, nuestro refugio a cielo abierto, nuestra guarida al descubierto, nuestra única intimidad posible. En la intimidad de mis recuerdos crecen montones de escombros, jirones de hierro y enormes charcos de óxido, paisajes degradados en colores que invento a cada paso, entre llantas de coches y cristales rotos; y entre los fragmentos de mi memoria, encuentro siempre infinitos tesoros cifrados: jerséis mugrientos, latas de aceite corroídas, gorros de lana deshilachados, jeringuillas ocultas entre la hierba, pañuelos de papel ensangrentados, bolsas de plástico que el viento ha enganchado caprichosamente entre la hierba. Me paro un momento y lo observo todo detenidamente para poder recordarlo, todo lo que crece descuidado por encima del aroma de esa tarde. Todo lo que alguna vez fue usado y tirado, todo lo que alguna vez contuvo algo: presencias huecas que ya nadie llenará de nuevo, pero que llenan mi memoria.

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Y es precisamente aquí, donde los silencios se alejan de los hombres para hablar su propio lenguaje, donde me encuentro con estas páginas. Precisamente aquí, donde los sauces brotan milagrosamente del asfalto. Precisamente aquí, donde se forjará mi propio silencio, el que siempre me acompañará, el que me herirá con su mera presencia, un silencio onmipresente, un silencio de sucio carmesí, un silencio cuya herida parirá unas llagas vivas y lacerantes que se enquistarán en mi alma, en mi cuerpo mismo, a veces en forma de ausencia, a veces en forma de rosas, pero sobre todo, cifradas en el perfil de mi frente, en la sombra de mis pómulos, en la horcajada que dibuja mi mandíbula, en el contorno cadavérico que me concreta y que sólo dice, silencio.

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