Tierra 616

sábado, junio 03, 2006

Historias vendo y para mí no tengo (vol. II, 1 de 3)

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Lo he estado pensando, y he llegado a la conclusión de que ya es hora de desnudarme.
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Desnudarme de esta realidad que me ha vestido con un traje que no me queda bien; un traje que me queda estrecho, al que hace tiempo que se le ven las costuras; un traje que huele a rancio y que me hace volverme para ver las caras de las personas con las que me cruzo, para asegurarme de que mi hedor no incomode tanto como para hacérmelo notar; un traje que me pica, que me provoca una urticaria tan insoportable que me revuelco por mi habitación, restregándome la espalda contra el suelo, gruñendo como el perro que soy, olvidando las palabras a las que alguien en algún momento también llamó «perras»; un traje con un corte antiguo que otros denominan clásico, pero que apesta a naftalina de armario de imitación de caoba; un traje que es más un ultraje, que me ciñe a su talle adusto como la armadura que he hecho de él, que como las pecheras romanas imita mi imposible anatomía de manera también imposible, porque siempre me sobra algo, pero más a menudo aún me falta algo, algo que no me cabe en el pecho, pero que no es el corazón, porque el corazón hace tiempo que se hizo muy pequeño, hace tiempo que se supo adaptar a las circunstancias, que es una cualidad muy valiosa en los tiempos que corren....
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Porque mientras ando por las calles de la ciudad con mi traje estrecho y rancio, sólo yo sé que en realidad es el traje que le gusta a todo el mundo, porque siempre le puedo hacer un par de arreglos para que se acomode a la moda de aquel que tengo enfrente, es decir, a su mirada escudriñante que espera de mí algo que sólo yo sé que espera, porque ni siquiera él mismo se espera esto de mí...
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Y digo esto porque hace tiempo también que este traje que llevo no me queda bien, que despierta airadas sospechas, que me tira de los bajos y que -y esto es lo me más temo- no me cubre de la realidad que, en realidad, es este mismo traje; antes al contrario, me deja al descubierto y me expone ante ella; aunque, ahora que lo pienso, si el traje y la realidad son una-y-la-misma-cosa, nunca estaré realmente al descubierto, en todo caso seré descubierto. Pero, ¿por quién? ¿Es que aún quedan personas que no se visten de realidad antes de salir a la calle? ¿Acaso hay personas desnudas andando por la ciudad?
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Pero, ahora que me acuerdo, quizá por eso mismo quería desnudarme de esta realidad que me ha vestido con un traje que no me queda bien, un traje que, ante una mirada desnuda, se desgarra sobre mi piel y cae al asfalto, como un maloliente harapo, como una segunda piel, aunque ahora que lo pienso, quizá es que en realidad nunca fue mi piel; quizá por eso mismo he estado pensando en él y he llegado a la conclusión de que ya es hora de desnudarme. Porque en ocasiones (casi nunca, son ocasiones extrañísimas) uno puede encontrarse con una persona desnuda que le mira desde su absoluta desnudez y le invita a desprenderse de ese traje absurdo que le encorseta el cuerpo y le avejenta la mirada. Yo hace poco creí ver a una, aunque podría estar totalmente equivocado y no ser más que una persona vestida con un disfraz de persona desnuda, porque con estas cosas uno nunca puede estar seguro. Bueno, casi nunca.
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Pero será mejor que empecemos por el principio, que siempre es el mejor lugar para empezar. Como la última entrada del diario que considero como decente es la del 23 de abril, comenzaré a partir de ahí.
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Después de San Jordi y su desbordante estupidez (odio a la masa sinpensante, sobre todo si compra libros que no piensa leer –¡no seamos hipócritas, coño!– o se aglutina debajo de mi casa para tocar los bongos y comprar jabones naturales –coincidió con el Día de la Tierra en Arc de Triomf–), las cosas empezaron a tomar un rumbo un tanto extraño.
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El martes siguiente era la noche de Donnie Darko. Había convocado a propios y extraños a la Sala Apolo, que también funciona como cine entre semana, con sus mesas camilla jalonando la pista de baile para la ocasión. Y vaya ocasión. Resulta que esa misma semana había dos proyecciones de la peli en BCN, la del Apolo y la de otra asociación indi perdida cerca del Palau. Me sentí reconfortado al saber que esta pasión exacerbada por la peli era compartida en la ciudad. Buena señal.
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Esa misma semana Logan me anunciaba que aprovecharía el puente de mayo para volver a BCN. La noticia me pilló desprevenido, pero quizá por eso me alegré aún más de poder hacer de anfitrión (esta vez se quedó en casa) y mostrarle la ciudad desde mi recién descubierto terrado del que, por cierto, espero dar buena cuenta en el futuro. Entre otras cosas, fuimos al Cangrejo, donde, para estupor nuestro, hicieron oídos sordos a nuestras vehementes peticiones de que pusieran a Maraya. Indignante. El caso es que, después de escapadas culinarias y nocturnas varias adornadas del hippismo barcelonés (y después de tener a Logan de nuevo en mi cama, aunque sin consumar el concubinato sucio), llegó el domingo y con él, por fin, la fiesta de inauguración de mi nueva casa.
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Aunque el concepto de dicha fiesta fue, cuando menos, «errante» he de decir, que pudo salir mucho peor. En serio. Creo que lo que salvó la fiesta fue el salero de la gente y el guacamole de Logan. Y es que si algo se ha demostrado esta primavera es que la organización no es una de mis cualidades. La practico pocas veces y cuando lo hago, pasa lo que pasa.
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Que es exactamente lo que pasó.
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Bueno, antes de pasar a la descripción de la fiesta, y ya que me he puesto a actualizar, convendría aclarar un par de puntos para no confundirnos:
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-Vivo en una casa tiki rollo mimbre (que nadie se asuste).
-Mi compañero de piso no asesinó a aquel cubito de hielo.
-No me gustan los juegos de dinámica de grupos (especialmente cuando no hay alcohol de por medio).
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El caso es que mi compañero (que incidentemente había vuelto de un fin de semana de experimentación con ayahuasca ese mismo domingo por la tarde) tenía la idea de celebrar una fiesta relajada, casi horizontal, y yo, como siempre, no supe negarme. Éste fue mi primer error. No me daba cuenta de que el día siguiente era 1 de mayo y no se trabajaba en todo el país (ni siquiera en Cataluña). Así pues, la gente fue viniendo poco a poco: primero Lisi y La Laura (recién huida a Roma), luego Raúl, Olalla, Laura, Nihal, Eva e Iván, Mónica (la vecina del ático), Bárbara, Aya Laura y mucha gente totalmente ignominiosa que, en la mayoría de los casos, resultó, a pesar de todo, muy simpática. Los mojitos, los porros y los pepinillos en vinagre centraban toda la atención. Tanto fue así que, en un momento dado, la cadena de producción de los tan cacareados mojitos tuvo que ser interrumpida por mi compañero de piso para acuchillar al mencionado cubito de hielo con tal saña que el resto de los habitantes de la cocina no pudieron por menos que dar un paso atrás con lo que llamaré, una cautela contenida (tranquilos, en la mayoría de los casos es inofensivo). A pesar de todo, algunos de los allí reunidos no dejaban de reclamar los aceitosos masajes prometidos en el flyer de la fiesta (mea culpa), pero, ante la aplastante realidad de borrachismo y pinchismo, pronto se acallaron las voces de protesta: aquélla, definitivamente, no era una de esas fiestas. El concepto se había transmutado en algo que ya nadie podía controlar.... O eso creía yo.
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Fue entonces cuando Mónica puso a Ryuichi Sakamoto en el CD de mi portátil. El CD de mi portátil ha soportado muchas cosas, pero nunca a Ryuichi. Lisi (de la que Logan se mostró superfan desde el momento en que la conoció) fue la primera en hacer manifiesta la brecha que allí se estaba produciendo. O cambiaban la música o salíamos de marcha.
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Para mi sorpresa, no se adoptó ninguna de las opciones que Lisi, con toda la sabiduría que da la juventud, había propuesto, sino que, antes de que pudiera darme cuenta, se formó un círculo de personas en medio del salón y la música dejó de sonar. No es difícil imaginar mi cara de espanto. Allí se estaba gestando algo, algo no improvisado, algo que sólo una persona podía haber auspiciado: mi compañero de piso. Y, efectivamente, empezaron los juegos alcohólicos, parte de los cuales nos tuvieron a Logan y a mí de involuntarios protagonistas...
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Pero en fin, creo que dejaré los pormenores de lo que pasó a partir de ese momento para el siguiente capítulo, que tampoco es cuestión de matar el misterio antes de tiempo. Dejemos un pequeño margen a la imaginación, como siempre hace nuestra admirada Maraya.
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Escuchando Imaginary Love, de Rufus Wainwright.

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