Tierra 616

lunes, octubre 30, 2006

PREPRODUCCIÓN

La imagen no se para, eso es lo que dicen, que no se quede quieta, siendo ésa la consigna, sin ponerse a pensar de dónde viene esa consigna, desde un mundo sin consignas, dicen, sin ideologías, nuestro único mundo, pero para qué pararse a pensar en eso si no hay que pararse en absoluto, no hay más que dejarse llevar, como esta hoja de otoño sobre un tablero de adoquines, una hoja cuya rama no existe, como un peón de la vida caído sobre la vida misma, una vida que sigue imperturbable a su caída, que sigue al bajo de una canción sin letra, como todo se va pegando siempre a los bajos, cualquier porquería se acaba pegando a nuestras suelas, una hoja, quizá, porque los bajos, ésos nunca nos fallan, la razón se puede perder, las palabras siempre se pierden, en realidad no nos hacían tanta falta, pero el instinto nunca se pierde, sólo hay que rascar un poco y ahí está, incólume, como el primer día que nos sorprendió con su presencia a pesar de que hace mucho que todos acordamos que ya no era necesario, que no iba a ser más que lo que nos diferenciaba de los animales, pero a todo esto no había que pararse a pensar, dejar tan sólo que la melodía de esta canción se deslice como este viento de octubre que nos barre en tardes vueltas del revés, propias de otros tiempos, pero por qué compararlos con otros si sólo tenemos unos, es decir, éstos precisamente y no otros, es una fea costumbre ésa de comparar, de usar metáforas y figuras retóricas, quién nos inculcaría estos hábitos de ponerse hábitos, de retocarlos, de ponérnoslos y superponérnoslos, de recortar siluetas en cualquier lugar, también ahí, donde acabo de gastar mi saliva, donde se va deslizando y resbalando hasta que dos pedazos de carne me impiden verla, aunque sea mía, lo más mío que puede ser una cosa, pues salió literalmente de mí, aunque ahora parece que va a parar al interior de otro que no soy yo, otro que también gusta de usar metáforas aunque ahora prefiera los gemidos ahogados (y esto no es tampoco ninguna figura, a no ser que el lector se refiera a la que mi mano dibuja en su boca para ahogar los gemidos) que también son algo impostados, para qué mentir, porque éstos también se pueden superponer y doblar, e incluso quebrar, son una materia sin significado, de ésa que se puede moldear sin pedir permiso a nadie, sin causas ni consecuencias, al menos no para mí, que siempre los arranco sin permiso (los gemidos, digo) porque para eso no hay derechos de autor, aunque el autor sea yo mismo, aunque en el cuerpo de otro, que nunca soy yo mismo, porque eso sí, nunca se puede ser el otro, yo puedo ser muchas cosas pero nunca el otro, lo digo en serio, siempre quise ser estar en el otro, pero siempre caía en lo mismo, es decir, en mí mismo, lo cual de por sí ya es una contradicción, lo que nos demuestra que la hoja tampoco cayó sobre la vida más que sobre sí misma, o ya puestos, sobre mí mismo, porque al parecer todos pueden caer sobre mí menos yo, y mira que lo he intentado, de momento lo único de mí mismo que puedo dejar caer es mi saliva, pero eso siempre les va a caer a los demás, que siempre lo ven como un signo equívoco, como un darse a los demás, cuando en realidad no es más que un derrame por el que me pierdo, un hilo por el que me escurro, como unas líneas que caen sobre un fondo sepia sin querer más que dejarse caer.

jueves, octubre 26, 2006

DIOS MÍO

miércoles, octubre 25, 2006

SIEMPRE ES TARDE

La ingenuidad es algo que algunas personas no pueden permitirse. Muchos la pierden paulatinamente, a medida que la vida les va dando motivos para desterrarla de sus vidas. A otros, por el contrario, se la arrebatan de un solo golpe exterminador. Pero existe una tercera clase de personas.
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Cuando aquella mujer le dijo a su hermana «Nunca es tarde», descubrí cuál era esa tercera clase. Cuando aquella mujer pronunció esas palabras, la mirada de su hermana, de Gloria, dejó ver un dolor distinto, un descreimiento imposible de entender por los demás, un pesar del que –sabía– no merece la pena hablar. Una vida perdida de antemano pesa mucho. Más de lo que nadie puede imaginar. Es un peso que aplasta el corazón, que arrastra nuestros pasos y los despoja de sentido. No hay motivos que nos destierren, no hay un solo golpe que nos extermine. Todas y cada una de las cosas que se experimentan se convierten en un recordatorio constante de ese abrumador pesar que lo invade todo, que una vez presente, ya nunca desaparece.
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Cuando aquella mujer le dijo a Gloria «Nunca es tarde», lo único que ella pudo ofrecer como respuesta fue un comentario vacío, sin contenido alguno, una de esas frases que llenan los huecos que no merece la pena rellenar. Preferimos sufrir en silencio porque pensamos que no merece la pena mostrar nuestro dolor ante los demás. Porque creemos que sería en vano, porque ya no somos tan ingenuos como para pensar que cambiaría algo. Porque, en definitiva, ya es demasiado tarde. Al menos para Gloria y para muchos otros que, como ella, arrastran sus pasos por una vida de la que sólo ansían desaparecer, quitarse de en medio, dejar de sentir ese pesar que se ha convertido precisamente en eso, en su vida. Que ha habitado sus noches y sus días, que los ha ocupado por completo hasta expropiar a sus legítimos dueños, hasta excluirlos de sus propias vidas. Que les ha impedido amar y ser amados, sentir y ser sentidos, vivir y ser vividos.
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La ingenuidad, en estos casos, sólo puede ser autoengaño o estupidez. El sarcasmo y la ironía de algunos de los entrevistados en este documental (...) sólo puede llamarse autoengaño. Las palabras de la hermana de Gloria sólo pueden considerarse estupidez. Pero Gloria no se puede permitir ninguna de las dos cosas. Ella, según dijo, sólo hubiera querido tener una vida «más normal». Algo que para ella sencillamente significaba una vida habitada por sí misma. Pero para eso ya era tarde. Siempre es tarde.

jueves, octubre 19, 2006

CLASIFICADOS


Una tarde de otoño en Ecclesall Road, le dije a alguien que yo no escribía para comunicar nada. No quería transmitirle nada a nadie, porque, para empezar, para eso hay que saber lo que se quiere decir y si de algo estoy seguro a estas alturas es de no sé qué decir. Nadie lo sabe. Y los que lo saben se engañan. O peor aún, les han engañado. Que el lenguaje crea pensamiento, sobra decirlo. Que sus estructuras nos amarran al muelle de la convención lo sabemos todos. Que esa convención sea necesaria, es lo que me enciende de rabia. Dilo, qué, pero dilo así. Presentaciones, exposiciones, argumentaciones, demostraciones, narraciones, descripciones, enumeraciones. Estrategias comunicativas, herramientas lingüísticas, enfoques semióticos, pragmática del discurso. Nos arrebataron el cómo, nos desposeyeron de él como si nunca hubiera sido nuestro, fue una paulatina y elegante alienación de las formas. Todo ello en aras de la comunicación. Le pusieron normas y decálogos y ahora venden manuales. Por eso yo ya no transmito nada, porque aunque supiera qué decir, no sabría cómo hacerlo, ya me han robado la forma, ya no la quiero. Una tarde de otoño en Ecclesall Road, le dije a alguien que yo sólo quería expresarme. Que si escribía era para eso y para nada más. Que una vez me supe caído en la trampa de sus normas y casi pierdo el juicio. Toda una vida enjaulado y ahora que estoy libre, resulta que les tengo que comprar los barrotes. No quiero soberanos, tan sólo aliados.

miércoles, octubre 18, 2006

GALERÍA DE VILLANAS: 4 DE 5

2) Erika Kohut


«La falda no tiene la culpa.»

Sí, la penúltima en la lista es una vieja conocida. Y, por muchos motivos, no podía dejarla fuera de esta lista. En cierto modo, si hace unos meses vio la luz, fue por ella. Esta galería de villanas nació con el espíritu quebrado de Erika Kohut. Porque para ser una verdadera villana, hay que haber tragado litros de bilis. Y Erika ha tragado tanta que aún se puede ver ese repugnante hilillo amarillento que le cuelga de la comisura de los labios mientras avanza a grandes y resonantes zancadas por el pasillo del conservatorio. Porque Erika apesta tanto a bilis, que su hedor traspasa paredes, pantallas y páginas impresas.

En este caso, la implacable visión del personaje que se me clavó en la retina como un machete al contemplar la película se vio carcomida, tiempo después, con las gotas de ácido corroído que destilan todas y cada una de las frases de la novela original. Porque, esta vez sí, lo que se ve en la película no es más que la punta de un puro y virginal iceberg que se va derritiendo a medida que toma profundidad en las infectas aguas de la prosa jelikiana. Y es que todo en la cinta de Haneke apesta, empezando por nuestra protagonista.

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Erika, esa gran dama de las artes, esa exégeta de las emociones. Erika se enrosca el moño, se atusa la falda de tablas, se envuelve en su gabardina, se cuelga el bolso al hombro, se enfunda los guantes, se anuda la pañoleta y sale del conservatorio. Erika se cubre de accesorios tan necesarios que acaban convirtiéndose en parte de ella. Erika esgrime excusas tan férreas que acaban por convencerla. Erika siempre tiene prisa, ella nunca se queda a ver qué pasa. Siempre va a algún lado, casi siempre a casa. Erika tiene sus rutinas, porque no tiene otra cosa. Bueno, sí que tiene otra cosa, tiene una madre. Otra cosa no, pero madre tiene.


Si Erika es lo que es, es por su madre. De eso no hay duda. Ya se ha encargado la señora Kohut de que a su hija no le quede ninguna duda. Años de sacrificio de una madre no pueden quedar en balde por culpa de las fruslerías de Erika. La hija deberá valer todo lo que su madre ha pagado por ella. Ha dedicado su vida a la niña, y ésta tendrá que pagarla consumiendo su vida junto a ella. Y en esa vida no hay margen para nada más. Sólo para la música, esa fuente de orgullo para madre e hija en la que tanto empeño han puesto y que nunca las defrauda. Porque la música, ese delicadísimo remolino de sentimientos, esa enorme catedral del tempo espiritual, existe independientemente de todo lo demás. No necesita de nada, a lo sumo de un instrumento y de alguien que lo sepa tocar. Exactamente lo mismo que necesitaría Erika si necesitara algo. Pero ella nunca pide, aunque tampoco da. Erika nunca participa en ese tipo de trueques cotidianos, ella se limita a mirar desde la distancia, cuanto más lejos mejor. Todo su ser mira, porque no se permite otra cosa. Se queda quieta y mira. Mira cómo los demás lo intercambian todo: sonrisas, saludos, monedas y fluidos. Erika no da nada por nada, ella sólo tiene la música, y con eso le basta y le sobra.
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Hasta que llegó Klemmer. El alumno adelantado que tanto se aplicaba, que tanto interés mostraba por la música. Pero ella le advierte: la música no suele dar nada gratis, hay que ganárselo con el sudor de la frente. Y Klemmer no será ninguna excepción. Las exigencias de Erika, le insiste, van más allá que las de Schubert o Schuman, aquí no se admiten pusilánimes. Klemmer está dispuesto a todo por su profesora, menos a lo que ella le pide. Erika quiere que Klemmer se entregue hasta el punto de aplastar la existencia de Erika. Erika quiere la no existencia de Erika, pero la quiere a costa de la entrega de otra existencia: la de Klemmer. Se necesitan dos para eso. Erika está por la labor, el que no lo ve tan claro es el señor Klemmer. Erika pone todas sus fichas sobre la mesa, se pone ella misma sobre la mesa, como si fuera un paquete, aunque éste no es de los que se desenvuelven, más bien lo que le gusta es que le envuelvan. ¿Cómo –piensa Klemmer– puede la señora profesora, que siempre ha demostrado un gusto tan exquisito, querer que la envuelvan y que la aten? Eso no es amor, que era a lo que Klemmer estaba dispuesto.
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¿Acaso Erika no sabe qué es el amor? De música algo sabe, eso está claro. Y de madres, de eso también. Sabe de entregas y de renuncias, de exigencias y sumisiones, de sacrificios y resignaciones. De todo eso sabe Erika, pero de amor nunca le han hablado. Lo que ella siente entre las piernas no es amor, lo que le atenaza los nudillos no es amor, lo que le hace arrastrarse ante Klemmer no puede ser amor. Ella tiene de todo: tiene rencor, represión, miedo, culpa y humillación. Tiene para dar y tomar, de eso le sobra, le sale por las orejas. Ya no sabe qué hacer con todo eso. Ella da todo lo que tiene, absolutamente todo lo que tiene, menos el amor.
GALERÍA DE VILLANAS: 1, 2 y 3.

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lunes, octubre 16, 2006

INCUNABLES (iii)

La Patrulla-X vol. 1 n.º 1
Marzo de 1985
Forum. 100 ptas.

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miércoles, octubre 11, 2006

GIA

Hace poco tuve la oportunidad de traducir un documental sobre Gia Carangi para el Canal Estilo. Este canal tiene una serie llamada: «Las historias reales de Hollywood» que cumple con creces lo que promete su título. Yo a esta tipa no la conocía, aunque parece ser que llegó a tener cierta fama a finales de los setenta e incluso la Jolie hizo una biopic sobre ella. Gia fue una niña abandonada por su madre, fue fan de Ziggy Stardust, asidua del Studio 54, modelo, yonqui, lesbiana y finalmente, víctima prematura –a los veintiséis años– de la enfermedad de los ochenta: el SIDA. Todos los ingredientes necesarios para que el Canal Estilo le dedicara cincuenta minutos de su tiempo. El caso es que en un momento del documental, uno de los hijos de puta que la lanzó a la fama decía estas palabras de ella: «[...] la tragedia de Gia es que no sabía lo que necesitaba. Y las personas así son muy autodestructivas». Cuando lo traduje, no le di mayor importancia. Pero a los pocos días, mi tendencia a superponer planos quiso que aquella frase me persiguiera por las calles del Borne. Entre meadas de gato y restaurantes ecológicos, entre grafittis «antisistema» y boutiques escandinavas, las letras de aquella frase se enmarañaban como un alambre de espinos alrededor de mi cuello. Para cuando quise darme cuenta, el instinto ya me había llevado a tirarme debajo de un árbol en el Parque de la Ciudadela. Era domingo, era mediodía. Sobre mí, un cielo de grafito imponía un discurrir íntimo, casi inglés. Todo dentro y fuera de mí existía plácidamente, sin más. No era armonía lo que sentía, sino más bien equilibrio. No es que cada cosa estuviera en su lugar, era yo el que estaba en el lugar donde tenía que estar. Fue esa sensación de equilibrio la que de repente desenmarañó el alambre de espinos. Y me di cuenta de lo que siempre supe. Me di cuenta de que siempre había estado huyendo de ese equilibrio. Desde que se me negó la sencillez, desde que la sencillez fue algo que tenía que alcanzar, que no se me daba así, sin más, como un domingo cualquiera, descalzo por el parque, desde ese preciso momento, esa sencillez fue algo que no quise tener, algo que no quise ser. Y me partí en dos. Alargué los brazos para alcanzar los extremos de mí mismo, no para reconciliarlos, sino para viajar por esos márgenes (...) de la existencia, de mi existencia. Me iba apoyando en las paredes de mis deseos, dejando que el pasillo central me atravesara, es decir, que lo atravesaran los demás, que atravesaran mis deseos y siguieran de largo. Porque como Gia, yo tampoco sabía lo que necesitaba.

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lunes, octubre 09, 2006

ES SERIO

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sábado, octubre 07, 2006


En casa del cantero
florecen los crisantemos
entre las piedras.

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viernes, octubre 06, 2006

MEMORIA DE PEZ

En términos de psicología, yo era el conciliador. Tenía todos sus atributos: eran atento, sensible y condescendiente. Estaba por los demás y me anticipada a sus deseos. Ratificaba sus mediocres existencias negando la mía. Mi nivel interior era: «Nadie me quiere porque ni siquiera yo mismo me quiero. Espero, al menos, hacer más agradable a los demás esta vida de la que yo nunca llegaré a participar». Que escriba esto significa que aún me acuerdo. Que, por mucho que me empeñara en olvidar quién era, siempre hay algo, siempre hay alguien, que te lo recuerda.
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Un ejemplo, por ejemplo. Esta mañana, tras una frugal jornada de trabajo, me he acercado a mi nuevo gimnasio. Es una de las ventajas de trabajar en casa. No tengo que fichar, no tengo jefe, no llevo uniforme (a veces no llevo nada en absoluto), y entro y salgo cuando me place. Como no creo en el dolor físico autoinfligido, mis esfuerzos en el gimnasio son muy poco frecuentes. Normalmente me limito a correr y a nadar, actividades totalmente inocuas, a menos para todo aquél que no se meta un paquete diario entre pecho y espalda. Y hoy, tocaba nadar. Para quien no lo sepa, las piscinas cubiertas son foco de infección, de relatos eróticos y, al menos para mí, de un puro y desinteresado placer. El mero hecho acudir a un recinto en medio de la ciudad, haga sol, llueva o nieve para sumergirme en aguas clorofilizadas a temperaturas controladas me llena de un gozo que hasta el día de hoy había sido secreto.
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El caso es que precisamente hoy, al cabo de unos cuantos largos, cuando me estaba acercando al final de la calle, al sacar la cabeza para respirar, le he visto. Aunque sería mejor decir que mis ojos embutidos en unas gafas plastificadas han alcanzado a ver sus piernas. Eran unas piernas fornidas y peludas que, aparte de la capacidad de asentarse con una determinación envidiable sobre el traicionero suelo de las piscina, nada tenían de especial. Eso fue todo lo que pude ver de él antes de volver a meter la cabeza en el agua y dar media vuelta. No vi nada más, pero sí que lo olí. Y ese olor me retrotrajo a unas coordenadas más precisas de lo que podría hacerlo cualquier otro olor.
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Llegados a este punto, sería menester remitirme a uno de los primeros posts que escribí en este blog, en el que aludía sucintamente a mi especial relación con el mundo de los olores masculinos (...). Y es que, el que yo no use colonia no me hace inmune a los accesorios odoríferos de mi mismo sexo. Y de entre todas esas exhalaciones artificiales, las lociones para después del afeitado son las que más hondamente penetran en mis fosas nasales. No hablo de aftershaves, sino de esas lociones que usaban los hombres españoles antes de que les arrebataran su nombre y que tienen mucho que ver con costumbres otrora elegantes y varoniles salpicadas de brochas de barbero, cuchillas protolíticas y camisetas de hombreras. Mi abuelo las usaba, mi padre las usaba y, al parecer, este jubilado de piernas fornidas y peludas también las usaba. Está aún por descubrir, sin embargo, el motivo que empuja a nuestros jubilados a acudir a su cita con la gimnasia submarina embadurnados en ellas, aunque me aventuraría a elucubrar ciertas hipótesis sobre los estragos que tan bella, que no tierna, edad causa en las sudoraciones corporales y las ilusiones de un entrañable apareamiento geriátrico.
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Sea como fuere, la presencia de las lociones en las piscinas cubiertas es un hecho que suele pasar inadvertido para espíritus poco sensibles, pero que a mí me llena de sentimientos contradictorios. A medida que el jubilado de piernas fornidas y peludas se sumergía en mi calle, el ámbito de su fragancia se iba extendiendo exponencialmente a todas las demás, como en un intento de marcar su territorio frente a las cuatro féminas septuagenarias que se apostaban en las esquinas de la piscina en actitud algo frívola y con unos gorros de baño muy coquetos. Y mientras yo seguía sumergido, intentando no tragar esa agua -que para entonces inevitablemente había adquirido un abrumador sabor a loción- no podía dejar de proyectar en mi mente esa escena tantas veces repetida en mi infancia en la que, cada vez que se oyen las llaves abriendo la puerta de la casa, se ve a un niño que se echa a correr por el pasillo para abrazar a su padre a la vuelta de un duro día de trabajo y se lanza hacia él para que lo coja en brazos y poder reconocer ese olor familiar y, sobre todo, reconfortante.

martes, octubre 03, 2006

YO TAMBIÉN TENGO

No es muy grande, pero tampoco es pequeño. No se rompe fácilmente, pero tampoco es de piedra. Ayer mismo, se me encogió tanto, que casi dolía. Y hoy, casi se me sale del pecho.