Tierra 616

martes, marzo 21, 2006

Los faunos grises III


Entre la vía del tren y las naves del polígono existe un extenso trecho baldío y desfigurado que se eleva en medio del asfalto, un descampado yermo en el que nadie quiso arraigar nada, y que, a falta de un dueño, terminó sirviendo de vertedero improvisado. Desde donde estamos, erigidos sobre él, casi da la impresión de ser una isla abandonada que nosotros, por el mero hecho de estar aquí, de ser sus únicos habitantes, hemos hecho nuestra. Sin embargo, esta isla nuestra esta llena de vestigios de otros, de sus hermosos desechos, diseminados por un relieve que no es natural ni artificial, que se desvive en montículos creados por el azar y la desidia. El mismo relieve que las excavadoras dejaron tras de sí al construir las vías del tren y que los despojos del polígono terminaron de conformar, el mismo en el que, años después, a pesar de todo, las hierbas obstinadas volvieron a clavar su empeño por nacer. El mismo relieve que, muchos más años después, desaparecerá definitivamente y para siempre aplastado bajo el asfalto; el mismo relieve del que ya no queda nada, como tampoco queda nada de Raúl ni de mí, tan sólo esa mancha oscura de amapola que ensucia y embellece mis sueños.


Pues son las pinceladas de un niño las que avanzan por encima de la maleza endurecida, apartando ramas y latas de refresco a su paso. Seguimos un sendero desdibujado que sin embargo alguien debió de pisar antes que nosotros, un camino que debemos descifrar para atravesar el descampado y llegar al otro lado. Recuerdo, es decir, decido alzar la vista, esforzarme por mirar hacia delante para no perder a Raúl. Él, que nada sabe de su papel en este mundo en negativo, será quien me abra la puerta a este palacio sin columnas que se proyecta en toda su ingenua magnificencia en el horizonte de esa tarde primaveral. A partir de él recorro los campos, me infiltro entre las zanjas y las aceras: sigo su estela; piso la gravilla que ribetea el asfalto con los dibujos de sus huellas; sorteo los charcos como él los sortea; él lleva el rumbo que elijo seguir.

Y sin embargo, si nos preguntaran, no sabríamos decir adónde nos dirigimos, ni por qué estamos aquí. No tener un motivo es para nosotros el capricho mismo, nos salva de la circunstancia. Durante tardes enteras, días enteros, nos lanzamos a esa salvedad como animales, corremos uno detrás del otro, nos perdemos en ella. Todo esto es anterior a algo que nos engullirá, a algo que intuimos esquilmará las maravillas de este lugar y de este momento, que lo dinamitará y nos lo negará para siempre. Por eso hoy es la última vez.

Pero yo aún no sé todo eso. Solamente sigo a Raúl apartando las hierbas secas que han aplastado las tormentas primaverales. La lluvia ha hecho que los colores y los olores del descapado empiecen a emerger de su letargo, vívidos pero corroídos; se respira una intimidad que huele a sucio, pero también a vida, que impregna toda la escena; se me pega a la ropa, a la piel, al estómago, la tengo entre mis manos, la siento en mi rostro enrojecido...

...pero mi inocencia aún no tiene nombre, para saber su nombre sólo hay que separar un poco las hojas y escuchar el sonido que hacen al despegarse; porque en estas páginas acartonadas que nos encontramos en los recuerdos de mis sueños se esconden los faunos grises; a veces detrás de una pierna, de un muslo, agazapados en escorzos imposibles; otras veces ni siquiera dejan ver su cara, se muestran de espaldas, encorvados, abren sus alas de fauno en un esplendor de músculos completamente desconocido para mí, sus obscenos claroscuros me deslumbran, la textura de su vello me embruja, los colores satinados de su piel me embotan los sentidos, me paralizan; sin saber por qué, sin pensármelo siquiera, me lanzo hacia ellos, salto de mí mismo, vuelco mi espíritu de niño sobre esas páginas acartonadas, mi alma virgen vuela por primera vez fuera de mis contornos y me proyecto hasta situarme yo mismo dentro de esas páginas, para imaginar los rostros de esos cuerpos anónimos surgidos de la nada, para imbuirme de esa nueva realidad que de pronto se pega a mi ropa, a mi propio rostro, para mirarles a la cara que les que les deseo, que les empiezo a imaginar; porque aquí precisamente es donde nace mi imaginación, aquí precisamente es donde muere mi inocencia; ese dulce hormigueo que siento en mis manos de repente heladas, ese deseo innombrable que mueve el mundo, que arrasa todo lo que se cruza a su paso, que triunfa sobre la voluntad de los hombres, todo ello se encuentra concentrado como en una gota de oro refulgente, minúscula, pero a la vez infinita, detrás de esta hermosa espalda de fauno que un día me encuentro y que me aniquila...

...que me aniquila para siempre...

...para siempre, justamente el mismo tiempo que Raúl, que ahora me espera a lo lejos, seguirá ajeno a la belleza de mi descubrimiento, como tampoco percibirá, como lo estoy haciendo yo ahora mismo, la existencia de un montón de cemento reseco vertido en medio del descampado, y en medio de ese montón de cemento, la existencia de una hierba verdeante, minúscula, que había logrado brotar de la materia muerta que asfixiaba la tierra, que había elevado su frágil tallo a través de las asperezas del cemento, que se había aferrado a la única forma que conocía de sobrevivir y, en medio de esa hierba milagrosa, la existencia aún más insensata de una lombriz que lucha afanosamente por salir a la superficie, ciega, sin conciencia alguna de la dimensión de su lucha insignificante pero hercúlea, de su triunfo mudo sobre la voluntad de los hombres.