Tierra 616

martes, junio 27, 2006

CON LO PUESTO

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que no es poco; así me bajo a Madrid, con una bolsa llena de regalos, los pies sucios, la mirada vuelta y una sola cosa en la cabeza.

viernes, junio 23, 2006

feliz falsedad

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El autoengaño es una habilidad evolutiva.

Ésa es la conclusión a la que había llegado el antropólogo que estaba hablando por la tele. Al engañarnos a nosotros mismos, decía, engañamos mejor a los demás. Y, al engañar mejor a los demás, logramos de manera más fácil lo que queremos de ellos.

Ni que decir tiene que, al oír esas palabras, a mi cabeza acudieron ciertas imágenes de mi pasado que prefiero obviar ahora para no convertir esto en otro post autocondescendiente, como los muchos que han llenado este blog hasta ahora. Tan sólo quisiera citar un fragmento del capítulo 71 de Rayuela, que viene a expresar lo que me ronda ahora mismo por la cabeza, cuando me preparo para quemarlo todo y dar la bienvenida a mi particular historia de verano.

«Puede ser que haya otro mundo dentro de éste, pero no lo encontraremos recortando su silueta en el tumulto fabuloso de los días y las vidas, no lo encontraremos ni en la atrofia ni en la hipertrofia. Ese mundo no existe, hay que crearlo como el fénix. Ese mundo existe en éste, pero como el agua existe en el oxígeno y el hidrógeno, o como en las páginas 78, 457, 3, 271, 688, 75 y 456 del diccionario de la Academia Española está lo necesario para escribir un cierto endecasílabo de Garcilaso. Digamos que el mundo es una figura, hay que leerla.»


Escuchando One Word, de Kelly Osbourne

martes, junio 20, 2006

fecundidad

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26 de noviembre de 1914
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Cuando uno tiene la sensación de estar atascado en un problema
no debe seguir meditando sobre él, de lo contrario
se queda pegado a él. Sino que es preciso comenzar
a pensar en un punto cualquiera. En un punto en el que
uno pueda asentarse [?] con toda comodidad.
¡Lo único, no forzar las cosas!
Todos los problemas duros deben disolverse por sí solos ante nosotros.
Fuertes estampidos de los cañones. Haga lo que haga,
los problemas se acumulan como nubarrones
de tormenta. Y no me encuentro en condiciones
de adoptar frente a ellos una posición que me satisfaga
de modo duradero. Trabajado muchísimo,
pero sin poder clarificar de algún modo la situación.
Antes bien, sea cual sea el punto en el que me pongo a pensar,
por todas partes tropiezo con cuestiones a las que soy
incapaz de dar respuesta. Hoy tuve la sensación
de que mi fecundidad se había acabado. El objeto
entero de mis pensamientos parecía volver a perderse
en la lejanía. Y, desde luego, han pasado ya mis
tres-cuatro meses. Y, por desgracia, ¡sin un resultado
verdaderamente grande! ¡Pero ya veremos! ----
Ahora se dice que entraremos en los cuarteles
de invierno, y, si eso ocurre, tal vez tenga que dormir
con toda la tropa; ¡lo que Dios no permita! ----
En cualquier caso, no quisiera perder mi presencia
de ánimo. ¡Dios sea conmigo!
¡----! ¡----!

lunes, junio 19, 2006

niño muerto

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La sabiduría popular dice que hay cosas de las que es mejor no hablar. Para eso están los diarios, supongo.
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Pues bien, hoy quiero hablar de una de esas cosas sobre las que nadie quiere oír hablar, pero de las que, sin embargo, todo el mundo cree saber algo. Algo que recorre los estrechos pasadizos de nuestra conciencia como un sutil hilo de viento, es una presencia chirriante, algo que se escabulle apenas es formulado, pero que algunos se empeñan en seguir formulando. Algo que, como idea, siempre ha sido el último recurso para la parodia, el marco perfecto para el melodrama, e incluso el alimento de la frase más famosa de esa famosa pantomima shakesperiana. Curiosamente, esa famosa frase que tantos bufones han repetido a lo largo de la Historia, la proclamada cumbre de la literatura occidental, es la más inconcebible de todas. Porque, esto de lo que hoy quiero hablar, es algo de lo que no se puede hablar, es... casi un vértigo mudo, es la desnudez total de las palabras. Es el momento en el que el silencio se adueña de ellas, el momento en que las muestra desde un lugar en que su existencia es imposible. Desde el mismo lugar desde el que miran aquéllos que saben de lo que estoy hablando, aquello de lo que es mejor no hablar.

Ayer, al contemplar la última escena de Mysterious Skin, me volvió a atenazar ese mismo silencio; era como un sabor ácido en las cuerdas vocales, como si, de repente, unas diminutas manos se hubieran lanzado desde mi lacerante pecho, como si se hubieran abierto paso entre ligamentos y arterias para estrujarme la traquea con una fuerza indescriptible. Eran, sin embargo, unas manos pequeñas y delicadas, llenas de tendones descarnados, uñas amarillentas y sarpullidos infectos. Entre los jadeos de dolor y el sabor de la bilis, pude reconocer, en medio de la asfixia, -o más bien, dentro de ella- una tierna caricia de esas manos pequeñas y delicadas, una caricia casi familiar. Y ese mismo reconocimiento, esa capacidad para saber ver el amor dentro del dolor, fue lo que me hizo darme cuenta de yo ya conocía esas manos.

Dicen que dentro de cada uno de nosotros vive un niño. Pero mi niño hace tiempo que se quitó la vida. Mi niño hace ya muchos años que se mató. Fue un suicidio silencioso, apenas formulado, un suspiro, un estertor de muerte y se acabó. No hubo lugar a pantomimas, no hubo faustos ni fanfarrias. Me tocó a mí enterrarle y como no había otro sitio, me lo enterré dentro de mí mismo. Y ahí había estado, pudriéndose en mi pecho, ensuciando con su mera presencia todo lo que yo había intentado ser. Hasta ayer mismo. Hasta el momento en el que oí las últimas palabras de la película. Las únicas palabras que dicen lo que es mejor no decir.

«And as we sat there listening to the carolers, I wanted to tell Brian it was over now and everything would be okay. But that was a lie, plus, I couldn't speak anyway. I wish there was some way for us to go back and undo the past. But there wasn't. There was nothing we could do. So I just stayed silent and trying to telepathically communicate how sorry I was about what had happened. And I thought of all the grief and sadness and fucked up suffering in the world, and it made me want to escape. I wished with all my heart that we could just leave this world behind. Rise like two angels in the night and magically... disappear

Escuchando Don’t Blame Your Daughter, de The Cardigans.

martes, junio 13, 2006

meramente

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12 de octubre de 1914
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Sobre el futuro inmediato ¡incertidumbre total!
En suma, hay momentos en que soy incapaz de
vivir meramente en el presente y sólo para el
espíritu. Las horas buenas de la vida debemos
disfrutarlas con gratitud, como una gracia, y,
por lo demás, ser indiferentes con respecto a
la vida. Hoy he estado luchando un buen rato
contra la depresión; luego he vuelto a
masturbarme tras mucho tiempo de no hacerlo
y por fin he escrito la frase anterior.

domingo, junio 11, 2006

Historias vendo y para mí no tengo (vol. II, 3 de 3)

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El lunes pasado cumplí mi promesa a la Virgen de Lourdes y me fui a ver YO SOLO X-Men 3.
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Como uno de los fans más antiguos de La Patrulla X en la blogosfera, tendría sentido que ahora yo me pusiera a opinar sobre la calidad de la película, su fidelidad al cómic y otras tantas tonterías más que se suelen hacer en estos casos. Pero no lo voy a hacer. Yo, no. Yo, me quedo con Famke.

Porque la película puede tener muchas cosas, pero sobre todo la tiene a ella, a Fénix Oscura. Los que me conocen, ya sabrán de mi estrecha relación con este personaje y comprenderán el criterio desmedido con el que mido ciertos simbolismos. Sí, la Fénix de la película era una Fénix contradictoria, desdibujada si se quiere, incluso totalmente desvirtuada, pero sigue siendo Jean Grey desencadenada. Y pesar de tener un final que no se merece, la escena de la casa de los Grey me vale toda la película. Nunca jamás en los cómics Jean se atrevió a plantarle cara al calvito hasta reducirle a polvo. Estremecedor.

El hecho de que cambiaran la historia de Fénix era algo que ya me olía desde el principio de la saga (no podían hacer una trilogía, aunque sea tan mal traída como ésta, sin contar esta historia). Pero la manera en que han reconducido al personaje de Jean, si se piensa, no dista tanto de lo que están haciendo ahora mismo en los cómics y, además, le da una motivación vengativa y sanguinaria que la hace mucho más humana. Quiero decir, ¿cómo te sentirías si te hubieran encerrado durante veinte años sin darte una explicación?
...

El jueves llegó V.

El asfalto bajo mis pies parecía más cercano. Podía ver cada gránulo renegrido, cada rivete desconchado, cada chicle de hollín y cada fósil de colilla. Por encima, las palomas de Plaza de Cataluña revoloteaban sobre los turistas como de costumbre, impasibles a la vida humana que les rodea y que debe parecerles tan monótona como la suya nos lo parece a nosotros. Entre sus revuelos domesticados, el sol brillaba con la cruel intensidad del mediodía de mayo. Un mayo cualquiera en una ciudad cualquiera, con palomas cualquiera y colillas también cualquiera. Lo cierto es que en todo aquello no había nada de especial. Mientras yo contemplaba todo aquello saboreando mi chupachús de fresa, en el otro extremo de la plaza, V. hacía su entrada en la ciudad. Una ciudad cualquiera, pero que resulta ser la ciudad en la que ahora vivo. Ésa fue la vaga conclusión a la que llegaron mis pensamientos entonces, pero que no se manifestaría hasta días después.

Lo cierto es que, cuando V. me dijo que bajaba desde Birmingham para visitarme, pensé cogerme unos cuantos días libres para estar con ella. Bueno, pues me los cogí todos. Pero todos. Y es que apenas unos minutos antes de recoger a V., yo acababa de saldar cuentas con el mismísimo Satanás. Él me devolvió mi alma y yo me tomé la tarde libre. Bueno, la tarde... y el resto de mi vida.

V. se alegró de que hubiera dejado el trabajo de PM (ella está en mi misma situación y me comprende perfectamente) y yo me alegré de que ella hubiera sido mi inspiración para hacerlo. Todos contentos. Y de vacaciones, aunque fuera sin salir de casa. Creo que fue por eso por lo que, durante ese fin de semana en el que volví a hacer de turista por la ciudad, me di cuenta de que ya no lo era. Aunque he de reconocer que, más que museos y monumentos, lo que más hicimos fue callejear y yacer plácidamente en la playa, que es el sitio donde es más barato ser feliz.

El caso es que, cuando V. finalmente partió para Birmingham, me quedé sin compañera de vacaciones y sin excusa para lanzarme en plancha a la más absoluta languidez de cuerpo y espíritu. Y aunque traté de prolongar aquella sensación de ingravidez solariega, más propia de agosto que de mayo, con Mario (que casualmente también se había montado unas minivacaciones aquí ese mismo fin de semana y al que hacía siglos que no veía), ya las enormes y esponjosas nubes que tiñeron nuestro paseo por la costa ponían en evidencia que aquello tocaba irremediablemente a su fin. Los termómetros bajaron en picado y con ellos mis espíritus. Al principio creí que era cosa de la sensibilidad atmosférica, pero a medida que iban pasando los días, y observaba que mis excusas para salir de casa se multiplicaban con la misma rapidez que las bolas de pelusa en mi habitación, llegué a la conclusión de que aquella, sin duda, era la «semana gusana», que es un fenómeno kafkiano que se suele producir una sola vez al año y contra el que no hay nada que hacer, más que padecerlo en silencio y tratar de manchar demasiado el mobiliario.

Curiosamente, el año pasado me tocó después de mi escapada primaveral a esta ciudad en la que ahora vivo. Volví yo tan ufano a Sheffield tras mis aventuras en suelo patrio que no se me ocurrió otra cosa que llamar a mi Querelle de Brest particular para follar un poco y evitar la depresión post-vacacional. Bueno, pues tanto empeño pusimos que tuve que guardar reposo una semana. Semana que dediqué enteramente a sudar y delirar en mi acogedora buhardilla, envuelto en un capullo de nórdicas sedosas y blancuzas, y sin más contacto humano que las arañas que se colaban por el tejado. Este año, por el contrario, opté por enroscarme en un capullo metafórico de lánguidas y pueriles lamentaciones, ignorar cualquier vertiente de mi aspecto personal y dedicarme al onanismo autocompasivo, que era lo único que todavía podía hundirme un poco más en mi miseria autoinducida. Supongo que es mi manera de empollar el huevo.


Escuchando Lost and Found, de Phoenix.

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jueves, junio 08, 2006

Historias vendo y para mí no tengo (vol. II, 2 de 3)

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El otro día empecé a leer los diarios secretos de Wittgenstein.


Resulta que, aparte de los apuntes filosóficos que darían lugar a sus más famosos escritos (el Tractatus y las Investigaciones), de las notas que tomaron sus alumnos en sus clases (los cuadernos) y de las anotaciones qué él mismo registraba en sus cuadernos privados (algunas de ellas incluidas en las Vermischte Bemerkungen), Ludwig había mantenido, paralelamente, una serie de diarios secretos cifrados en clave. Se trataba de notas de corte más personal que iba intercalando entre sus avances filosóficos; la hoja izquierda la dedicaba a las anotaciones privadas, y la derecha, a las filosóficas. La clave con la que cifraba las primeras era muy sencilla: Wittgenstein intercambiaba las letras del alfabeto, partiendo de los extremos: a equivalía a z, b a y, y así sucesivamente.

Estas anotaciones recogen dos de los aspectos más controvertidos sobre W., quizá los que más le hicieron padecer: su religiosidad y su homosexualidad. La primera tuvo un peso determinante tanto en su trabajo filosófico como en su propia moralidad. La segunda, por mucho que se empeñen los estudiosos en la materia, también.

Al contrario de lo que ocurre con su trabajo, adentrarse en la vida de W. es plantearse, inevitablemente, no tanto los cómos sino los porqués, que es algo que siempre me ha traído más de un quebradero de cabeza y que, de cuando en cuando, hace que de nuevo se abra mi particular caja de Pandora. Así que de momento creo que me limitaré a adoptar el formato de esos diarios, cuyo contenido iré descubriendo justamente a medida que escriba éste.

...

Bueno, entonces nos habíamos quedado en la mitad del relato de la fiesta de inauguración. Pues bien, Logan y yo nos vimos acorralados en medio de un círculo humano que fue destapando su maldad a medida que ingerían sus mojitos aguados. He de decir que los grupos de desconocidos y los juegos de confidencias nunca se me han dado bien. Y cuando ambos factores se juntan, algo malo pasa. Siempre. Y esta vez no fue una excepción: se intercambiaron reproches, se desvelaron secretos, se hirieron sensibilidades y se fraguaron odios. La vida en directo.

Eso sí, entre confidencia y confidencia, me enteré de que la única persona de la sala que había andado desnuda por la calle, como no podía ser de otra manera, había sido Nihal. Y aunque fuera para posar en una de las performances de Spencer Tunick, a mí, no sé por qué, me caló. El caso es que luego aquello se desvirtuó de tal manera (en parte por culpa de mi ya mencionado compañero de piso, del que daré buena cuenta en otra ocasión) que tuve que asumir mi excepcional papel de anfitrión y acabar con aquél sinsentido de una vez por todas. Y es que a mí, las dinámicas de grupo, como que no me van. Y menos a las seis de la mañana y borracho perdido. Así que, como dice esa gran creadora del lenguaje que es mi madre, se fue «cada muerto a su olivo».

Bueno, ¿y después de la fiesta, qué? Pues después Logan volvió a Madrid y yo me volví a sumergir en la vorágine laboral que me había fagocitado desde que llegué a Barcelona y a la que me referiré más adelante como «el infierno en la Tierra». El caso es que mis penurias traductoriles se iban amenizando con actos de lo más variopinto de los que casi he perdido la cuenta: fiesta mod en La Paloma, fiesta de cumpleaños de Olalla + fiesta de despedida de Laura (ahora ya plenamente instalada en Roma), Faemino y Cansado en el Apolo, segunda venida de Jotaele, Festival de Eurovisión...

Pero todo aquello no me hacía olvidar el vía crucis en que se había convertido las ocho horas diarias que pasaba de lunes a viernes en lo que yo sólo puedo describir como un What If... perfectamente imaginable de la vida de un traductor joven, sano, cuerdo y bien parecido. Antes de nada, debo explicar que en mi andadura profesional me he topado con situaciones delirantes, desesperantes, denigrantes e incluso vergonzantes; porque yo hasta ahora siempre había sido un currito, una hormiguita obrera, un peón caminero, el último eslabón de la cadena, o la última mierda, si lo prefieres. Pero al menos allí los límites estaban bien definidos, la explotación empresarial rayana en el esclavismo se quedaba en eso, las amenazas de inmolación de los traductores nunca se cumplían y cuando uno ponía el punto y final en un texto, aquello iba a misa. Pues bien, esas leyes que yo tan bien conocía y las que me había ceñido hasta ahora no valen un carajo «al otro lado». Al otro lado la gente se desayuna fetos humanos, baila desnuda sobre los genitales de sus congéneres y usan las espinas dorsales de los traductores como mondadientes, todo con una sonrisa que haría enrojecer al mismísimo Rob!. Y es que, durante unos meses, el Jay ha sido... jefe.

Y claro, entonces tuvo que venir V. a rescatarme.

Escuchando El Otro Lado, de Josh Rouse.

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sábado, junio 03, 2006

Historias vendo y para mí no tengo (vol. II, 1 de 3)

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Lo he estado pensando, y he llegado a la conclusión de que ya es hora de desnudarme.
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Desnudarme de esta realidad que me ha vestido con un traje que no me queda bien; un traje que me queda estrecho, al que hace tiempo que se le ven las costuras; un traje que huele a rancio y que me hace volverme para ver las caras de las personas con las que me cruzo, para asegurarme de que mi hedor no incomode tanto como para hacérmelo notar; un traje que me pica, que me provoca una urticaria tan insoportable que me revuelco por mi habitación, restregándome la espalda contra el suelo, gruñendo como el perro que soy, olvidando las palabras a las que alguien en algún momento también llamó «perras»; un traje con un corte antiguo que otros denominan clásico, pero que apesta a naftalina de armario de imitación de caoba; un traje que es más un ultraje, que me ciñe a su talle adusto como la armadura que he hecho de él, que como las pecheras romanas imita mi imposible anatomía de manera también imposible, porque siempre me sobra algo, pero más a menudo aún me falta algo, algo que no me cabe en el pecho, pero que no es el corazón, porque el corazón hace tiempo que se hizo muy pequeño, hace tiempo que se supo adaptar a las circunstancias, que es una cualidad muy valiosa en los tiempos que corren....
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Porque mientras ando por las calles de la ciudad con mi traje estrecho y rancio, sólo yo sé que en realidad es el traje que le gusta a todo el mundo, porque siempre le puedo hacer un par de arreglos para que se acomode a la moda de aquel que tengo enfrente, es decir, a su mirada escudriñante que espera de mí algo que sólo yo sé que espera, porque ni siquiera él mismo se espera esto de mí...
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Y digo esto porque hace tiempo también que este traje que llevo no me queda bien, que despierta airadas sospechas, que me tira de los bajos y que -y esto es lo me más temo- no me cubre de la realidad que, en realidad, es este mismo traje; antes al contrario, me deja al descubierto y me expone ante ella; aunque, ahora que lo pienso, si el traje y la realidad son una-y-la-misma-cosa, nunca estaré realmente al descubierto, en todo caso seré descubierto. Pero, ¿por quién? ¿Es que aún quedan personas que no se visten de realidad antes de salir a la calle? ¿Acaso hay personas desnudas andando por la ciudad?
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Pero, ahora que me acuerdo, quizá por eso mismo quería desnudarme de esta realidad que me ha vestido con un traje que no me queda bien, un traje que, ante una mirada desnuda, se desgarra sobre mi piel y cae al asfalto, como un maloliente harapo, como una segunda piel, aunque ahora que lo pienso, quizá es que en realidad nunca fue mi piel; quizá por eso mismo he estado pensando en él y he llegado a la conclusión de que ya es hora de desnudarme. Porque en ocasiones (casi nunca, son ocasiones extrañísimas) uno puede encontrarse con una persona desnuda que le mira desde su absoluta desnudez y le invita a desprenderse de ese traje absurdo que le encorseta el cuerpo y le avejenta la mirada. Yo hace poco creí ver a una, aunque podría estar totalmente equivocado y no ser más que una persona vestida con un disfraz de persona desnuda, porque con estas cosas uno nunca puede estar seguro. Bueno, casi nunca.
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Pero será mejor que empecemos por el principio, que siempre es el mejor lugar para empezar. Como la última entrada del diario que considero como decente es la del 23 de abril, comenzaré a partir de ahí.
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Después de San Jordi y su desbordante estupidez (odio a la masa sinpensante, sobre todo si compra libros que no piensa leer –¡no seamos hipócritas, coño!– o se aglutina debajo de mi casa para tocar los bongos y comprar jabones naturales –coincidió con el Día de la Tierra en Arc de Triomf–), las cosas empezaron a tomar un rumbo un tanto extraño.
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El martes siguiente era la noche de Donnie Darko. Había convocado a propios y extraños a la Sala Apolo, que también funciona como cine entre semana, con sus mesas camilla jalonando la pista de baile para la ocasión. Y vaya ocasión. Resulta que esa misma semana había dos proyecciones de la peli en BCN, la del Apolo y la de otra asociación indi perdida cerca del Palau. Me sentí reconfortado al saber que esta pasión exacerbada por la peli era compartida en la ciudad. Buena señal.
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Esa misma semana Logan me anunciaba que aprovecharía el puente de mayo para volver a BCN. La noticia me pilló desprevenido, pero quizá por eso me alegré aún más de poder hacer de anfitrión (esta vez se quedó en casa) y mostrarle la ciudad desde mi recién descubierto terrado del que, por cierto, espero dar buena cuenta en el futuro. Entre otras cosas, fuimos al Cangrejo, donde, para estupor nuestro, hicieron oídos sordos a nuestras vehementes peticiones de que pusieran a Maraya. Indignante. El caso es que, después de escapadas culinarias y nocturnas varias adornadas del hippismo barcelonés (y después de tener a Logan de nuevo en mi cama, aunque sin consumar el concubinato sucio), llegó el domingo y con él, por fin, la fiesta de inauguración de mi nueva casa.
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Aunque el concepto de dicha fiesta fue, cuando menos, «errante» he de decir, que pudo salir mucho peor. En serio. Creo que lo que salvó la fiesta fue el salero de la gente y el guacamole de Logan. Y es que si algo se ha demostrado esta primavera es que la organización no es una de mis cualidades. La practico pocas veces y cuando lo hago, pasa lo que pasa.
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Que es exactamente lo que pasó.
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Bueno, antes de pasar a la descripción de la fiesta, y ya que me he puesto a actualizar, convendría aclarar un par de puntos para no confundirnos:
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-Vivo en una casa tiki rollo mimbre (que nadie se asuste).
-Mi compañero de piso no asesinó a aquel cubito de hielo.
-No me gustan los juegos de dinámica de grupos (especialmente cuando no hay alcohol de por medio).
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El caso es que mi compañero (que incidentemente había vuelto de un fin de semana de experimentación con ayahuasca ese mismo domingo por la tarde) tenía la idea de celebrar una fiesta relajada, casi horizontal, y yo, como siempre, no supe negarme. Éste fue mi primer error. No me daba cuenta de que el día siguiente era 1 de mayo y no se trabajaba en todo el país (ni siquiera en Cataluña). Así pues, la gente fue viniendo poco a poco: primero Lisi y La Laura (recién huida a Roma), luego Raúl, Olalla, Laura, Nihal, Eva e Iván, Mónica (la vecina del ático), Bárbara, Aya Laura y mucha gente totalmente ignominiosa que, en la mayoría de los casos, resultó, a pesar de todo, muy simpática. Los mojitos, los porros y los pepinillos en vinagre centraban toda la atención. Tanto fue así que, en un momento dado, la cadena de producción de los tan cacareados mojitos tuvo que ser interrumpida por mi compañero de piso para acuchillar al mencionado cubito de hielo con tal saña que el resto de los habitantes de la cocina no pudieron por menos que dar un paso atrás con lo que llamaré, una cautela contenida (tranquilos, en la mayoría de los casos es inofensivo). A pesar de todo, algunos de los allí reunidos no dejaban de reclamar los aceitosos masajes prometidos en el flyer de la fiesta (mea culpa), pero, ante la aplastante realidad de borrachismo y pinchismo, pronto se acallaron las voces de protesta: aquélla, definitivamente, no era una de esas fiestas. El concepto se había transmutado en algo que ya nadie podía controlar.... O eso creía yo.
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Fue entonces cuando Mónica puso a Ryuichi Sakamoto en el CD de mi portátil. El CD de mi portátil ha soportado muchas cosas, pero nunca a Ryuichi. Lisi (de la que Logan se mostró superfan desde el momento en que la conoció) fue la primera en hacer manifiesta la brecha que allí se estaba produciendo. O cambiaban la música o salíamos de marcha.
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Para mi sorpresa, no se adoptó ninguna de las opciones que Lisi, con toda la sabiduría que da la juventud, había propuesto, sino que, antes de que pudiera darme cuenta, se formó un círculo de personas en medio del salón y la música dejó de sonar. No es difícil imaginar mi cara de espanto. Allí se estaba gestando algo, algo no improvisado, algo que sólo una persona podía haber auspiciado: mi compañero de piso. Y, efectivamente, empezaron los juegos alcohólicos, parte de los cuales nos tuvieron a Logan y a mí de involuntarios protagonistas...
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Pero en fin, creo que dejaré los pormenores de lo que pasó a partir de ese momento para el siguiente capítulo, que tampoco es cuestión de matar el misterio antes de tiempo. Dejemos un pequeño margen a la imaginación, como siempre hace nuestra admirada Maraya.
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Escuchando Imaginary Love, de Rufus Wainwright.

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viernes, junio 02, 2006

Unos momentos musicales

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Tras la resaca de Eurovisión, que nos dejó perlas como éstas...

Never Let You Go, de Dima Bilan

Moja Stikla, de Severina

No, No, Never, de Texas Lightning

Loca, de Arsenium & Natalia

me he tenido que volcar en la relajación más bella que se pueda imaginar en esta época del año, la de Josh Rouse, que me recomendaron hace tiempo y que no dejo de descubrir cada día. Hoy es el día perfecto para que os bajéis y escuchéis esta pequeña muestra de buenrollismo y energía veraniega (os recomiendo escucharla mientras la brisa de junio carameliza vuestros paseos por la ciudad).

Escuchando Come Back, de Josh Rouse

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