Tierra 616

domingo, septiembre 10, 2006

REGRESO AL FUTURO

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Yo estaba acostumbrado a vivir de esos tibios efluvios con los que se acarician vidas inefables, lujurias desmedidas y tragedias más bien acartonadas, para qué nos vamos a engañar. Mi mente era un gigantesco teatro hecho de retales. Retales que fui zurciendo bajo sábanas raídas, en cafés deshabitados y parques astillados de un ocre casi antropófago. Recorrí paisajes ajenos al mundo, escenarios predispuestos para una lenta y sincera melancolía. Con esos retales me encogí dentro de mí mismo para erigir un teatro fuera del tiempo y del espacio, una pantomima dispuesta exclusivamente para mi propio deleite, un limbo de ficciones interminables en el que yo no era más que un espectador fingidamente casual. Era, sin duda, una coraza forjada a partir de un desencanto que me atenazaba a cada paso, un cierto miedo a enfrentarme a lo que sabía inevitable: el futuro.
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Ahora me ha dado cuenta de que el futuro no existe. Sólo existe una palabra, un triste guiño, una forma verbal que designa una nada absoluta, un subjuntivo cuya naturaleza irreal pretendemos desvirtuar. Nada de lo que tenemos por seguro nos garantiza que cualquiera de nuestras mejores expectativas, nuestros más íntimos deseos o nuestros peores miedos se vayan a cumplir. Por mucho que nos empeñemos en ello, no hacemos más que superponer planos –expectativas, deseos, miedos– sobre un material demasiado escurridizo para ello. Y, si se piensa bien, hasta resulta sonrojante querer cubrir la vida con esa gasa raída por los tibios efluvios de nuestras presunciones.
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No hay más que ver cómo le va a Wanda Maximoff. Wanda tiene el poder de tomar una de la miríada de posibilidades ante la que se abre el presente a cada paso e imponerla al resto de futuros posibles. Tanto ella como sus sufridos compañeros Vengadores han sido testigos demasiadas veces de los resultados de semejante poder. Sin embargo, los devaneos de Wanda con el mismo tejido de la realidad son más que comprensibles; a todos nos puede entrar esa extraña nostalgia de lo que no existe, de lo que aún no ha pasado, la nostalgia del futuro. Es un sentimiento que los poetas llevan cantando desde el mismo nacimiento de la Humanidad. Es, supongo, la más amarga y necesaria proyección del ser humano. Un tibio equilibrio entre el sentido pesar por el pasado y las tímidas esperanzas en el futuro. No sé si es ésta la mejor forma de decirlo (hay otras), pero ha sido precisamente la ausencia de esa nostalgia la que me asaltó una de estas tardes de finales de agosto y principios de septiembre. Por primera vez en mi vida.
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Toda mirada es un engaño.
Una mirada verdadera
Tendría que quedarse en lo mirado
O ser por lo menos el riego
Que lo alimentara y lo hiciera crecer.
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Todas las cosas esperan esa mirada.
Y si todo espera algo,
¿puede no existir?
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Tal vez cualquiera de nuestras miradas
Podría convertirse en aquella que las cosas esperan,
Si fuéramos capaces de desprendernos de ella
Como quien da un pan.
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Roberto Juarroz
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PD: A todo esto, yo tenía la intención de dar buena cuenta de las idas y venidas de este pasado mes de agosto, pero como durante un par de semanas se me ha negado ese derecho inalienable de todo ser sintiente occidental que es el Internet, daré por zanjado ese capítulo diciendo tan sólo que Barcelona en agosto es tierra de turistas: accidentales, intencionales, primerizos, reincidentes, culturales, playeros y sexuales. Y yo les acogí a todos. A todos. Y a algunos, claro, me los follé.