Tierra 616

lunes, septiembre 18, 2006

«QUERIDO JOTAELE:

Me mola mi amigo. Y creo que él lo sabe. Bueno, no lo sabe. Pero sí que se lo tiene que imaginar. No es que a mí estas cosas se me noten mucho, suelo ser más bien frío en estos temas. Pero hay momentos en que pienso que todas las cosquillas que siento en el pecho cada vez que le veo, aunque sea en una foto –que es cuando más cosquillas siento, porque si no le tengo delante, no he de fingir que no pasa nada–, tienen que salir por alguna parte. Y es entonces cuando no puedo mirarle a los ojos, porque si le miro, aunque sea como amigo, sé que alguna de esas cosquillas se me escapará por el rabillo del ojo o me brotará por la comisura de los labios, como si fuera un gas que no he sabido contener o esperar a otro momento, cuando él ya no esté delante de mí, para expulsar educada y discretamente. Y sé que a él se le quedaría exactamente la misma cara que si esas cosquillas fueran unos apestosos gases inoportunos. Será un momento incómodo, no grave ni serio, pero sí profundamente incómodo. Él no sabrá dónde mirar y yo tendré que agachar la cabeza rápidamente, aunque ya sepa que él se ha dado cuenta de que en realidad no son gases. No lo son en absoluto.

Mi amigo tiene novia y a mí me parece bien que la tenga. Ellos se quieren mucho a su manera, y a mí me gusta que sea así. El problema es que a mí me sigue gustando. Me gusta tanto que cada vez que estamos cerca y le miro, me da la sensación de que el espacio que hay entre nosotros en ese momento es de un material elástico del que puedo tirar para traerle hasta mí. Cuando eso pasa, sólo existe su cuerpo, ese espacio, y el mío. No me importa nada más. Y sé que eso significa que me atrae, porque ya me pasó otra vez con un tío con el que me enrollé en una discoteca, y tiene que ser eso.

Una vez estuve a punto de decírselo. Era tarde y los dos estábamos borrachos. Lo pensé durante unos minutos, mientras hablábamos sobre cualquier banalidad sin importancia, ya no me acuerdo. Era de madrugada, y estábamos sentados en un banco, en medio de una calle totalmente desierta, a la luz de las farolas de mi barrio-ciudad. Lo pensé tan detenidamente que para cuando ya me había decidido y se lo iba a decir, la conversación ya había terminado y nos estábamos despidiendo. De eso hace ya mucho tiempo. Desde entonces he tratado de no pensar en él. He puesto tierra de por medio, me he mudado de ciudad, he tenido más amigos y amantes, pero todavía me pasa que cada vez que le veo en una foto se me salen las cosquillas del pecho y me imagino lo que sería estar abrazado a él para que también pudiera sentirlas.

Un abrazo,

J.»