Tierra 616

lunes, junio 19, 2006

niño muerto

.
La sabiduría popular dice que hay cosas de las que es mejor no hablar. Para eso están los diarios, supongo.
.
.
Pues bien, hoy quiero hablar de una de esas cosas sobre las que nadie quiere oír hablar, pero de las que, sin embargo, todo el mundo cree saber algo. Algo que recorre los estrechos pasadizos de nuestra conciencia como un sutil hilo de viento, es una presencia chirriante, algo que se escabulle apenas es formulado, pero que algunos se empeñan en seguir formulando. Algo que, como idea, siempre ha sido el último recurso para la parodia, el marco perfecto para el melodrama, e incluso el alimento de la frase más famosa de esa famosa pantomima shakesperiana. Curiosamente, esa famosa frase que tantos bufones han repetido a lo largo de la Historia, la proclamada cumbre de la literatura occidental, es la más inconcebible de todas. Porque, esto de lo que hoy quiero hablar, es algo de lo que no se puede hablar, es... casi un vértigo mudo, es la desnudez total de las palabras. Es el momento en el que el silencio se adueña de ellas, el momento en que las muestra desde un lugar en que su existencia es imposible. Desde el mismo lugar desde el que miran aquéllos que saben de lo que estoy hablando, aquello de lo que es mejor no hablar.

Ayer, al contemplar la última escena de Mysterious Skin, me volvió a atenazar ese mismo silencio; era como un sabor ácido en las cuerdas vocales, como si, de repente, unas diminutas manos se hubieran lanzado desde mi lacerante pecho, como si se hubieran abierto paso entre ligamentos y arterias para estrujarme la traquea con una fuerza indescriptible. Eran, sin embargo, unas manos pequeñas y delicadas, llenas de tendones descarnados, uñas amarillentas y sarpullidos infectos. Entre los jadeos de dolor y el sabor de la bilis, pude reconocer, en medio de la asfixia, -o más bien, dentro de ella- una tierna caricia de esas manos pequeñas y delicadas, una caricia casi familiar. Y ese mismo reconocimiento, esa capacidad para saber ver el amor dentro del dolor, fue lo que me hizo darme cuenta de yo ya conocía esas manos.

Dicen que dentro de cada uno de nosotros vive un niño. Pero mi niño hace tiempo que se quitó la vida. Mi niño hace ya muchos años que se mató. Fue un suicidio silencioso, apenas formulado, un suspiro, un estertor de muerte y se acabó. No hubo lugar a pantomimas, no hubo faustos ni fanfarrias. Me tocó a mí enterrarle y como no había otro sitio, me lo enterré dentro de mí mismo. Y ahí había estado, pudriéndose en mi pecho, ensuciando con su mera presencia todo lo que yo había intentado ser. Hasta ayer mismo. Hasta el momento en el que oí las últimas palabras de la película. Las únicas palabras que dicen lo que es mejor no decir.

«And as we sat there listening to the carolers, I wanted to tell Brian it was over now and everything would be okay. But that was a lie, plus, I couldn't speak anyway. I wish there was some way for us to go back and undo the past. But there wasn't. There was nothing we could do. So I just stayed silent and trying to telepathically communicate how sorry I was about what had happened. And I thought of all the grief and sadness and fucked up suffering in the world, and it made me want to escape. I wished with all my heart that we could just leave this world behind. Rise like two angels in the night and magically... disappear

Escuchando Don’t Blame Your Daughter, de The Cardigans.