Tierra 616

martes, marzo 21, 2006

Los faunos grises II

Pero para llegar a ese silencio hay que haber cruzado el puente, hay que haber perdido la inocencia, o más bien, hay que haber asistido a la pérdida de la inocencia, a su victoria pírrica, porque de otro modo la inocencia jamás existiría, porque la inocencia no existe hasta el momento en que nuestro rostro enrojece y la reconocemos sin tener siquiera que nombrarla, aunque de algún modo sí que lo hagamos y por eso se exhala de nosotros mismos, se condensa a nuestro alrededor y nos abandona para siempre.

Mi inocencia, pues, existió la tarde en que a Raúl se le ocurre venir aquí y, junto a él, cruzo el puente que atraviesa la vía del tren. Sigo su imagen dorada delante a mí, proyectada en latidos oscuros, edulcorada de sucios residuos de sueños; primero le sigo cuando se adelanta, pero tan sólo a unos pasos de mí, cuando va por el borde de la vía pisando despreocupadamente los cantos tiznados que se derraman a ambos lados de la vía y que, como una ola de piedra, van a besar los verdeantes herbajes que sirven de lecho para las amapolas; luego, desde ese mismo lecho, admiro la elegancia con que se encarama por el estrecho sendero que asciende desde la vía hasta la valla del recinto industrial; al segundo siguiente, le vuelvo a ver, esta vez agachado para abrirme paso por el pequeño agujero de la valla metálica y, en un latido que nunca saldrá de mi pecho, no puedo evitar fijarme en la pequeña mancha que se ha formado en su pantalón. Sobre la tela azul clara y desgastada, coronando la rodilla flexionada de Raúl que ahora tengo frente a mí, ha brotado un borrón parduzco. Alrededor, una corona de barro reseco embellece aún más -retrasa- el momento en que fijo los ojos en los matices amoratados, enrojecidos, sucios, sangrantes que una amapola muerta ha estampado para siempre sobre la tela que es mi memoria.
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Y ahora, respiro y observo, me veo a mí mismo en ese momento y también le veo a él (es decir, nos veo) avanzando desde la distancia, soy consciente de todo pero ese todo inapresable e intangible al que me aferro me arrastra violentamente con él. A medida que nos alejamos de la vía, yo también me alejo, me fundo a mi alrededor como un silencio, me asimilo a mis gestos, mi cuerpo me invita a acompañarnos a través de la valla metálica, a través de los recuerdos de esa tarde, como un espectador más, como una tercera presencia inevitable.