Tierra 616

domingo, junio 11, 2006

Historias vendo y para mí no tengo (vol. II, 3 de 3)

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El lunes pasado cumplí mi promesa a la Virgen de Lourdes y me fui a ver YO SOLO X-Men 3.
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Como uno de los fans más antiguos de La Patrulla X en la blogosfera, tendría sentido que ahora yo me pusiera a opinar sobre la calidad de la película, su fidelidad al cómic y otras tantas tonterías más que se suelen hacer en estos casos. Pero no lo voy a hacer. Yo, no. Yo, me quedo con Famke.

Porque la película puede tener muchas cosas, pero sobre todo la tiene a ella, a Fénix Oscura. Los que me conocen, ya sabrán de mi estrecha relación con este personaje y comprenderán el criterio desmedido con el que mido ciertos simbolismos. Sí, la Fénix de la película era una Fénix contradictoria, desdibujada si se quiere, incluso totalmente desvirtuada, pero sigue siendo Jean Grey desencadenada. Y pesar de tener un final que no se merece, la escena de la casa de los Grey me vale toda la película. Nunca jamás en los cómics Jean se atrevió a plantarle cara al calvito hasta reducirle a polvo. Estremecedor.

El hecho de que cambiaran la historia de Fénix era algo que ya me olía desde el principio de la saga (no podían hacer una trilogía, aunque sea tan mal traída como ésta, sin contar esta historia). Pero la manera en que han reconducido al personaje de Jean, si se piensa, no dista tanto de lo que están haciendo ahora mismo en los cómics y, además, le da una motivación vengativa y sanguinaria que la hace mucho más humana. Quiero decir, ¿cómo te sentirías si te hubieran encerrado durante veinte años sin darte una explicación?
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El jueves llegó V.

El asfalto bajo mis pies parecía más cercano. Podía ver cada gránulo renegrido, cada rivete desconchado, cada chicle de hollín y cada fósil de colilla. Por encima, las palomas de Plaza de Cataluña revoloteaban sobre los turistas como de costumbre, impasibles a la vida humana que les rodea y que debe parecerles tan monótona como la suya nos lo parece a nosotros. Entre sus revuelos domesticados, el sol brillaba con la cruel intensidad del mediodía de mayo. Un mayo cualquiera en una ciudad cualquiera, con palomas cualquiera y colillas también cualquiera. Lo cierto es que en todo aquello no había nada de especial. Mientras yo contemplaba todo aquello saboreando mi chupachús de fresa, en el otro extremo de la plaza, V. hacía su entrada en la ciudad. Una ciudad cualquiera, pero que resulta ser la ciudad en la que ahora vivo. Ésa fue la vaga conclusión a la que llegaron mis pensamientos entonces, pero que no se manifestaría hasta días después.

Lo cierto es que, cuando V. me dijo que bajaba desde Birmingham para visitarme, pensé cogerme unos cuantos días libres para estar con ella. Bueno, pues me los cogí todos. Pero todos. Y es que apenas unos minutos antes de recoger a V., yo acababa de saldar cuentas con el mismísimo Satanás. Él me devolvió mi alma y yo me tomé la tarde libre. Bueno, la tarde... y el resto de mi vida.

V. se alegró de que hubiera dejado el trabajo de PM (ella está en mi misma situación y me comprende perfectamente) y yo me alegré de que ella hubiera sido mi inspiración para hacerlo. Todos contentos. Y de vacaciones, aunque fuera sin salir de casa. Creo que fue por eso por lo que, durante ese fin de semana en el que volví a hacer de turista por la ciudad, me di cuenta de que ya no lo era. Aunque he de reconocer que, más que museos y monumentos, lo que más hicimos fue callejear y yacer plácidamente en la playa, que es el sitio donde es más barato ser feliz.

El caso es que, cuando V. finalmente partió para Birmingham, me quedé sin compañera de vacaciones y sin excusa para lanzarme en plancha a la más absoluta languidez de cuerpo y espíritu. Y aunque traté de prolongar aquella sensación de ingravidez solariega, más propia de agosto que de mayo, con Mario (que casualmente también se había montado unas minivacaciones aquí ese mismo fin de semana y al que hacía siglos que no veía), ya las enormes y esponjosas nubes que tiñeron nuestro paseo por la costa ponían en evidencia que aquello tocaba irremediablemente a su fin. Los termómetros bajaron en picado y con ellos mis espíritus. Al principio creí que era cosa de la sensibilidad atmosférica, pero a medida que iban pasando los días, y observaba que mis excusas para salir de casa se multiplicaban con la misma rapidez que las bolas de pelusa en mi habitación, llegué a la conclusión de que aquella, sin duda, era la «semana gusana», que es un fenómeno kafkiano que se suele producir una sola vez al año y contra el que no hay nada que hacer, más que padecerlo en silencio y tratar de manchar demasiado el mobiliario.

Curiosamente, el año pasado me tocó después de mi escapada primaveral a esta ciudad en la que ahora vivo. Volví yo tan ufano a Sheffield tras mis aventuras en suelo patrio que no se me ocurrió otra cosa que llamar a mi Querelle de Brest particular para follar un poco y evitar la depresión post-vacacional. Bueno, pues tanto empeño pusimos que tuve que guardar reposo una semana. Semana que dediqué enteramente a sudar y delirar en mi acogedora buhardilla, envuelto en un capullo de nórdicas sedosas y blancuzas, y sin más contacto humano que las arañas que se colaban por el tejado. Este año, por el contrario, opté por enroscarme en un capullo metafórico de lánguidas y pueriles lamentaciones, ignorar cualquier vertiente de mi aspecto personal y dedicarme al onanismo autocompasivo, que era lo único que todavía podía hundirme un poco más en mi miseria autoinducida. Supongo que es mi manera de empollar el huevo.


Escuchando Lost and Found, de Phoenix.

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