Tierra 616

miércoles, octubre 18, 2006

GALERÍA DE VILLANAS: 4 DE 5

2) Erika Kohut


«La falda no tiene la culpa.»

Sí, la penúltima en la lista es una vieja conocida. Y, por muchos motivos, no podía dejarla fuera de esta lista. En cierto modo, si hace unos meses vio la luz, fue por ella. Esta galería de villanas nació con el espíritu quebrado de Erika Kohut. Porque para ser una verdadera villana, hay que haber tragado litros de bilis. Y Erika ha tragado tanta que aún se puede ver ese repugnante hilillo amarillento que le cuelga de la comisura de los labios mientras avanza a grandes y resonantes zancadas por el pasillo del conservatorio. Porque Erika apesta tanto a bilis, que su hedor traspasa paredes, pantallas y páginas impresas.

En este caso, la implacable visión del personaje que se me clavó en la retina como un machete al contemplar la película se vio carcomida, tiempo después, con las gotas de ácido corroído que destilan todas y cada una de las frases de la novela original. Porque, esta vez sí, lo que se ve en la película no es más que la punta de un puro y virginal iceberg que se va derritiendo a medida que toma profundidad en las infectas aguas de la prosa jelikiana. Y es que todo en la cinta de Haneke apesta, empezando por nuestra protagonista.

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Erika, esa gran dama de las artes, esa exégeta de las emociones. Erika se enrosca el moño, se atusa la falda de tablas, se envuelve en su gabardina, se cuelga el bolso al hombro, se enfunda los guantes, se anuda la pañoleta y sale del conservatorio. Erika se cubre de accesorios tan necesarios que acaban convirtiéndose en parte de ella. Erika esgrime excusas tan férreas que acaban por convencerla. Erika siempre tiene prisa, ella nunca se queda a ver qué pasa. Siempre va a algún lado, casi siempre a casa. Erika tiene sus rutinas, porque no tiene otra cosa. Bueno, sí que tiene otra cosa, tiene una madre. Otra cosa no, pero madre tiene.


Si Erika es lo que es, es por su madre. De eso no hay duda. Ya se ha encargado la señora Kohut de que a su hija no le quede ninguna duda. Años de sacrificio de una madre no pueden quedar en balde por culpa de las fruslerías de Erika. La hija deberá valer todo lo que su madre ha pagado por ella. Ha dedicado su vida a la niña, y ésta tendrá que pagarla consumiendo su vida junto a ella. Y en esa vida no hay margen para nada más. Sólo para la música, esa fuente de orgullo para madre e hija en la que tanto empeño han puesto y que nunca las defrauda. Porque la música, ese delicadísimo remolino de sentimientos, esa enorme catedral del tempo espiritual, existe independientemente de todo lo demás. No necesita de nada, a lo sumo de un instrumento y de alguien que lo sepa tocar. Exactamente lo mismo que necesitaría Erika si necesitara algo. Pero ella nunca pide, aunque tampoco da. Erika nunca participa en ese tipo de trueques cotidianos, ella se limita a mirar desde la distancia, cuanto más lejos mejor. Todo su ser mira, porque no se permite otra cosa. Se queda quieta y mira. Mira cómo los demás lo intercambian todo: sonrisas, saludos, monedas y fluidos. Erika no da nada por nada, ella sólo tiene la música, y con eso le basta y le sobra.
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Hasta que llegó Klemmer. El alumno adelantado que tanto se aplicaba, que tanto interés mostraba por la música. Pero ella le advierte: la música no suele dar nada gratis, hay que ganárselo con el sudor de la frente. Y Klemmer no será ninguna excepción. Las exigencias de Erika, le insiste, van más allá que las de Schubert o Schuman, aquí no se admiten pusilánimes. Klemmer está dispuesto a todo por su profesora, menos a lo que ella le pide. Erika quiere que Klemmer se entregue hasta el punto de aplastar la existencia de Erika. Erika quiere la no existencia de Erika, pero la quiere a costa de la entrega de otra existencia: la de Klemmer. Se necesitan dos para eso. Erika está por la labor, el que no lo ve tan claro es el señor Klemmer. Erika pone todas sus fichas sobre la mesa, se pone ella misma sobre la mesa, como si fuera un paquete, aunque éste no es de los que se desenvuelven, más bien lo que le gusta es que le envuelvan. ¿Cómo –piensa Klemmer– puede la señora profesora, que siempre ha demostrado un gusto tan exquisito, querer que la envuelvan y que la aten? Eso no es amor, que era a lo que Klemmer estaba dispuesto.
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¿Acaso Erika no sabe qué es el amor? De música algo sabe, eso está claro. Y de madres, de eso también. Sabe de entregas y de renuncias, de exigencias y sumisiones, de sacrificios y resignaciones. De todo eso sabe Erika, pero de amor nunca le han hablado. Lo que ella siente entre las piernas no es amor, lo que le atenaza los nudillos no es amor, lo que le hace arrastrarse ante Klemmer no puede ser amor. Ella tiene de todo: tiene rencor, represión, miedo, culpa y humillación. Tiene para dar y tomar, de eso le sobra, le sale por las orejas. Ya no sabe qué hacer con todo eso. Ella da todo lo que tiene, absolutamente todo lo que tiene, menos el amor.
GALERÍA DE VILLANAS: 1, 2 y 3.

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