Tierra 616

jueves, abril 06, 2006

Moleculas inestables

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Hoy, como me ocurrió hace unos meses, me he vuelto a encontrar con un chico en el ascensor. Esta vez no era el chico nuevo del departamento de informática de una multinacional. Era un repartidor de comida a domicilio. Se ha bajado de la moto frente a mi edificio justo en el momento en el que yo apagaba el cigarro y hemos entrado juntos. Cuando se ha quitado el casco ha dejado ver un cogote ya moreno y riguroso corte de pelo rubio oscuro adornado con un pendiente plateado en la oreja derecha. En una mano llevaba la comida (pollastre, seguramente) y en la otra el casco de la moto -rojo, si la memoria no me falla-. Al abrirse las puertas, su rostro se ha reflejado fugazmente en el espejo del ascensor, y he tenido uno de esos deja vú que tanto me aquejan de un tiempo a esta parte. Mientras subíamos, con una voz quebrada de johnny de barrio, me ha preguntado por el Ipod que últimamente llevo a todas partes. Ha sido una conversación de ascensor, totalmente intrascendente y carente de todo sentido (¿qué es el MP4?), de las que uno improvisa y que a mí sólo me salen bien cuando la otra persona me excita sexualmente (como era el caso), pero esa última sonrisa que nos hemos dedicado ha sido suficiente para volver al tajo con una nueva perspectiva (a mí con poca cosa se me arregla el día).

Unos días antes me pasó algo parecido. En el Cangrejo me entró un tipo de edad indefinida (quedamos en que tenía de 28 a 40 años), flancos jalonados de elegante canumen plateado y una sonrisa abierta de las que prometen dulces caricias y apreturas severas. Era, obviamente, de Madrid. Ya me habían advertido de que los tipos de aquí son más bien "reservados" (lo que viene a significar, tímidos y estirados), y hasta ahora he de decir que aquí a mí sólo me han entrado, lo que se dice entrado, yanquis, franceses, y este madrileño. El caso es que últimamente encuentros como los de este tipo me alegran la vida. A mí, que hasta hace poco no sabía aceptar un cumplido. Paso a paso voy naturalizando esto del sexo. Pero paso a paso, no os creáis, porque al final estaba tan obnubilado que se me olvidó pedirle hasta el teléfono. Habrá que confiar en la casualidad de esta ciudad.

Y digo lo de naturalizar porque me he dado cuenta de que ya apenas me da apuro hablar de ciertas cosas, que ya no las digo para el cuello de la camisa. Y quizá esto tiene que ver con una cosa que me comentó mi nuevo compañero de piso hace poco y que me pareció una observación curiosamente cercana. Resulta que él ha tomado la determinación de quedarse. Pase lo que pase. Dice que por muy jodida que se ponga la situación, él va a estar ahí. No porque sí, sino para ver qué pasa. Porque si sale corriendo, ya sabe lo que va a pasar. Y que tiene curiosidad por ver qué pasa si se queda. Inmediatamente pensé en mi complejo de superadaptoide y me di cuenta (una vez más) de que no tiene razón de ser, de que tiene que ser la situación la que se adapte a uno y no al contrario. Así que seguiré su consejo y me quedaré un poco más... a ver qué pasa.

PD: Últimamente, cuando voy al curro, la gente me mira. Y es que se me escapa la risa (y a veces hasta la carcajada) con el Wendel de Howard Cruse, y la Obsesión de la Jelinek. El uno por franco e ingenuo, y la otra por hija de puta corrosiva (por cierto, la traducción de este libro es la puta hostia, desde aquí mi enhorabuena a los traductores).

Escuchando Streetlights, de Josh Rouse