Tierra 616

lunes, abril 03, 2006

Historias vendo y para mí no tengo (2 de 2)

Y el cuarto y último fue, como no podía ser de otra manera, JC.

JC, para el que todavía no lo sepa, fue uno de mis muchos amores frustrados. Yo tenía poco más de veinte años cuando nos conocimos, y él... él, menos aún. Recuerdo que la primera vez que vi su silueta a lo lejos, acercándose por la Avenida Rey Juan Carlos con su andar patizambo, no pude evitar pensar en D. y en sus rodillas arqueadas. Hay pocas cosas en la vida que sepan expresar tan bien la esencia de una persona como su forma de andar: viene a ser una mezcla inconsciente de actitud, imitación y abandono que, para el que sabe mirar, se convierte en una seña de identidad inconfundible, y algo poética a veces. De modo que, exactamente igual que Cíclope la primera vez que vio a Madelyne Pryor, me quedé transfigurado por un fantasma cuando vi a JC acercarse hasta donde yo estaba. Por supuesto, caí irremediablemente bajo su embrujo clónico, como el tontainas del Summers ante los lacios cabellos rojos de la ingenua Madelyne. Por aquel entonces yo también era bastante ingenuo, me hacía llamar por otro nombre y todavía no me había planteado los porqués de mis inclinaciones, que es algo que ahora, años después, quizá hasta eche de menos. De todo esto JC no creo que tenga idea alguna, como no sea a raíz de alguna que otra insinuación etílica fruto de las toxinas ingeridas y transpiradas en el ocho y medio, aunque para cuando llegamos a ese punto de nuestra relación, hacía mucho que el embrujo de la Reina Duende ya se había extinguido y yo había derrotado a Míster Siniestro*.

El caso es que, por éste y por otros motivos, la visita de JC la esperaba con cierta expectación, para que engañarnos. Al igual que me ocurría con Jorge, la idea previa que yo me hice de Barcelona y que me hizo venir para acá también tuvo mucho que ver con JC. Fue con él y con David con quienes descubrí ciertos rincones de esta ciudad, como el ya citado Cangrejo que, tras ciertas vicisitudes, volvimos a visitar en esta ocasión. Y de esa última visita al Cangrejo, amén de sus consecuencias, es de lo que me quiero confesar en estas líneas. Pero antes, permitidme dar un pequeño rodeo, casi un circunloquio enloquecido, para darle un toque aún más metaficticio a todo esto.

En mi afán por recuperar ciertas costumbres de mi época prepúber, hace un par de semanas recalé en una tienda de cómics del Raval en la que además de vender colecciones de Marvel completas y hasta números de la época de Vértice (ya tengo el número 2 de Dazzler entre mis manos), tenían la revista esta de historietas maricas. Hasta entonces me había negado siquiera a mirarla, como hago con todo material cuyo único valor per se es el de ser gay, pero aquel día me dio el punto consumista y acabé colándola entre una pila de tebeos antiguos de La Patrulla X. Pues bien, resulta que al leer una de las tiras** que compilaba la revista, he de confesar que aquello me hizo gracia. Y no fui el único, cuando JC se dejó caer por mis dominios, también quedó prendado de la historia de marras. Se trataba de una historia corta de Howard Cruse, al que yo no conocía, pero que sí tiene su aquél. Tanto me debió de afectar su historia, que acabé protagonizándola. Así tal cual lo cuento.

Aquella noche fue una noche significativa, como todas con JC: comenzamos dando vueltas por el Raval por las calles en las que, allá por los años treinta, Genet mendigaba y se prostituía (entramos a un sitio digno de la mismísima Divina-Culafroy). Después de un rato, nos hicimos un hueco en el Cangrejo gracias a nuestras camisetas de rayas. Fue allí donde tonteé con un chico de «hoyuelos monísimos» ante el que, sin embargo, mi inconsciente, siempre alerta en estas ocasiones, sacó su incontestable lista de «motivos de rechazo»: demasiado marica, demasiado delgado, demasiado afeitado, demasiado atento... No es la primera vez que mi inconsciente me sabotea una relación, pero es que esa noche ni empezarla me dejó.

Para bien o para mal, salimos de allí como habíamos entrado, con el rabo entre las piernas y menos dinero que uno que se va a bañar. Para cuando atravesamos las puertas del Salvation, a mí ya no me quedaba ni un euro para emborracharme, y a las cuatro, otra cosa ya no se podía hacer (así de grandes son mis expectativas una noche cualquiera). Pues bien, durante mi recorrido turístico por la discoteca, JC acertó a ver una puerta que yo, a pesar de haber estado por allá cuando fui con Logan, nunca había vislumbrado. Supongo que hay cosas que van con el carácter: unos son curiosos y otros, no; unos saben encontrar un cuarto oscuro allá donde van y otros, ni el cuarto de baño. Bueno, otra de las constantes de JC, para el que no le conozca, es su inconstancia. Tan pronto dice una cosa como su contraria. Así pues, tras unos quince cinco minutos de debate interno en la puerta, al final se decidió a entrar (conmigo de la mano). Nótese que yo, aparte de unas escasas y tímidas incursiones con Jotaele, de cuartos oscuros sabía poco más que la teoría. Pues aquella noche, aquí mismo lo digo, me enseñaron la práctica. Sí señor, el Jay perdió la cabeza, las drogas, la virginidad espiritual, todo. Y de la mano de un sosias de Ben Grimm, que tiene tela.

Como ya dije en su momento, a JC le debía una explicación, y esa explicación que le debía aquí se la estoy dando. Sí señor, acabé chupándosela. No me duelen prendas en decirlo. Y para todos aquéllos que siempre lo quisieron saber...
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Y para colmo, cuando terminó la noche, cuando por fin caí en brazos de mi amado futón, justo antes de que el sueño me atrapara, mientras abrazaba la almohada, no pude evitar acordarme de aquel chico de hoyuelos monísimos... justo como en la historia de Howard Cruse. Si es que a veces la metaficción sabe amarga, ¿o era más dulce? Ya no me acuerdo.

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* Ver X-Factor n.º 39 USA
** Ver pág. 12 de Claro que sí n.º 2

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