Tierra 616

sábado, julio 22, 2006

EL CONTINUO

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Los que firman con una cruz es una obra de teatro a la que asistió Wittgenstein a los 21 años. El escritor Ludwig Anzengruber deseaba educar a las masas mediante sus obras, y muchas de ellas criticaban a la Iglesia. El protagonista de "Los que firman con una cruz" es un personaje llamado "Juan el picapedrero", un filósofo, un hereje. Éste es abandonado por sus vecinos durante una enfermedad y entonces recibe una revelación: "Tú formas parte del todo, y el todo forma parte de ti. ¡No puede ocurrirte nada!". Wittgenstein participó de esta revelación, y sería incorrecto pensar que se trató de una experiencia poco importante: "Ella me empujó a chocar con los límites del lenguaje, de igual modo que ha llevado a chocar con ellos, según creo, a todas aquellas personas que alguna vez han intentado hablar o escribir sobre ética o religión. Este chocar con los límites de nuestra jaula es una empresa que no tiene ningún porvenir".
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A veces estoy integrado en ese todo y formo parte de él. Camino por la calle una noche de verano y miro cómo mi mano atraviesa el aire como sin atravesarlo, como si no fuera más que una imagen totalmente ingrávida e intrascendente el que mi mano sea una cosa y el aire que la rodea otra cosa distinta. Todo es un continuo, mi mano, yo mismo y una noche de verano.
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Pero a veces no. A veces me desintegro en partículas gaseosas, casi gelatinosas (los seudópodos de Goethe) y me pongo a darle vueltas a las cosas, me sitúo fuera de mí mismo, aunque más que un cuerpo astral es una malla tentacular que de pronto se transforma en una nube de burbujas que me rodean y que me impiden ver más allá de mis narices.
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Sé que en esas ocasiones no formo parte de lo que me rodea, lo escabullo con estas artimañas del intelecto y sé que en esas ocasiones el aire a mi alrededor se empieza a quemar, las burbujas se funden a mi alrededor y en mi lugar se empieza a dibujar una silueta en blanco que rompe el continuo que me rodea. Una silueta llena de apuntes y borrones en blanco y negro que ni siquiera se encuentra en el mismo plano, sino en otro anterior, en la pantalla blanca en la que se proyecta ese continuo que me rodea y en la que, sin embargo, nunca llega a penetrar nada de lo que en ella se proyecta.

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“Pensar en el sentido de la vida es orar.
Creer en un Dios quiere decir ver que
con los hechos del mundo no basta.
Creer en Dios quiere decir ver que
la vida tiene un sentido.”


L.W.
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Escuchando Promesas, de Los Piratas