Tierra 616

jueves, junio 08, 2006

Historias vendo y para mí no tengo (vol. II, 2 de 3)

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El otro día empecé a leer los diarios secretos de Wittgenstein.


Resulta que, aparte de los apuntes filosóficos que darían lugar a sus más famosos escritos (el Tractatus y las Investigaciones), de las notas que tomaron sus alumnos en sus clases (los cuadernos) y de las anotaciones qué él mismo registraba en sus cuadernos privados (algunas de ellas incluidas en las Vermischte Bemerkungen), Ludwig había mantenido, paralelamente, una serie de diarios secretos cifrados en clave. Se trataba de notas de corte más personal que iba intercalando entre sus avances filosóficos; la hoja izquierda la dedicaba a las anotaciones privadas, y la derecha, a las filosóficas. La clave con la que cifraba las primeras era muy sencilla: Wittgenstein intercambiaba las letras del alfabeto, partiendo de los extremos: a equivalía a z, b a y, y así sucesivamente.

Estas anotaciones recogen dos de los aspectos más controvertidos sobre W., quizá los que más le hicieron padecer: su religiosidad y su homosexualidad. La primera tuvo un peso determinante tanto en su trabajo filosófico como en su propia moralidad. La segunda, por mucho que se empeñen los estudiosos en la materia, también.

Al contrario de lo que ocurre con su trabajo, adentrarse en la vida de W. es plantearse, inevitablemente, no tanto los cómos sino los porqués, que es algo que siempre me ha traído más de un quebradero de cabeza y que, de cuando en cuando, hace que de nuevo se abra mi particular caja de Pandora. Así que de momento creo que me limitaré a adoptar el formato de esos diarios, cuyo contenido iré descubriendo justamente a medida que escriba éste.

...

Bueno, entonces nos habíamos quedado en la mitad del relato de la fiesta de inauguración. Pues bien, Logan y yo nos vimos acorralados en medio de un círculo humano que fue destapando su maldad a medida que ingerían sus mojitos aguados. He de decir que los grupos de desconocidos y los juegos de confidencias nunca se me han dado bien. Y cuando ambos factores se juntan, algo malo pasa. Siempre. Y esta vez no fue una excepción: se intercambiaron reproches, se desvelaron secretos, se hirieron sensibilidades y se fraguaron odios. La vida en directo.

Eso sí, entre confidencia y confidencia, me enteré de que la única persona de la sala que había andado desnuda por la calle, como no podía ser de otra manera, había sido Nihal. Y aunque fuera para posar en una de las performances de Spencer Tunick, a mí, no sé por qué, me caló. El caso es que luego aquello se desvirtuó de tal manera (en parte por culpa de mi ya mencionado compañero de piso, del que daré buena cuenta en otra ocasión) que tuve que asumir mi excepcional papel de anfitrión y acabar con aquél sinsentido de una vez por todas. Y es que a mí, las dinámicas de grupo, como que no me van. Y menos a las seis de la mañana y borracho perdido. Así que, como dice esa gran creadora del lenguaje que es mi madre, se fue «cada muerto a su olivo».

Bueno, ¿y después de la fiesta, qué? Pues después Logan volvió a Madrid y yo me volví a sumergir en la vorágine laboral que me había fagocitado desde que llegué a Barcelona y a la que me referiré más adelante como «el infierno en la Tierra». El caso es que mis penurias traductoriles se iban amenizando con actos de lo más variopinto de los que casi he perdido la cuenta: fiesta mod en La Paloma, fiesta de cumpleaños de Olalla + fiesta de despedida de Laura (ahora ya plenamente instalada en Roma), Faemino y Cansado en el Apolo, segunda venida de Jotaele, Festival de Eurovisión...

Pero todo aquello no me hacía olvidar el vía crucis en que se había convertido las ocho horas diarias que pasaba de lunes a viernes en lo que yo sólo puedo describir como un What If... perfectamente imaginable de la vida de un traductor joven, sano, cuerdo y bien parecido. Antes de nada, debo explicar que en mi andadura profesional me he topado con situaciones delirantes, desesperantes, denigrantes e incluso vergonzantes; porque yo hasta ahora siempre había sido un currito, una hormiguita obrera, un peón caminero, el último eslabón de la cadena, o la última mierda, si lo prefieres. Pero al menos allí los límites estaban bien definidos, la explotación empresarial rayana en el esclavismo se quedaba en eso, las amenazas de inmolación de los traductores nunca se cumplían y cuando uno ponía el punto y final en un texto, aquello iba a misa. Pues bien, esas leyes que yo tan bien conocía y las que me había ceñido hasta ahora no valen un carajo «al otro lado». Al otro lado la gente se desayuna fetos humanos, baila desnuda sobre los genitales de sus congéneres y usan las espinas dorsales de los traductores como mondadientes, todo con una sonrisa que haría enrojecer al mismísimo Rob!. Y es que, durante unos meses, el Jay ha sido... jefe.

Y claro, entonces tuvo que venir V. a rescatarme.

Escuchando El Otro Lado, de Josh Rouse.

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