Tierra 616

viernes, abril 28, 2006

Próximamente: Historias vendo y para mí no tengo (vol. II)

martes, abril 25, 2006

Confluencias


El universo tangencial se colapsará en 13 horas, 6 minutos y 32 segundos.
Será en el cine Ambugú, Sala Apolo (Metro Paralell)
a las 22:30.
Y yo pienso pillar un buen sitio.

domingo, abril 23, 2006

Los domingos matan más hombres que las bombas

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San Jordi, Parque de la Ciudadela.

Escuchando I Don’t Know What It Is.

Supongo que ahora comienza otra etapa. Mis motivaciones han sufrido un ligero cambio. ¿Que qué significa eso? Que ya no estoy donde creía que estaba ni voy adonde quería ir.

Por ejemplo, ahora soy más consciente de donde estoy (en un parque, escribiendo). No es que sea muy distinto a los lugares en los que he estado antes, pero ahora que voy aprendiendo a conocerme, también estoy aprendiendo a asentarme allá donde pongo el culo.

Escuchando In My Arms Tonight.

¿Es esto cierto? ¿Puedo creer en esto que escribo? ¿Me refleja? ¿Me representa? Hasta ahora me mentía diciéndome que sí. ¿Por qué iba a ser distinto ahora? Tantas veces he sido consciente de mis autoengaños que ya no me quedan motivos para creer que esta vez será distinto, no me quedan motivos para confiar en mí mismo.

Escuchando Movies Of Myself.

¿Qué hace falta para aceptarse a uno mismo? Ninguna experiencia me ha revelado aspectos de mí mismo que desconociera (soy muy exigente con todo lo que me ocurre, pocas veces llega algo a cumplir mis expectativas). En cualquier caso, ¿es eso necesario para conocerse a sí mismo? ¿Es necesario, ya que estamos, ese conocimiento? Y si lo es, ¿para qué? ¿Para vivir? ¿Para –y ahí voy- vivir de acuerdo con uno mismo? Para no traicionarse (mi temor)? Recuerdo inevitablemente la frase de I Heart Huckabees «How I am not myself, how I am not myself, how I am not myself…» Cuando se piensa así, es inevitable sentir nauseas, llevarse las manos a la boca y vomitar en frente de todos. Pues yo lo he sido. O no lo he sido, según se mire.

Escuchando Dis, Quand Reviendras tu.

De nuevo la pregunta, ¿cómo saber que esta vez será distinto? ¿Acaso me conozco más que, pongamos por caso, hace una semana?

Hace una semana, cuando bajé a Madrid, por fin les dije a mis padres que era maricón. Eran las únicas personas que no lo sabían, todavía. El motivo, bueno, pues explicarlo llevaría tiempo. 25 años aproximadamente.

Escuchando Pretty Things.

Y, mientras tanto, tengo una «tarea» pendiente: hacer una lista. Bueno, más bien dos. Una con las «cosas» de mi estado actual y otra con las «cosas» de mi estado deseado... Las llamo cosas porque no sé cómo llamarlas. Y la llamo tarea porque me la ha puesto mi psicólogo (esto último va sin comillas; sería también muy largo de explicar aquí, pero sí, voy al psicólogo, no es que sea algo de extrañar a estas alturas). Justo lo que necesitaba para aclararme las ideas.

Escuchando Go or Go Ahead.
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viernes, abril 21, 2006

Espacios duros

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Así se llama la figura ortotipográfica que me ha tenido atrapado desde hace más tiempo del que puedo recordar.
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Se trata, simple y llanamente, de un espacio en blanco que se aposta entre dos caracteres y que los sujeta el uno al otro única y exclusivamente a través de la nada. De un espacio en blanco. Eso es todo. Un espacio en blanco es lo único que une a esos dos caracteres, un espacio en blanco que también los separa, pero que no deja que se separen.

Normalmente, la función de los espacios duros es la de evitar que el segundo carácter, el que va a continuación de ese espacio vacío, caiga a la línea siguiente y deje solo al primer carácter. De este modo, ambos caracteres, aunque separados, permanecen unidos al borde de la misma línea. El espacio duro impide que esa falsa unidad se deshaga, deja una línea demasiado corta, truncada, coagula irremediablemente el texto y lo sigue coagulando cada vez que se nombran esos dos caracteres. A veces, cuando se cuelan en mitad de una línea, estos espacios duros son invisibles. Pero, como texto oculto, permanecen ahí donde los colocamos. Y, como todo texto oculto, también forma parte de lo que escribimos.

Como digo, desde hace más tiempo del que puedo (quiero) recordar he ido escribiendo mi historia con espacios duros. Unos espacios duros que, en la mayoría de las páginas, eran imperceptible. Las más de las veces me las ingeniaba para que esos dos caracteres cayeran en mitad de una línea y nadie (ni siquiera yo mismo) notara su presencia. Más conscientemente de lo que quisiera creer, me acostumbré a ocultar todo aquello que no quería ver, todo aquello que no estaba en armonía con lo que quería escribir. Dicen que la vida es el primer borrador (y el único). Si es así, hasta ahora yo, más que de borrones, he llenado la mía de texto oculto.

El pasado fin de semana, finalmente, me decidí a apretar esa P invertida de la barra de tareas. Y, de un solo vistazo, salió todo a la luz. Sí, seguía siendo la misma historia, pero además era otra. O quizá la misma, con un sentido un poco distinto, pero no tanto. Quiero pensar que un sentido más natural. Un sentido que iré descubriendo poco a poco y que espero escribir sin dejarme nada en el tintero. Ahora, al menos, sé que ya no tengo nada que ocultar. Ahora, espero, las líneas llegarán hasta el final, ya no habrá más párrafos truncados y, sobre todo, ya no habrá más espacios duros.

Escuchando Karma Police en directo en un bar de Gracia.

miércoles, abril 19, 2006

El universo tangencial

lunes, abril 10, 2006

Cuando el diablo no tiene que hacer

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se pone a hacer planes. Y como el diablo robot de Futurama, mis planes son de los retorcidos (o eso me hago creer). Hoy me he ido de paseo dándole vueltas a los próximos meses: viajes imposibles, derroteros profesionales más bien inciertos, cursos postergados... y una posibilidad de aunar todos ellos en un maléfico y genial plan que me llevaría de aquí al año que viene. Luego quedará todo en agua de borrajas, como siempre, pero esa excitación burbujeante de fragua de Vulcano (torsos desnudos incluidos) que se gestaba en mi interior vagabundeando por el Raval ya hacía tiempo que no la saboreaba, y lo bien que sienta, oye. Y eso que hace poco me enteré que ese estado de proyección es el mismo que experimentan los sicóticos en sus ataques, cuando se arrancan de la realidad que les rodea con una sonrisa en los labios...

Y a la vuelta, con todo aquello aún surgiendo de mi cabecita cual nube de historieta, iba por la calle Princesa con mi camiseta de rayas y haciendo mis pinitos con el yoyó mariquita que me acababa de comprar, esbozando una atractiva mueca de genialidad malentendida que ni el profesor Moriarti...


Escuchando Straight To Hell, de Josh Rouse

jueves, abril 06, 2006

Moleculas inestables

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Hoy, como me ocurrió hace unos meses, me he vuelto a encontrar con un chico en el ascensor. Esta vez no era el chico nuevo del departamento de informática de una multinacional. Era un repartidor de comida a domicilio. Se ha bajado de la moto frente a mi edificio justo en el momento en el que yo apagaba el cigarro y hemos entrado juntos. Cuando se ha quitado el casco ha dejado ver un cogote ya moreno y riguroso corte de pelo rubio oscuro adornado con un pendiente plateado en la oreja derecha. En una mano llevaba la comida (pollastre, seguramente) y en la otra el casco de la moto -rojo, si la memoria no me falla-. Al abrirse las puertas, su rostro se ha reflejado fugazmente en el espejo del ascensor, y he tenido uno de esos deja vú que tanto me aquejan de un tiempo a esta parte. Mientras subíamos, con una voz quebrada de johnny de barrio, me ha preguntado por el Ipod que últimamente llevo a todas partes. Ha sido una conversación de ascensor, totalmente intrascendente y carente de todo sentido (¿qué es el MP4?), de las que uno improvisa y que a mí sólo me salen bien cuando la otra persona me excita sexualmente (como era el caso), pero esa última sonrisa que nos hemos dedicado ha sido suficiente para volver al tajo con una nueva perspectiva (a mí con poca cosa se me arregla el día).

Unos días antes me pasó algo parecido. En el Cangrejo me entró un tipo de edad indefinida (quedamos en que tenía de 28 a 40 años), flancos jalonados de elegante canumen plateado y una sonrisa abierta de las que prometen dulces caricias y apreturas severas. Era, obviamente, de Madrid. Ya me habían advertido de que los tipos de aquí son más bien "reservados" (lo que viene a significar, tímidos y estirados), y hasta ahora he de decir que aquí a mí sólo me han entrado, lo que se dice entrado, yanquis, franceses, y este madrileño. El caso es que últimamente encuentros como los de este tipo me alegran la vida. A mí, que hasta hace poco no sabía aceptar un cumplido. Paso a paso voy naturalizando esto del sexo. Pero paso a paso, no os creáis, porque al final estaba tan obnubilado que se me olvidó pedirle hasta el teléfono. Habrá que confiar en la casualidad de esta ciudad.

Y digo lo de naturalizar porque me he dado cuenta de que ya apenas me da apuro hablar de ciertas cosas, que ya no las digo para el cuello de la camisa. Y quizá esto tiene que ver con una cosa que me comentó mi nuevo compañero de piso hace poco y que me pareció una observación curiosamente cercana. Resulta que él ha tomado la determinación de quedarse. Pase lo que pase. Dice que por muy jodida que se ponga la situación, él va a estar ahí. No porque sí, sino para ver qué pasa. Porque si sale corriendo, ya sabe lo que va a pasar. Y que tiene curiosidad por ver qué pasa si se queda. Inmediatamente pensé en mi complejo de superadaptoide y me di cuenta (una vez más) de que no tiene razón de ser, de que tiene que ser la situación la que se adapte a uno y no al contrario. Así que seguiré su consejo y me quedaré un poco más... a ver qué pasa.

PD: Últimamente, cuando voy al curro, la gente me mira. Y es que se me escapa la risa (y a veces hasta la carcajada) con el Wendel de Howard Cruse, y la Obsesión de la Jelinek. El uno por franco e ingenuo, y la otra por hija de puta corrosiva (por cierto, la traducción de este libro es la puta hostia, desde aquí mi enhorabuena a los traductores).

Escuchando Streetlights, de Josh Rouse

lunes, abril 03, 2006

Historias vendo y para mí no tengo (2 de 2)

Y el cuarto y último fue, como no podía ser de otra manera, JC.

JC, para el que todavía no lo sepa, fue uno de mis muchos amores frustrados. Yo tenía poco más de veinte años cuando nos conocimos, y él... él, menos aún. Recuerdo que la primera vez que vi su silueta a lo lejos, acercándose por la Avenida Rey Juan Carlos con su andar patizambo, no pude evitar pensar en D. y en sus rodillas arqueadas. Hay pocas cosas en la vida que sepan expresar tan bien la esencia de una persona como su forma de andar: viene a ser una mezcla inconsciente de actitud, imitación y abandono que, para el que sabe mirar, se convierte en una seña de identidad inconfundible, y algo poética a veces. De modo que, exactamente igual que Cíclope la primera vez que vio a Madelyne Pryor, me quedé transfigurado por un fantasma cuando vi a JC acercarse hasta donde yo estaba. Por supuesto, caí irremediablemente bajo su embrujo clónico, como el tontainas del Summers ante los lacios cabellos rojos de la ingenua Madelyne. Por aquel entonces yo también era bastante ingenuo, me hacía llamar por otro nombre y todavía no me había planteado los porqués de mis inclinaciones, que es algo que ahora, años después, quizá hasta eche de menos. De todo esto JC no creo que tenga idea alguna, como no sea a raíz de alguna que otra insinuación etílica fruto de las toxinas ingeridas y transpiradas en el ocho y medio, aunque para cuando llegamos a ese punto de nuestra relación, hacía mucho que el embrujo de la Reina Duende ya se había extinguido y yo había derrotado a Míster Siniestro*.

El caso es que, por éste y por otros motivos, la visita de JC la esperaba con cierta expectación, para que engañarnos. Al igual que me ocurría con Jorge, la idea previa que yo me hice de Barcelona y que me hizo venir para acá también tuvo mucho que ver con JC. Fue con él y con David con quienes descubrí ciertos rincones de esta ciudad, como el ya citado Cangrejo que, tras ciertas vicisitudes, volvimos a visitar en esta ocasión. Y de esa última visita al Cangrejo, amén de sus consecuencias, es de lo que me quiero confesar en estas líneas. Pero antes, permitidme dar un pequeño rodeo, casi un circunloquio enloquecido, para darle un toque aún más metaficticio a todo esto.

En mi afán por recuperar ciertas costumbres de mi época prepúber, hace un par de semanas recalé en una tienda de cómics del Raval en la que además de vender colecciones de Marvel completas y hasta números de la época de Vértice (ya tengo el número 2 de Dazzler entre mis manos), tenían la revista esta de historietas maricas. Hasta entonces me había negado siquiera a mirarla, como hago con todo material cuyo único valor per se es el de ser gay, pero aquel día me dio el punto consumista y acabé colándola entre una pila de tebeos antiguos de La Patrulla X. Pues bien, resulta que al leer una de las tiras** que compilaba la revista, he de confesar que aquello me hizo gracia. Y no fui el único, cuando JC se dejó caer por mis dominios, también quedó prendado de la historia de marras. Se trataba de una historia corta de Howard Cruse, al que yo no conocía, pero que sí tiene su aquél. Tanto me debió de afectar su historia, que acabé protagonizándola. Así tal cual lo cuento.

Aquella noche fue una noche significativa, como todas con JC: comenzamos dando vueltas por el Raval por las calles en las que, allá por los años treinta, Genet mendigaba y se prostituía (entramos a un sitio digno de la mismísima Divina-Culafroy). Después de un rato, nos hicimos un hueco en el Cangrejo gracias a nuestras camisetas de rayas. Fue allí donde tonteé con un chico de «hoyuelos monísimos» ante el que, sin embargo, mi inconsciente, siempre alerta en estas ocasiones, sacó su incontestable lista de «motivos de rechazo»: demasiado marica, demasiado delgado, demasiado afeitado, demasiado atento... No es la primera vez que mi inconsciente me sabotea una relación, pero es que esa noche ni empezarla me dejó.

Para bien o para mal, salimos de allí como habíamos entrado, con el rabo entre las piernas y menos dinero que uno que se va a bañar. Para cuando atravesamos las puertas del Salvation, a mí ya no me quedaba ni un euro para emborracharme, y a las cuatro, otra cosa ya no se podía hacer (así de grandes son mis expectativas una noche cualquiera). Pues bien, durante mi recorrido turístico por la discoteca, JC acertó a ver una puerta que yo, a pesar de haber estado por allá cuando fui con Logan, nunca había vislumbrado. Supongo que hay cosas que van con el carácter: unos son curiosos y otros, no; unos saben encontrar un cuarto oscuro allá donde van y otros, ni el cuarto de baño. Bueno, otra de las constantes de JC, para el que no le conozca, es su inconstancia. Tan pronto dice una cosa como su contraria. Así pues, tras unos quince cinco minutos de debate interno en la puerta, al final se decidió a entrar (conmigo de la mano). Nótese que yo, aparte de unas escasas y tímidas incursiones con Jotaele, de cuartos oscuros sabía poco más que la teoría. Pues aquella noche, aquí mismo lo digo, me enseñaron la práctica. Sí señor, el Jay perdió la cabeza, las drogas, la virginidad espiritual, todo. Y de la mano de un sosias de Ben Grimm, que tiene tela.

Como ya dije en su momento, a JC le debía una explicación, y esa explicación que le debía aquí se la estoy dando. Sí señor, acabé chupándosela. No me duelen prendas en decirlo. Y para todos aquéllos que siempre lo quisieron saber...
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Y para colmo, cuando terminó la noche, cuando por fin caí en brazos de mi amado futón, justo antes de que el sueño me atrapara, mientras abrazaba la almohada, no pude evitar acordarme de aquel chico de hoyuelos monísimos... justo como en la historia de Howard Cruse. Si es que a veces la metaficción sabe amarga, ¿o era más dulce? Ya no me acuerdo.

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* Ver X-Factor n.º 39 USA
** Ver pág. 12 de Claro que sí n.º 2

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sábado, abril 01, 2006

Historias vendo y para mí no tengo (1 de 2)

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Este post (y los que sigan) van dedicados a JC, que iluminó el pasado fin de semana con su bendita presencia y al cual le debo una explicación, pero como ya se ha ido, deprisa y corriendo y de mala manera, esa explicación que le debo no se la puedo dar desde mi balcón como Pepe Isbert. Así pues, que sirvan estas líneas como jenuflexión ante su santa prudencia y sabidurencia, que yo nunca sabré imitar.

Y digo jenuflexión porque, por una vez, confesaré en público mis más íntimos pecados.

El caso es que desde que vine aquí me he visto en la tesitura de tener que volcarme hacia los demás, que no digo yo que no sea gratificante, pero agotador es un rato, y si encima uno tiende a la introspección con similar frecuencia que a la masturbación, pues se acaba como estoy yo ahora mismo: frustrado y derrengado.

Y es que durante estas semanas ha venido mucha gente de visita.


El primero fue Joatele: él venía a su fiesta zapas como corresponsal de su página web y como participante activo (¿?) de la misma. A la salida de dicha celebración fetichista no pude evitar fijarme en sus pantalones. Llevaba un chándal blanco que, una vez terminado el fregao, había acabado mancillado con lo que supuse era una pasta fanguinolenta, producto de los desechos del suelo y de otro tipo de fluidos más dulces. Tras cambiarse, me llevó al Martin’s, un sitio de osos y musculocas empastilladas de Gracia donde debo admitir que me aburrí soberanamente. Allí mi elaborado look de pijo estirado no tenía ningún sentido. Vamos, que ni siquiera la película porno que proyectaban en medio de la pista de baile consiguió elevar mi espíritu. Al final de la noche despedí a Jotaele con un sentimiento incierto, inseguro de si aquello había ido como se supone que tenía que ir, como un polvo mal echao, vamos.

El segundo fue Logan: él venía también como corresponsal, pero de una índole menos fanguinolenta. Tenía que cubrir Alimentaria, la feria gastronómica, también para su página web, pero en este caso por motivos profesionales. Quedar y hablar con Logan es siempre como volver a casa, con sólo mirar esa sonrisa y esa barba de tres días uno se siente a gusto y relajado. Las conversaciones, los paseos, todo me parecía que ocurría de la única forma que podía ocurrir, de la forma más natural. Y ésa es precisamente la forma en que ahora me apetece que ocurran mis cosas.

El tercero fue Jorge: recuerdo que la primera vez que hice mi entrada en esta ciudad fue con él; fueron unos días muy intensos aquéllos, y fue a raíz de esos días intensos, en cierto modo, el que yo haya acabado en BCN, y precisamente donde estoy ahora. El caso es que me hizo ilusión volver a ver a Jorge por aquí, porque, tras esa primera visita, siempre he asociado con él la ciudad. Me lo llevé de tapeos por el Borne, al Cangrejo y hasta a la Paloma, a ver pinchar a los Pinker Tones, que son la hostia puta para bailar con la sonrisa tonta. Yo no es por ser pesado, pero no dejo de repetirle que se deje de tonterías y se suba para acá de una vez. Y que me lleve a hacer nudismo a la Mar Bella.

Y el cuarto y último...

Bueno, el cuarto y último mejor lo dejamos para mañana, que tiene tela.

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