Tierra 616

lunes, julio 10, 2006

CARBONIZADO

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Las mejores sensaciones suelen pasar a nuestro lado como una tenue brisa en medio del desierto. Son efímeras y no tienen ningún peso específico, pero abren una nueva vida junto a la nuestra. Se pegan un segundo a nuestras sienes y nos recuerdan que no somos otra cosa que seres primitivos. Necesitamos aire para sobrevivir.
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Supongo que todo se trata de apostar. Todos, en mayor o menor medida, dudamos un instante antes de dar un paso. Son esos segundos de los que habla la inteligencia intuitiva. Hoy hace justo dos semanas hablaba de esto mismo con JC en una terraza al lado del Macba mientras nos tomábamos el aperitivo, poco antes de bajar a la capital.
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Dos semanas después, me volví a tomar el aperitivo con JC, esta vez en Leganés, con un justo abatimiento físico y mental tras aguantar el desenfrenado páramo en que se han convertido nuestras vidas.
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Supongo que todo se trata de apostar, más que de ganar.
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Dos semanas de vagabundear por Madrid bajo la canícula estertórea de los tubos de escape, las cacas de perro, los maricas con bigote y la sobaca mora. Dos semanas de llegar arrastrándome a la misma tierra yerma que ya calcó Valle-Inclán con mucho más acierto del que él mismo hubiera querido. Porque volver no ha sido sólo Madrid, sino también mundial, papas y sanfermines, todo bajo un sol de injusticia que lo amarillea todo. Porque el naranja de este 2006 se pierde en un amarillo platanesco este mes de julio (el siete es amarillo, claro). Justo este mes de julio, en el que el vórtice de milyún planes y obligaciones se me ha juntado detrás de la coronilla, como si me tiraran de esa coleti que a nadie acaba de gustar y que por eso mismo voy a dejar crecer.
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Pero volver también ha sido cañismo sano por La Latina, pinchismo en el Ñeru, orgullo aglutinante por Chueca, risas incontenibles en el metro, máscaras mejicanas en Popland, borrachismos trasnochados en Leganés, barbacoas interminables en Toledo, escenas costumbristas en Móstoles, muchas miradas efervescentes y yo, como siempre, perdiendo los papeles (literalmente, también como siempre).
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Así que nuestras vidas, dos semanas después, se habían convertido en un páramo desenfrenado en el que seguía sin haber tiempo para pensar, tan sólo para dudar un instante, antes de dar un paso, cruzar la línea donde termina la sombra y salir a la calle a carbonizarse bajo el sol, apostando por esa tenue brisa que abre una nueva vida junto a la nuestra en este infierno negro que nos consume.
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Escuchando I Need Some Fine Wine And You, You Need To Be Nicer, de The Cardigans